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Asociación Isleña de Historia y Cultura
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San Fernando - Isla de León

El interés por la Historia, la curiosidad por las historias...

José Carlos Fernández Fernández / Juan Antonio Vijande Fernández / Marcos Fernández Martínez / Jesús Jaén Serrano

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Diccionario de Autoridades de San Fernando
Visita real a la Isla de León (1729)


Felipe V era, a su llegada a España, un príncipe reflexivo, serio y religioso. Fue un rey que pudo mostrarse satisfecho de la fecunda labor realizada en su largo reinado y orgulloso de haber sacado a España de la extrema postración en que la encontró. Felipe V, con la inestimable colaboración de sus dos inteligentes esposas, María Luisa de Saboya, primero, e Isabel de Farnesio, después, y la de sus secretarios de despacho Orry, Alberoni y luego los españoles Patiño y Campillo, entre otros, realizó las mejoras necesarias para sanear la hacienda pública, hacer renacer la agricultura, restablecer la industria, reavivar el comercio y rehacer el Ejército, así como recrear una potente Armada y fomentar las letras y las artes.

Sin embargo, Felipe V padecía de melancolía, enfermedad mental que hoy podríamos diagnosticarla como una depresión endógena, que tras la muerte de su primera esposa en 1714, comienza a manifestarse públicamente y en 1724 le llevó a abdicar una vez e intentarlo varias veces más con la intención de retirarse en el Real sitio de la Granja de San Ildefonso, en la provincia de Segovia, donde hizo construir un palacio imitando, a escala reducida, el de Versalles que tanto añoraba.

La terrible melancolía se le fue acentuando con los años y la enfermedad se agravó en 1728; su retraimiento, indiferencia y otros actos impropios con el decoro y el protocolo lo manifestaban. En enero de 1729, la Corte de Madrid se desplazó a Badajoz a fin de celebrar el doble matrimonio de don Fernando, príncipe de Asturias, con la infanta portuguesa doña Bárbara, y de la infanta María Ana Victoria con el príncipe del Brasil, heredero de Portugal.

Después de la ceremonia, la reina Isabel de Farnesio, de acuerdo con su leal ministro Patiño, dispuso que la Corte marchara de Badajoz a Sevilla y luego a Cádiz, bajo el pretexto de ver la llegada de la flota de Indias y asistir a la botadura del navío «Hércules», de setenta cañones y primero que se construyera en el astillero de Puntales, creación acertada de Patiño, pero, en realidad, la finalidad del viaje era distraer al rey de sus preocupaciones. Así, pues, fiel a este propósito, la Corte pasó en Andalucía desde 1729 hasta 1733 conocido en Sevilla como el “Lustro Real”, haciendo jornadas en diversos lugares para proporcionar al rey solaz y recreo, sin renunciar por ello a la dirección de la política del país.

En la tarde del 3 de febrero de 1729, hizo su entrada el Rey en Sevilla. Los sevillanos e innumerables personas de los pueblos cercanos recibieron con expectación la comitiva Real integrada por 85 coches, más de 400 calesas, 750 caballos y un sin número de mulas cargadas con los bagajes del séquito. No en balde la familia real iba acompañada por sus casas, funcionarios del gobierno y unos 600 criados. Felipe V y su familia quedaron instalados en los Reales Alcázares sevillanos. Sevilla se volcó con sus Reyes, a los que obsequiaban con bonitos paseos por el Guadalquivir, en una góndola construida exprofeso para la ocasión a cargo de las arcas municipales.

También se hicieron pequeños viajes y excursiones por los alrededores a fin de distraer el ánimo del Rey. Así, tras recibirse la noticia de que estaba próxima la llegada a Cádiz de la flota de Tierra Firme,  compuesta de dieciséis navíos, que transportaban para el tesoro treinta millones de pesos, se decidió aprovechar la oportunidad de presenciar el suceso y el 21 de febrero de 1729 la familia real, más las respectivas casas, ministros y embajadores, emprendieron viaje por tierra con destino a la Isla de León. La comitiva real llegó a la Isla al anochecer del día 21, cubriendo las 22 leguas con siete paradas de mulas, donde fueron agasajados con fuegos artificiales             

Se escogió para la estancia real una espaciosa residencia campestre, óptimo observatorio desde el que se dominaba la bahía y la compleja operación de fondeo y alijado de los navíos, todo un espectáculo que los soberanos pudieron contemplar al día siguiente de su llegada. Dicha residencia era propiedad del rico negociante bretón establecido en Cádiz, don Guillermo Macé y Auffray, señor de la Gravelais, que dirigía una de las casas navieras más importantes del Consulado.
 
La casa y los terrenos de su alrededor fueron comprados a don Luis de Ardila, pero posteriormente se hicieron obras de ampliación: las nuevas edificaciones se construyeron de manera que formaban una plaza con jardín, y así se encontraba la propiedad con ocasión de la real estancia; posteriormente cuando ésta pasó a don Juan Nepomuceno Macé fue arrendada para residencia del Capitán General del Departamento, continuando así durante muchos años.

Al quinto día de su estancia oficial en la Isla, los reyes realizaron la visita oficial a la ciudad de Cádiz, que deseosa de emular y aun sobrepasar a Sevilla organizó seis días de celebraciones y espectáculos, incluido el embarque a diario en una góndola que la ciudad de Cádiz también había hecho construir en su honor similar a la de Sevilla.  Para la entrada en Cádiz, fue engalanada la carrera con arcos, flores y colgaduras, así como las tropas con guarnición en la ciudad, hicieron carrera oficial formando dos filas a cada lado del camino desde la “Puerta de Sevilla” hasta la Plaza Mayor donde se  había colocado una orquesta.

En la Góndola navegaban por la bahía, cazaban aves acuáticas y pescaban, además de visitar las murallas, los baluartes, las torres, el arsenal de la Carraca y todo cuanto pudiera atraer la atención Real.
También visitaron Don Felipe y Doña Isabel el “más brillante de los establecimientos de Patiño, los guardiamarinas”, donde los jóvenes cadetes hicieron alarde de conocimientos en presencia de los reyes siendo examinados por los profesores “Sobre las más difíciles cuestiones de la Cosmografía, Náutica y otras Ciencias Matemáticas de su instituto, a que respondieron con gran acierto; y después se ejercitaron en otras habilidades propias de su profesión, a que dieron fin con una contradanza de espadas negras, que acreditaron su agilidad y destreza en el baile y en la esgrima.

De regreso la familia Real en la Isla de León, se organizó una nueva excursión por las cercanías del puente de Suazo, cuyo principal objetivo era la toma de contacto de la familia real en pleno con la flota de galeras del Mediterráneo, que procedente de Cartagena había fondeado el Miércoles de Ceniza en la bahía gaditana. Subieron a bordo del navío de guerra San Felipe y pudieron comprobar los avances realizados durante su reinado en el resurgimiento de los efectivos navales. También contemplaron desde la capitana de la escuadra de galeras una corrida de gansos en la mar, que fue “muy extraordinaria y divertida, por la grande agilidad y destreza con que los Moros (de las mismas galeras, galeotes) se arrojaban al agua para coger los gansos.”

También presenció el Rey la botadura del “Hércules”, navío de 50 a 66 cañones. Su constructor fue el francés D. Juan Belletrud. Siendo el primer navío construido en el astillero de la Carraca. Su construcción fue comenzada en el astillero de Puntales hasta la primera cubierta, concluyéndose en la Carraca. Y le pusieron Hércules, por ser éste el héroe fundacional de la ciudad de Cádiz.           

El 21 de marzo de 1729 el rey recibió, en su residencia isleña, a una representación de la Real Academia Española, presidida por el entonces director, Mercurio Antonio López Pacheco, que le entregó el segundo ejemplar de la primera edición impresa del Diccionario de la Lengua Castellana, llamado Diccionario de Autoridades; ejemplar que donó el Rey a su huésped, D. Guillermo Macé Auffray, como agradecimiento a su hospitalidad,

La Real Academia de la Lengua Española se instauró en junio del año 1713. Su primer presidente y fundador fue D. Juan Manuel Fernández Pacheco, Marqués de Villena. La primera Junta de la Academia, una vez otorgado el beneplácito del rey Felipe V, tuvo lugar el 6 de julio de 1713, en casa del Presidente y estuvo compuesta por éste y otros diez académicos de probada valía. Siendo esta fecha la que se toma como inicio de las actividades de la entidad. Aunque en junio de 1713 ya hubo algunas reuniones preparatorias, tal como se relata en la historia de la RAE publicada en los preliminares del Diccionario de autoridades (1726). Estos Académicos fundadores a petición del Marqués, aceptaron el trabajo por honra propia, y lustre de la Patria, conformándoles únicamente el deseo de hacer lo mejor, y la gloria de tener parte en empresa tan vasta.

Esta obra fue el primer trabajo que el Rey encargó a la Academia cuando la patrocinó el 3 de octubre de 1714, con el fin de hacer un Diccionario copioso y exacto, en que se viese la grandeza y poder de la Lengua, la hermosura y fecundidad de sus voces. En 1726 se publicó el primer volumen de los seis que consta el Diccionario, y en 1729 el sexto y último. En el primero se cuenta la historia de la Academia Española, y las vicisitudes por las que pasó hasta ver completada la obra.
La Academia Española tomó como base para su Diccionario el vocabulario publicado por Covarrubias, pero 100 años después, ya que D. Sebastián Covarrubias fue el primero, a nivel mundial, que publicó un vocabulario que tituló Thesoro de la lengua Castellana o Española, que salió a la luz en el 1611.

En el día de hoy, se conserva por donación de su heredero D. Juan Nepomuceno Moreno de Guerra y Macé, en la Biblioteca Lobo de nuestra ciudad; según expresa el escrito de la contraportada del primer tomo del referido Diccionario.
Al terminar la estancia Real en la Isla, según costumbre de la época, y en prueba de su real aprecio, el rey se dignó por Real Decreto de 7 de abril de 1729 honrar la casa, en la que pasó sus días en la Isla, con el privilegio de jurisdicción; privilegio que consistía en anteponer a la entrada pilares de piedras unidos por gruesas cadenas que redimía de culpa a quien a ellas se asiera perseguido por la justicia, y que, si bien constituía un gran honor para el que recibía el privilegio, no era menos la incomodidad que reportaba, y por esto fue conocida como la Casa de las Cadenas privilegio que permaneció hasta la Época Constitucional.

Su último propietario, don Juan Nepomuceno Moreno de Guerra y Macé, hizo graciosa donación del jardín para que sirviese de paseo público. El año 1890 el Ayuntamiento acordó dar el nombre de Alameda Moreno de Guerra a la referida donación. Algunos de los Moreno de Guerra y Cróquer que sirvieron en la Armada, nacieron en la casa de las Cadenas, que ya no existe; parte de las actuales casas de la Alameda están construidas en su solar, así como parte del jardín del colegio de la Compañía de María.  

Deseando, tanto el Rey como la Reina, hallarse en Sevilla para las Fiestas de Pascua Resurrección, salieron el día 31 de marzo de la Isla de León, embarcándose en el Puente de Zuazo sobre las galeras que mandaba D. José de los Ríos, quien los condujo hasta el Puerto de Santa María y desde allí pasaron por tierra a Sanlúcar de Barrameda donde fueron hospedados en el palacio del Duque de Medina Sidonia, en frente del  cual se instaló una gruta con una fuente que manaba vino para que todo el pueblo pudiera tomarlo. Al  otro día llegaron al Coto de Doñana, para emplear unos días en la caza. El 8 embarcaron en las galeras para iniciar la vuelta hacía Sevilla, donde llegaron el día 10 al atardecer, reintegrándose, entre repiques de campanas y fuegos de artificios, a los Reales Alcázares.

Urna San Fernando

Todo parece indicar que Felipe V quedó fascinado por la ciudad del Betis. Cada tarde salía a pescar en los estanques, a pasear por los jardines del Alcázar o a lo largo de la ribera y, a veces, visitaba los monumentos o paseaba a caballo hasta la Alameda. La excelente disposición del rey hizo que la reina Isabel de Farnesio considerara oportuna la prolongación de la estancia más allá de lo planeado en un principio, por lo que se decidió que los infantes Luis Antonio, Jaime y María Teresa, que a causa de su edad no se habían integrado en la comitiva del viaje a Badajoz, se trasladaran también a Sevilla. En consecuencia todos los actos cortesanos comenzaron a celebrarse en ésta ciudad

De los muchos actos cortesanos celebrado en Sevilla, dos brillaron con luz propia: el traslado del cuerpo momificado del Fernando III el Santo (15 de mayo 1729) desde el cofre que guardaba sus restos mortales a una urna de plata, regalo del Rey, que se ubicó en la Capilla Real de la Catedral, así como a la procesión con que culminó el solemne acto. El otro acontecimiento fue el nacimiento de la infanta María Antonia Fernanda, nacida en el Alcázar sevillano que fue celebrado con grandes festejos de toda índole.

Gabriela de Saboya

Isabel de farnesio

Botadura Hercules

Casa de las Cadenas

Falua Felipe V

Jose Patiño

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