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BICENTENARIO DE LA MUERTE DE SANTIAGO DE LINIERS Y JUAN GUTIÉRREZ DE LA CONCHA, SENDOS JEFES DE ESCUADRA Y OTROS COMPAÑEROS DE INFORTUNIO.
 


José C. Fernández Fernández.
Marcos Fernández Martínez.
Juan A. Vijande Fernández.
Jesús Jaen Serrano


PREÁMBULO

         La Asociación “As de Guía” quiere rendir un homenaje a los dos grandes marinos, Santiago de Liniers y Juan Gutiérrez de la Concha, Jefes de Escuadra de la Armada Española, que hace doscientos años fueron arcabuceados por la Junta Revolucionaria de Buenos Aires, sin juicio previo, en el Monte de los Papagayos de la Pampa Argentina; no obstante haber evitado ambos, con decisión y valor,  la dominación inglesa en aquella querida tierra. El Panteón de Marinos Ilustres guarda sus restos y la Armada Argentina muestra siempre con sus visitas la admiración que despierta en ella estos ínclitos personajes, tan suyos y tan nuestros.

Santiago Liniers

         Santiago de Liniers y Bremón, había nacido en Niort (Francia) el 25 de julio de 1753. Empezó su carrera militar en aquel país y el 6 de mayo de 1775 se incorpora a la Armada Española, como aventurero, sentando plaza de guardia marina en la Isla de León. Participó en el ataque a Gibraltar con la baterías flotantes, ideadas por su compatriota D’Arçon, a bordo de la Tallapiedra, de tan funesto resultado. Estuvo en el combate del cabo Espartel y trabajó con Tofiño en el “Atlas de España”. Ya de capitán de navío, ostentó el mando de las lanchas cañoneras que protegían la navegación de cabotaje en el puerto de Buenos Aires, Y En 1806 tenía a su cargo el apostadero subalterno de dicha ciudad. Había estado casado en primeras nupcias con la malagueña Juana Úrsula de Membielle, de cuya unión nacieron dos hijos: Luis y Antonia. Su esposa falleció el 24 de marzo de 1790. El 3 de agosto de 1791 contrajo nuevo matrimonio con María Martina de Sarratea y Altolaguirre, quien falleció en 1805, dejándole seis hijos.

         Juan Gutiérrez de la Concha y Mazos de Güemes, nació en Esles (Santander) el 3 de octubre de 1760, coincidiendo en la Isla de León con Liniers en los estudios de guardia marina. Había hecho el viaje científico alrededor del mundo con Malaspina a bordo de la corbeta Atrevida. Cuando dirigía la impresión en Madrid del “Curso de Matemáticas” de Císcar, se le designa para desempeñar comisión en el Río de la Plata, donde en 1805 desempeñaba el mando del apostadero de Barragán. El 13 de enero de 1797, se le concede en Aranjuez licencia para contraer matrimonio con la bonaerense, María Josefa Aguirre y Lajarrota, aunque nada se sabe de este enlace y sí de la boda celebrada el 17 de julio de 1801 con Rosa Quintana Aoiz, también de Buenos Aires, de la que enviudó al poco tiempo. En 1805 se casa con Petrona de Irigoyen de la Quintana, de dicha ciudad, que sería en definitiva la madre de sus cuatro hijos.

LA DEFENSA DE BUENOS AIRES ANTE LAS INVASIONES INGLESAS

         El virrey del Río de la Plata, Rafael de Sobremonte, marqués del mismo apellido, bisabuelo del que sería jefe del Directorio español, Miguel Primo de Rivera, esperaba el ataque de los ingleses vencedores en Trafalgar y temiéndose la derrota, decide abandonar Buenos Aires, dirigiéndose a Córdoba, para intentar salvar el tesoro del virreinato y organizar desde allí la reconquista.  El 25 de junio de 1806, la amenaza inglesa se convirtió en ataque e invasión. Las fuerzas al mando del general Beresford  y el almirante Pophan, desembarcaron en las playas de Quilmes. Al otro día comenzaron con su avance hacia la ciudad sin tener mayor oposición. Las tropas defensoras que obstaculizaron el paso de los invasores se caracterizaron por ser inexpertas, milicianos con poca instrucción, que carecían del poder de fuego necesario para intentar frenar a los británicos. Los ingleses, entonces, sin una oposición eficaz ocuparon el fuerte de Buenos Aires, rindiendo la ciudad el 27 de junio.

Beresford

No estaba comprendido Liniers en la capitulación y se retiró a Montevideo, donde alistaba el brigadier comandante general de Marina Pascual Ruiz Huidobro una expedición de socorro, cuyo mando entregó a Liniers. En Sacramento se incorporó a sus órdenes la escuadrilla reunida por el capitán de fragata Gutiérrez de la Concha, y de esta colonia partieron el 3 de agosto, dirigiéndose a Buenos Aires. Allí desembarcaron, y tras tenaz resistencia de los ingleses, consiguieron los españoles una brillante victoria, reconquistando Buenos Aires el 12 de agosto de 1806. Fue el teniente de fragata, José de Córdova y Rojas, mayor general de Liniers, quien junto a una compañía veterana sitió el fuerte bonaerense ocupado por el general Beresford, a quien instó a su rendición. Ante la pregunta del inglés sobre quién respondería de su vida, contestó Córdova que con la suya. Con el sable entregado por Beresford, lo acompañó el español hasta la Plaza Mayor, para su rendición formal ante Liniers. Quedaron en poder del ejército 26 cañones y las banderas del regimiento 71, las cuales, durante muchos años, estuvieron colgadas en la iglesia de Santo Domingo de Buenos Aires con la inscripción: “Del escarmiento del inglés, memoria, y de Liniers en Buenos Aires, gloria”.

Gutierrez de la Concha

Al año siguiente, Inglaterra formó una expedición mandada por el general Whitelocke, que transportó al Plata la escuadra del almirante Murray. Tomaron el 3 de febrero de 1807 Montevideo, que sucumbió después de 14 días de heroica defensa. Ruiz Huidobro cometió un error estratégico muy grave al no encerrarse en la ciudad amurallada, sino que salió a hacerles frente en la zona de las quintas que rodeaba la ciudad, con grandes pérdidas personales. Unos días más tarde, la ciudad caía en manos inglesas mediante un ataque nocturno que no había previsto. Fue tomado prisionero y enviado a Inglaterra, en represalia por la resistencia que había opuesto a la anterior invasión. Dejaron allí una fuerte guarnición y prosiguió la escuadra con el núcleo principal de sus fuerzas la marcha hacia Buenos Aires. El 23 de junio de 1807 llegaron a su destino y en él les esperaba Liniers, vigilante y preparado, con unos 10.000 hombres. Los ingleses desembarcaron en Barragán el 28 de junio, en número de 12.000, formando cuatro divisiones, encaminándose seguidamente a la ciudad. Durante siete días se batieron en encarnizada lucha con suerte varia por ambos bandos. Por fin, el general inglés, viendo la desesperada resistencia de los españoles, y que en un sólo día había tenido más de 4.000 bajas, pidió la suspensión de hostilidades, precursora del tratado que se firmó el 7 de julio, por el cual ambas partes se entregaban recíprocamente los prisioneros; los ingleses devolvieron la plaza de Montevideo dos meses después, y prometían que durante la guerra no volverían a molestar más a Buenos Aires ni a ningún otro punto del virreinato.

El Gobierno español, al conocer tales noticias, concedió a la ciudad de Buenos Aires los títulos de “muy noble” y “muy leal”; a su ayuntamiento, el tratamiento de excelencia, y a cada uno de sus concejales, el de señoría. Liniers obtuvo el empleo de jefe de escuadra, nombrándosele además virrey, gobernador y capitán general de las provincias del Río de la Plata. A todos los jefes y oficiales que tomaron parte en los combates y defensa de Buenos Aires, se les concedió el ascenso en un grado.

         En julio del año de 2007, se celebró un homenaje a Liniers y Concha en el Panteón, al que acudió la dotación de la fragata argentina Libertad, así como familiares descendientes, con destacados historiadores argentinos, junto con las comisiones de la Armada Española y ¡cómo no! “As de Guía”.

GUTIÉRREZ DE LA CONCHA, GOBERNADOR-INTENDENTE DE CÓRDOBA DE TUCUMÁN.

         Nos retrotraeremos a un par de años antes. Tras el fallecimiento del coronel José González de Rivera, gobernador de Córdoba, el cargo de la mencionada intendencia quedó vacante. Quiso el destino que dos amigos y camaradas de armas, como lo eran Liniers y Concha, se interesaran a la vez por dicho destino. El 28 de diciembre de 1805 solicitó el marino francés al virrey su nombramiento como sucesor, pero la designación recayó en Gutiérrez de la Concha, del que cabe la posibilidad que influyera el parentesco de su mujer con el virrey Sobremonte; pero no hay que olvidar que la excelente hoja de servicios del santanderino, podría considerarse, por su actuación científica, superior a la de Liniers, que todavía no contaba con el éxito ante las invasiones inglesas. La designación real llegó el 18 de agosto de 1806, pero no cesó en su destino en la ensenada de Barragán hasta que desapareció la amenaza inglesa, haciéndose cargo de sus funciones en diciembre de 1807

Sobremonte

Por otra parte, Santiago de Liniers, después de la capitulación inglesa, para sustituir a Ruiz Huidobro, prisionero en Inglaterra, nombró gobernador interino de la parte Oriental al coronel, Francisco Javier de Elío, en atención, decía el decreto, a su pericia militar y conocimientos políticos. Gran error de Liniers, pues de la pericia militar no había hecho gala recientemente en Buenos Aires ni en la ciudad de Colonia, y con respecto a la política, poco tardaría en acreditarla, alzándose contra su jefe y fomentando la discordia latente. El virrey dedicó todos sus cuidados y desvelos a normalizar el país protegiendo los intereses de sus habitantes, a pesar que sus relaciones con el Ayuntamiento o Cabildo de Buenos Aires nunca llegaran a ser todo lo cordial que se precisaría para un buen gobierno, quizás por la soberbia en ambas partes.

LLEGADA DEL AGENTE FRANCÉS

         De todos es sabido que los acontecimientos se precipitaron  en España con la invasión francesa y el consiguiente alzamiento nacional del 2 de mayo en Madrid. Las noticias tardaban más de dos meses en llegar al Río de la Plata, por lo que las actitudes a seguir dependían de la recta confirmación de las noticias, sin olvidar que un genio de la estrategia política y militar manejaba los hilos del imperio francés.

         Napoleón decide enviar al virreinato a Etienne Bernard, marqués de Sassenay, que en el período de 1801 a 1803 había trabado amistad con Liniers en Buenos Aires, y, a la sazón, se encontraba en sus feudos franceses de Sassenay. Nadie podía negarse al emperador y el bergantín Le Consolateur sale de Francia el 30 de mayo de 1808, llegando a Maldonado setenta días después. Recibido por el gobernador Elío, había observado que estaban preparando la jura de Fernando VII y aconsejó a éste la conveniencia de suspenderla pues tal vez a esta hora estuviera gobernando en España otro soberano.  Ante la furibunda respuesta de Elío, Sassenay recibió una lección de prudencia y se dio cuenta que pisaba terreno resbaladizo. El hijo mayor de Liniers, Luis, trasladó al emisario a Buenos Aires y allí entregó la documentación reservada de Napoleón, instándole a que proclamase como rey de España a José Bonaparte, ofreciéndole, al propio tiempo el Gran Cordón de la Legión de Honor, como premio a su campaña contra los ingleses. Liniers rechazó la propuesta y la alta condecoración y ordenó que todo el virreinato jurase rey a Fernando VII.

LLEGADA DE GOYENECHE

         Pocos días después, arriba al puerto de Maldonado la goleta Nuestra Señora del Carmen, trayendo a bordo al brigadier, Manuel de Goyeneche, criollo arequipeño con las más amplias facultades de la Junta de Sevilla para sostener la soberanía de Fernando VII. Elío no perdió el tiempo para sembrar sospechas del francés Liniers, aunque el delegado de la Junta, a pesar del empeño de Elío, se formó una excelente opinión del virrey que volcó en sendos informes de los que entresacamos: Honrado, generoso y lleno de honor. No conoce el miedo, Cabeza fecunda en proyectos. Miserables hombres se atreven y entrar en contestaciones con él, sin atemorizarse de la soberanía que representa, y su pasión dominante es hacer bien a todos, y agregaba: No tiene un real ni es capaz de guardarlo. La Nación le debe la conservación de estos dominios. En la crisis actual de los negocios con Francia se ha portado en calidad de noble y leal caballero.

Goyeneche

El 22 de septiembre de 1808, Goyeneche dio fin a su misión en Buenos Aires y partir rumbo al Alto Perú, no sin antes dirigir un oficio a los señores Regentes y Ministros de la Real Audiencia Pretorial de la ciudad, en el que advertía: … y para evitar cualesquiera dilación que mi ausencia ocasione en asuntos de alta gravedad motivados por la ambición, calumnia, o poco juicio con cuyo distintivo veo marcadas las instancias del interino gobernador de Montevideo don Xavier Elío en la delación que ha pronunciado contra el virrey y capitán general don Santiago Liniers…

ELÍO SE SUBLEVA

         Elío, confirmados los temores de Goyeneche, inicia el 7 de septiembre de 1808 una ofensiva contra Liniers y envía un oficio del cabildo de Montevideo al de Buenos Aires en el que expone que el mando superior de las provincias se halla mal encomendado en manos del virrey y propone, con un rencor inusual, sea depuesto. Liniers reacciona y convoca el estamento virreinal que decide destituir a Elío y nombrar al capitán de navío, Juan Ángel Michelena, para gobernador de la Banda Oriental. Elío, el 20 de septiembre, reduce a Michelena y en las calles de Montevideo el pueblo manipulado paseó en andas al gobernador con gritos de ¡Viva Elio!, ¡Muera Michelena!, ¡Muera Liniers!, ¡Hágase cabildo! Y el mismo día se celebra el cabildo que establece una Junta como en España y un ¡Abajo el traidor!, refiriéndose a Liniers. Esta junta ignoraba que Santiago de Liniers se había pronunciado ya contra Napoleón.

         Para complicar el panorama político, el 11 de diciembre de 1808, hizo su aparición en aguas del Río de la Plata la fragata española Prueba, trayendo a bordo al brigadier, Pascual Huidobro, devuelto por los ingleses y portador de su propia designación como virrey del Río de la Plata, otorgada por la Junta de Galicia, cuando en el virreinato no se reconocía más autoridad que la proveniente de la Junta de Sevilla. Sin embargo se le exigió que se hiciese cargo de su empleo de gobernador de Montevideo, que le pertenecía por vigencia del derecho. Elío, como era de esperar, rechazó el nombramiento y Liniers le recriminó de nuevo su conducta por escrito, con respuesta chulesca de aquél en la que culmina con: Cuidado con sus cálculos, no sean tan errados como los de ese su maestro (se refería a Napoleón), por lo que concluiré con un refrán pues sé, gustan a Vuestra Excelencia: el que tiene tejado de vidrio no tire piedras al de su vecino, y el de Vuestra Excelencia es de telaraña.

         La oposición a Liniers en Buenos Aires – Ayuntamiento- preconizaba una Junta como en España con el grito de: ¡Abajo el francés Liniers! El virrey, impresionado por el griterío de la gente convocada en la Plaza Mayor, les ofreció su renuncia condicionada a que el mando quedara en manos del militar de mayor graduación, en este caso, Pascual Ruiz Huidobro. La oposición aceptó pero antes de abdicar el mando se le ofreció por el general Cornelio Saavedra, que se presentase  al público y la gente al unísono lo aclamó con ¡Viva don Santiago de Liniers! Esta decidida acción revirtió la situación, prácticamente perdida, y, ante la perplejidad de los insurrectos, recobró Liniers la autoridad en cuestión. No obstante, sus opositores no cejaron en su empeño y se dirigieron a la Junta Suprema Gubernativa manifestando que no han conocido desde luego las Américas una época de igual desorden al que se ha experimentado y se experimenta aún en esta ciudad de Buenos Aires. A mayor desdicha, el comisionado de la Junta de Sevilla, Joaquín Molina, envió a su vez a la metrópoli un informe negativo para el virrey de los hechos bonaerenses.

SANTIAGO DE LINIERS, CONDE DE BUENOS AIRES.

         Para aquellos intrigantes resultó asombroso el que: Deseando la Junta Suprema Gubernativa del Reino premia debidamente los sobresalientes méritos que ha contraído el mariscal de campo don Santiago Liniers, mientras ha estado en Buenos Aires de Virrey y Capitán General, se ha servido concederle, en nombre del Rey nuestro señor don Fernando VII, la gracia de título de Castilla, libre de lanzas para sus hijos, herederos y sucesiones. Liniers escogió para su título condal el de Buenos Aires, con la protesta del Cabildo que opinó: con haber Su Excelencia tomado ese título se arroga cierta especie de Señorío verdadero o aparente sobre esta ciudad que no reconoce, ni puede reconocerlo por tal Conde de Buenos Aires, porque con él se ofenden los privilegios de esta ciudad. A lo que Liniers respondió: Nadie ignora que es indiferente titularse Conde o Marqués porque ni lo uno ni lo otro arguye Dominio o Señorío, como erradamente ha creído ese Cabildo, pues el honor y dignidad está en la gracia de título de Castilla y no en la denominación la cual sólo sirve para recordar la virtudes o hazañas del que se hizo acreedor.

         El título lo heredó su hijo Luis, quien gestionó ante las Cortes de Cádiz el cambio de denominación por el de Conde de la Lealtad, lo que se acordó por Real Cédula de 21 de marzo de 1816, orden que recibió un mes después de su fallecimiento en la Isla de León –ya San Fernando-, cuando ostentaba el empleo de teniente de navío. Santiago, su único hijo, póstumo, murió de corta edad, por lo que el título recayó en otros descendientes de Liniers. El quinto conde, Jacques Alexandre de Liniers y Jarno, rehabilitó el título de Conde de Buenos Aires, que le fue otorgado por Real Carta de 31 de octubre de 1862.

HIDALGO DE CISNEROS, NUEVO VIRREY

         La Junta Suprema Gubernativa de España e Indias, por Real Orden de 16 de febrero de 1809, nombró virrey de Buenos Aires al teniente general don Baltasar Hidalgo de Cisneros, capitán general del departamento de Cartagena. No cupo la menor duda que las recomendaciones enviadas por el comisionado Joaquín de Molina había producido su fruto. En la comunicación al titular Cisneros se disponía: Exigiendo la situación actual de las Provincias del Río de la Plaza y particularmente las contestaciones que se han promovido entre su actual Virrey y el Gobierno de Montevideo, que el nuevo electo pase inmediatamente a tomar el mando y corte unas disensiones que siendo en un principio hijas de un celo indiscreto podrían degenerar fácilmente en una verdadero guerra civil. Por este acuerdo se convencerá Vuestra Excelencia de que ningún servicio puede hacer más importante al Rey y a la Patria que trasladarse con toda la brevedad posible.

         El 30 de junio de 1809 llega Cisneros a Montevideo en la fragata Proserpina. Allí es recibido por el díscolo Elío, quien acata sin oposición la disolución de la Junta montevideña. A la vez, envía a su ayudante a Buenos Aires para informar a Liniers de su acreditación como nuevo virrey y que la ceremonia de toma de posesión sería en Colonia, una pequeña ciudad, para evitar las presiones de los bandos enfrentados de Buenos Aires y Montevideo; toma a la que Liniers justificó su no asistencia.

         Cumpliendo precisas instrucciones recibidas en la Península notificó a Liniers la orden de trasladarlo a España, y en carta particular le comunica: Yo bien conozco tus razones y me duele el no poderlas remediar, ponte en mi lugar y mira lo que harías; para todo hay un medio, tú podrías dirigirte a Canarias en donde todo ha estado siempre pacífico, y desde allí das cuente a la Corte con la misma corbeta, y según las resultas o te volverías aquí o aguardas allí que mejorasen las cosas. Liniers le respondió negativamente sin darse cuenta que el destino le ofrecía la salvación de su infausto final. Hubo varios motivos para que rechazara el traslado:

  1. En primer lugar, su orgullo herido por la despiadada calumnia de sus enemigos, a los que dejaría el campo libre con su partida.
  2. En segundo, el temor de afrontar en España el odio a los franceses, muy vivo en ese momento ya que sobre su persona habían caído sospechas de simpatías bonapartistas.
  3. Y en tercer lugar, es posible que haya habido un componente de ambición y expectativas, pues algunos de los militares que lo habían apoyado en su momento seguían tentándolo con un quimérico gobierno de criollo encabezados por él.

Los fiscales de S.M. en Buenos Aires dictaminaron favorablemente las razones de Liniers, aconsejando se retirase a cualquier pueblo interior. Un oficio del virrey Cisneros, de 14 de agosto, autoriza para que demore por ahora su traslación a España hasta nueva resolución de Su Majestad, pero con la precisa condición que sin demora salga Vuestra Excelencia vía recta para la ciudad de Mendoza.

ESTANCIA DE LINIERS EN ALTA GRACIA

         No obstante lo acordado, Liniers nunca llegó a Mendoza. En septiembre de 1809 se encontraba en la ciudad de Córdoba y no precisamente de paso, como suponía el virrey Cisneros. El gobernador de esta ciudad era su buen amigo y compañero de reconquista, Juan Gutiérrez de la Concha. Se reencontró además con los compañeros de futuro infortunio y con el malhadado traidor, Gregorio Funes, deán de la catedral, quien le debía el distinguido cargo de rector del Colegio de Montserrat. Si a esto se le suman las demostraciones de afecto de gran parte de la población, es fácil entender por qué Liniers resolvió establecerse en Córdoba.

         A pocos kilómetros se estableció en Alta Gracia, antiguo convento de los jesuitas, adquirido a su buen amigo Victorino Rodríguez –que hoy descansa como el primer civil extranjero en el Panteón de Marinos Ilustres- con quien el 3 de febrero de 1810 firmó escritura de compra en once mil pesos, comprendiendo: edificios, huertas, molinos, tajamar y rastrojos. Así escribía a su amigo Anastasio Echevarría: Ya me tiene Vd. hecho un hombre campestre, ocupado sólo del arado, del buey, del caballo, del molino, dando órdenes al albañil, al hortelano, al capataz, al peón, al domador y al carretero, con más gusto que cuando las dictara a una provincia y a un ejército. Entonces la mayor parte de las noches las pasaba en vela: amanecía con nuevos cuidados, y ahora duermo pasmosamente y  amanezco lleno de satisfacciones.

         No obstante la distancia, Liniers se mantenía informado de los acontecimientos políticos tanto rioplatenses como europeos, gracias a la copiosa correspondencia que recibía de Buenos Aires y a las visitas de amigos en su casa de Alta Gracia. No ignoraba entonces las graves noticias que traían las gacetas recibidas de Inglaterra: España se encontraba perdida a manos de los franceses y sólo se conservaban libres Cádiz y la Isla de León, donde se oponía una débil resistencia al triunfante bonapartismo.

         Le escribía a Cisneros: Excuso de extenderme en reflexiones sobre el estado de la capital, que Vuestra Excelencia conoce tan bien como yo, en la cual hay un gran plan formado y organizado de insurrección, que no espera más que las primeras noticias desgraciadas de la Península. En un último intento de evitar el desastre que presentía, le advirtió: Cisneros, esto está endiablado, yo daría un dedo de la mano por tener una hora de conversación contigo. Estás rodeado de pícaros, varios de los que más confías te están engañando; la iniquidad, apoyada de las riquezas va minando la autoridad. En el día debes estar bien convencido de mi sinceridad y la experiencia te ha demostrado que nadie te ha hablado con más verdad que yo, ni con más desinterés, ni mejor conocimiento del país y de los hombres que venías a gobernar. El influjo que yo he tenido sobre el pueblo jamás lo he empleado a otro fin que para inspirarle sentimiento de patriotismo y sumisión a la soberana autoridad; pero tú mismo te has dejado persuadir y preocupar contra mí.

LA REVOLUCION DE MAYO DE 1810

         El hecho es que Cisneros desoyó todo sabio consejo de Liniers y no se dio cuenta de que la insurrección estaba ya en marcha. El lunes 21 de mayo el Cabildo de Buenos Aires, respondiendo al clamor de la ciudadanía, convenientemente preparada, cursó invitaciones para concurrir a una cabildo abierto, con posiciones encontradas entre los partidarios del virreinato y los de la creación de una Junta como las de España. Siguieron unas agitadas jornadas y el viernes, 25 de mayo, en la Plaza Mayor, futura Plaza de Mayo, culmina con la destitución del virrey Cisneros, nombrándose presidente de la Junta al general Cornelio Saavedra, por voluntad popular convalidada por el Cabildo.

         Baltasar Hidalgo de Cisneros, depuesto de forma tumultuosa, abandonado a su suerte por todos aquellos que había considerado sus partidarios, descubrió tardíamente su error, el engaño de los que se dijeron sus defensores, y la injusticia cometida con quien hubiera podido prestarle un apoyo eficaz. Sólo en esas circunstancias desesperadas recurrió a Liniers en busca de ayuda que había desdeñado antes. Le envió una misiva personal por medio del joven de su amistad Melchor José Lavín, ex alumno de Montserrat. En ella le comunicaba su triste situación, los hechos que la produjeron, y reconocía un mea culpa por haber desoído sus consejos, confiando en que su fidelidad haría posible su intervención para contener el torrente emancipador.

         Las inquietantes novedades que el mensajero comunicó el 30 de mayo a su llegada a Córdoba obligaron al gobernador Concha a convocar una reunión para el día siguiente. El primer acto de esa reunión fue prestar juramento, en manos del obispo Orellana, de guardar el más escrupuloso secreto hasta que los sublevados comunicasen oficialmente la noticia. Pocos días después, Liniers, contestaba al deán de Funes, sobre la propuesta aprobada en la reunión cordobesa de rechazo a la actuación del Cabildo revolucionario: Todo aquel que adhiriese al partido de la Junta de Buenos Aires, y aprobase la deposición del Virrey y demás que se había hecho, debía ser tenido por un traidor a los intereses de la nación, que la conducta de los de Buenos Aires con la Madre Patria en la crítica situación en que se hallaba por la atroz usurpación de Napoleón era igual a la de un hijo que viendo a su padre enfermo, pero de un mal que probablemente salvaría, le asesina en la cama para heredarlo.

LA JUNTA DE BUENOS AIRES ENTRA EN ACCIÓN

         La Junta de Buenos Aires, como primera medida, obligó a Cisneros se embarcase en un buque inglés de regreso a la Península, indicándole al capitán que no hiciese escala en ninguna puerto americano –sobre todo de la Parte Oriental del Río de la Plata- hasta llegar a las Islas Canarias.

Seguidamente, advertida del influjo que ejercía la personalidad de Liniers, sobre todo entre los hombres de armas, comprendió que debía dominar rápidamente a los insurgentes de Córdoba, evitando que se acercasen a la ciudad, por lo que dictó aquella sorpresiva sentencia de muerte destinada a los díscolos cordobeses. He aquí su texto: Los sagrados derechos del Rey y de la Patria han armado el brazo de la justicia y esta Junta ha fulminado sentencia contra los conspiradores de Córdoba, acusados por la notoriedad de sus delitos y condenados por el voto general de todos los buenos. La Junta manda, que sean arcabuceados don Santiago Liniers, don Juan Gutiérrez de la Concha, el obispo de Córdoba, don Victorino Rodríguez, el coronel Allende y el oficial Real don Joaquín Moreno. En el momento que todos o cada uno de ellos sean pillados, sean cueles fuesen las circunstancias se ejecutará esta resolución, sin dar lugar a minutos, que proporcionasen ruegos y relaciones capaces de comprometer el cumplimiento de esta Orden y el honor de Vuestra Señoría.

         A la vez que la Junta, para justificar sus actuaciones, cursaba oficios secretos a Perú, Chile, Cuzco y a las embajadas de España y Gran Bretaña destacadas en Brasil, organizó una expedición de auxilio a las provincias interiores, que puesta bajo la comandancia del coronel Francisco Ortiz de Ocampo, el teniente coronel Antonio González Balcarce, el comisionado Hipólito Vieytes y el auditor de guerra Feliciano Antonio Chiclana, partió el 9 de julio con mil ciento cincuenta hombres con dirección a Córdoba.

LOS ÚLTIMOS DIAS

         Gutiérrez de la Concha reunió en su casa la junta de autoridad y allí propuso Liniers salí para el Perú, con objeto de levantar un fuerte ejército para caer sobre Buenos Aires. Esta medida tan sensata, que hubiese sido la salvación para la causa española, fue estorbada con todos los medios posibles por el deán Funes, que estuvo presente en la citada junta. Conociendo Liniers, por la fuga de Funes, que se hallaba rodeado de traidores, quiso concentrar en Córdoba tropas con que marchar al encuentro de la revolución; pero esta medida fue contraproducente, ya que alentaba en aquella ciudad el espíritu revolucionario, quedándose sólo con 28 oficiales, la mayor parte de ellos peninsulares. Así pues tuvo que apelar a la fuga, dispersándose todos para quedar citados en el alto Perú. La infidelidad de los guías hizo retardar la marcha y a los ocho días cayó prisionero, con su comitiva, de un destacamento insurrecto mandado por Antonio Balcarce. Después de cruel trato los condujeron hasta el llamado monte de los Papagayos, distante unas tres o cuatro leguas de la posta denominada “Cabeza de Tigre”. Allí el abogado Castelli, delegado de la Junta revolucionaria, pronunció la fatal sentencia: “La Junta manda que sean arcabuceados...”.

El 26 de agosto de 1810, a las dos de la tarde, fueron asesinados Liniers y sus compañeros de infortunio. Dirigió la escena el coronel French, delegado de la Junta revolucionaria, ayudante que había sido de Liniers, a quien tanto debía. Fueron los ejecutados, además de Liniers: Juan Gutiérrez de la Concha, brigadier de la Armada; Victorino Rodríguez, asesor; Santiago Allende, coronel de milicia, y Joaquín Moreno, oficial real. El obispo Orellana se había salvado por su condición de clérigo. Unos meses después, el 15 de diciembre de 1810, el mismo Castelli, ordenó ejecutar en Potosí, junto al coronel Nieto, al capitán de fragata, José de Córdova y Rojas, a quien había rendido su sable el general inglés Beresford.

LA RECUPERACIÓN DE SUS RESTOS

         Mucho se ha escrito sobre la palabra CLAMOR, formada por las iniciales de los nombres de los fusilados: qué si estaba escrita en un árbol cercano; qué si un fraile de la Merced, párroco de la iglesia cercana, los recató y los enterró dignamente y por separado; qué se le colocó una cruz de madera con dicha palabra, etc. No cabe duda que el relato más verosímil, por la aportación de contrastados datos, es el aportado por Miguel Ángel de Marco, historiador argentino, en su obra “Argentinos y Españoles”, datos que se resumen a continuación:

         En los primeros días del mes de marzo de 1861, el presidente de la Confederación Argentina Santiago Derqui, sobrino nieto de Victorino Rodríguez, uno de los ajusticiados,  dispuso que una comisión se dirigiera a Cruz Alta para localizar y exhumar los restos de Liniers y demás contrarrevolucionarios muertos en Cabeza de Tigre, a fin de erigir un monumento y rendir homenaje a estas víctimas de la Patria nueva, estrechando así las relaciones existentes ya con España desde el año anterior. La comisión, compuesta por el mayor Felipe Salas y el oficial Octavio de la Barra, llegó a Rosario el 21 de marzo de 1861dirigiéndose desde allí a la posta de Cruz Alta. Cavaron tres fosas en el cementerio viejo sin resultado alguno. El comandante militar de aquel lugar Reyes Araya, indicó que su suegro Pascual Almirón, de 72 años, había presenciado la inhumación cuando desempeñaba su trabajo de conductor de diligencias entre Cabeza de Tigre y Cruz Alta. Recordaba el anciano que había ido en potrillo rosillo al entierro de los maturrangos, cuyos cadáveres, semidesnudos y con los ojos picoteados por los caranchos, fueron conducidos unos sobre otros en una carretilla de cincha. Manifestó Almirón que no podía determinar con exactitud donde fueron sepultados sino aproximadamente; que la fosa no pudo contener en sus superficie los cinco cadáveres y sí solo tres, encima de los cuales dos se colocaron atravesados; y que no conocía a ninguno de ellos.

         Excavaron en distintas direcciones y encontraron los restos tal como había expuesto Almirón, apareciendo en la fosa diez suelas entre botas y zapatos y dos botones, en uno de los cuales se percibía claramente una corona real en relieve. Las cenizas se introdujeron en una urna de caoba y se llevaron a Rosario, depositándolas en la Iglesia Matriz, en tanto no se embarcaban en el vapor Pampero que hacía el trayecto regular desde Buenos Aires por el Paraná. El vicecónsul de España en Rosario, Joaquín Fillol, envío el 26 una nota al presidente de la República que decía:
“Gracias a la magnanimidad de V.E, las cenizas de estos malogrados españoles reposarán en tierra consagrada por el culto católico, y sus familias, descendientes y compatriotas, tendrán el dulce consuelo de ver honradas las memorias de tan ilustres patricios, modelos de lealtad y de virtudes. La nación española, siempre noble y magnánima, sabrá agradecer a V.E. este acto de generosa hidalguía, y su grato recuerdo será un nuevo vínculo que estreche más la unión y fraternidad que existe entre sus hijos y la gran familia argentina”

El Pampero llegó a Rosario en la medianoche del 27 al 28 de marzo. De inmediato los restos se embarcaron en una chalana, que se acercó demasiado a una de las ruedas del buque, todavía en movimiento, y como consecuencia recibió un golpe que la hizo zozobrar. La urna cayó al río aunque pudo rescatarse debido a la escasa profundidad. Poco tiempo después, la chalana realizó una brusca maniobra que hizo caer de nuevo al agua la fúnebre caja, que también se rescató, no sin que el mayor Salas sufriese heridas que le obligaron a quedarse en puerto. Por fin a salvo a bordo zarpó el Pampero rumbo a Paraná.

La noticia de la exhumación llegó a Montevideo, donde el comandante de la Estación Naval Española del Río de la Plata, capitán de fragata Domingo Medina, de común acuerdo con el jefe de la representación diplomática de la Reina, dispuso que la goleta Concordia se dirigiese a Paraná con el doble propósito de proteger a los súbditos españoles ante una posible confrontación entre la Confederación Argentina y Buenos Aires, así como hacer acto de presencia en los actos de homenaje a los fusilados en el Monte de los Papagayos. El 31 de mayo se ordenó al teniente de navío de primera clase Mateo García de Anguiano que repostase carbón y víveres y se trasladase a Paraná hasta nueva orden, cuidando de observar “la más estricta neutralidad, evitando, sin desmedro de la cortesía, realizar comisiones de cualquier clase pertenecientes a la Confederación y que puedan traducir los partidos como favorables a uno de ellos”

El vapor español llegó a Rosario el 6 de abril y, tras una breve estancia, se dirigió a Paraná, donde el 17 de ese mes se celebró un solemne funeral presidido por Derqui, a quien acompañaban sus ministros y altos funcionarios civiles y militares. La dotación de la Concordia asistió con uniforme de gala. Finalizado el acto religioso, la urna cineraria se colocó en el panteón de Esteban Rams y Rubert, en espera de levantar un monumento con que la Argentina pensaba honrar al vencedor de los ingleses y a sus dignos compañeros, monumento que nunca llegó a hacerse realidad debido a la confrontación armada entre la Confederación y Buenos Aires. Sólo quedaron como testimonio del propósito argentino algunas leyendas en mármol y bronce que pasaron a engrosar los escasos fondos del museo de Paraná.

En este estado de cosas, el vicecónsul de Rosario Joaquín Fillol trasmitió al presidente Derqui el contenido de una real orden de 21 de junio de 1861 por la que se le encomendaba agradecer el homenaje tributado a Liniers y a sus compañeros y pedir a las autoridades argentinas que “de no mediar ningún sentimiento personal o consideración política atendible, los restos fuesen puestos a disposición del solicitante para ser remitidos a España, donde se les harían las honras debidas a su jerarquía militar y digna memoria”. Derqui no tomó decisión alguna, y sería una año después cuando la pretensión española tuvo favorable acogida por parte del encargado del Poder Ejecutivo Nacional Argentino, general Mitre, quien a solicitud de Fillol de fecha 30 de junio de 1862 respondía en estos términos: “cualquiera que fuesen las causas que motivaron el fin trágico del brigadier Liniers, el gobierno que surgió de la revolución y el pueblo argentino no habían olvidado los servicios que él prestó al país durante el régimen colonial y, especialmente, en la reconquista y defensa de Buenos Aires contra los ejércitos ingleses que la invadieron en 1806 y 1807, por lo que, en homenaje a recuerdos tan gloriosos, comunes a ambas naciones, el encargado del Poder Ejecutivo Nacional dispondría que un buque de guerra de la República, al hacer entrega de estos restos mortales, les rindiese los honores correspondientes a su rango”.

Fillol recogió la urna y el 31 de julio de 1862 la llevó a bordo del Dolorcitas, buque de pasajeros, hasta Montevideo, entregándosela el 5 de agosto al comandante el Gravina, bergantín de la Estación Naval española en el Río de la Plata, quien la depositó en el buque de su mando hasta recibir instrucciones del gobierno de su majestad la reina Isabel II. Desde Sevilla, el primer secretario de Estado, Calderón Collantes, dirige al ministro de Marina el 19 de septiembre de 1862 una real orden para que se dictasen estas instrucciones. En Cartagena, el 23 de octubre de 1862, el ministro de Marina  envía al comandante del bergantín Gravina la siguiente real orden: “Enterada la Reyna que D.g. por la comunicación de V. nº 159 fechada  16 de agosto último, de haber sido depositada en ese buque por el vicecónsul de España en  el Rosario la Urna Cineraria que contiene los restos mortales del jefe de escuadra D. Santiago Liniers, del brigadier de la Armada D.  Juan Gutiérrez de la Concha y demás insignes españoles que fueron sacrificados en las provincias de Buenos Aires en 1810, víctimas de su acrisolado patriotismo y lealtad, se ha servido S.M. aprobar la conducta y manejo observada por V. con tal motivo: siendo su soberana voluntad que aprovechando la primera ocasión de buque del Estado, remita V. aquellos restos mortales al Departamento de Cádiz, los cuales deberán ser colocados en el Panteón de Marinos Célebres que hay en la Población de San Carlos”.

En la misma fecha remite el ministro sendas reales órdenes a los descendientes de Concha y Liniers: Manuel Gutiérrez de la Concha, marqués del Duero, hijo del primero y Pedro de la Hoz, yerno del segundo, invitándoles a erigir un mausoleo para albergar la urna cineraria, contestando ambos en sentido afirmativo.

El Gravina se hizo a la mar desde Montevideo el 5 de marzo de 1864, después de dejar su puesto al bergantín Galiano, llegando a Cádiz el 20 de mayo. El 10 de junio, rendidos los honores de jefe de escuadra con mando, se trasladaron los restos al Panteón de Marinos Ilustres. El mausoleo, construido en Italia llegó a Cádiz en abril de 1864, colocándose en su emplazamiento en 1867, una vez finalizadas las obras de adecuación del Panteón.

Casi cien años después, el comandante de la fragata Bahía Thetis, en representación de la Marina argentina, hizo entrega de una placa-homenaje en bronce, que se colocó en la parte sur del mausoleo. Contiene la siguiente inscripción: “Los últimos héroes de la Patria vieja fueron las primeras víctimas de la Patria nueva. Homenaje de la Marina de Guerra Argentina. Agosto de 1960”, frase con la que Paul Groussac finalizaba su obra “Santiago de Liniers, Conde Buenos Aires”.

EL PRIMER CENTENARIO

         España envió a  los actos conmemorativos a la dos veces Princesa de Asturias, tía de Alfonso XIII, Isabel de Borbón, sin saber cómo sería recibida, dada la agresividad de los sindicatos de Buenos Aires en aquel entonces. Viajó en el trasatlántico Alfonso XII mandado por el héroe gallego de la Guerra de Cuba, enterrado en el Panteón, Manuel Deschamps Martínez. La prensa bonaerense comentada: Aunque en ninguna parte figura el apodo con que popularmente y cariñosamente se la conocía en España, "La Chata", la exposición refleja el sentimiento que despertó su presencia, sintetizada así en un texto: "Ganó el corazón de la gente por su inteligencia, buen humor y tacto, llamando la atención que, no obstante la agobiante actividad desarrollada en doce días, conservara la misma gracia, don de gentes y amabilidad". Presenció una revista naval y un desfile militar, colocó la piedra fundamental del Monumento a los Españoles, fue recibida en el Congreso, asistió a un festival en el Odeón en el que actuaron María Guerrero y Díaz de Mendoza, visitó el Hospital Español, asistió a una recepción en el Palacio Miró. A su vez, fue anfitriona a bordo del buque en el que había viajado y se despidió en el denominado -y desaparecido- palacio de Bary, donde se había alojado.

         Isabel de Borbón era muy querida por los españoles, tanto así, que al proclamarse la Segunda República, en abril de 1931, los madrileños le permitieron quedarse, aunque ella decidió acompañar a su familia al destierro, muriendo a los pocos días en París.

EL SEGUNDO CENTENARIO

         En principio, nuestro amigo jerezano descendiente del virrey, Javier Liniers, presentó en Buenos Aires, con éxito, su libro “Santiago de Liniers, virrey del Río de la Plata, a través de su correspondencia familiar”, agradeciéndonos nuestra colaboración en el mismo. Por otra parte, el día 26 de agosto, conmemorando el fallecimiento de nuestros marinos, componentes de la familia Liniers y destacados historiadores argentinos se reunieron en unas jornadas culturales en el pueblo de Esles, lugar de nacimiento de Juan Gutiérrez de la Concha.

         El 10 de septiembre se acercó a la Isla de León, desde Esles, el matrimonio argentino, formado por el catedrático de Historia, Carlos Pesado Palmieri y su encantadora esposa Blanca María Riccardi, siendo acompañados en todo momento por componentes de la Asociación “As de Guía”. Visitaron el Panteón de Marinos Ilustres y a continuación los lugares constitucionales, firmando en el Libro de Honor de la Iglesia Mayor de San Pedro y San Pablo, en la que los diputados de las Cortes generales y extraordinarias prestaron solemne juramento aquel 24 de septiembre de 1810. Sus Majestades los Reyes de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía, estamparon sus firmas en el mismo libro, catorce días después, conmemorando aquél memorable acontecimiento bicentenario. Por la tarde, el matrimonio argentino, expresó en Radio La Isla de San Fernando una emotiva charla en la que destacó la Patria Originada por los valores comunes de argentinos y españoles.


Bibliografía

    • MARCO, Miguel Ángel de. “Argentinos y Españoles”. Rosario (Argentina), Centro de Investigaciones y Documentación, 1988.
    • LOZIER ALMAZAN, Bernardo. “Liniers y su tiempo”. Buenos Aires, Emece Editores, 1989.
    • GROUSSAC, Paul. “Santiago de Liniers, Conde de Buenos Aires”. Buenos Aires, El Elefante Blanco, 1998.
    • PESADO RICCARDI, Carlos. Liniers, jefe de escuadra, virrey del Río de la Plata y mártir de su deber. Madrid, R.G. de Marina, ago/sep 2009.

 

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