As de Guía > Periplo póstumo del duque de Alburquerque


PERIPLO PÓSTUMO DEL XIV DUQUE DE ALBURQUERQUE
(Comunicación presentada por el Capitán de Fragata D. José Carlos Fernández Fernández, en el II Coloquio Internacional sobre la figura del XIV Duque de Alburquerque, celebrado en San Fernando (Cádiz) del 8 al 11 de febrero de 2010).

El lunes 18 de febrero de 1811, a las once de la noche fallecía en Portman Square nº 47 de Londres, el  Excmo. Sr.  Embajador Extraordinario de España ante su Majestad británica, D. José María de la Cueva y de la Cerda, décimo cuarto duque de Alburquerque. Contaba 35 años de edad.
¿Sabía ya el duque en diciembre anterior que la Regencia había determinado, por real orden, dar por finalizada la comisión?  Creo que sí, y apoyo esta creencia en que dicho mes de diciembre toma la decisión de que sus dos hijos, José María y Antonio José, nacidos fuera del matrimonio y a los que tanto quería, así como la cuidadora, Antonia García de Muros, la cual no sería temerario afirmar, también quería –aunque ello habría que razonarlo con más detenimiento- toma la decisión, repito, de que regresen a España a través de Gibraltar.

dUQUE DE aLBURQUERQUE

No llegaron a su poder a tiempo para contentarle los elogios de las Cortes, que lo nombraban, por resolución de 14 de enero de 1811, junto a su ejército, beneméritos de la Patria, y se le concedía el mando del Ejército de Galicia. Se había anticipado, maquiavélicamente, dos días antes el libelo de la Junta Gaditana, como expuso ayer brillantemente mi buen amigo Juan Torrejón, así como el proceso de su enfermedad y muerte. Y en Cádiz se había entregado el escrito a la prensa, cuarto poder, omitido por Montesquieu y Muñoz Torrero.

        Quiero hacer notar que el importe todo del boato desplegado en Londres para las exequias de Alburquerque fue adelantado al futuro conde de Venadito, Ruiz de Apodaca, por el director de la Real Compañía de Filipinas, Gandásegui y abonado posteriormente por la Junta. ¡Buenos eran los ingleses para sus dineros!, pues tuvieron sin enterrar en Westminster al embajador Ronquillo por no haber pagado sus deudas desde hacía 120 años.
         En Cádiz, se celebraron el 3 de abril los funerales dispuestos por la duquesa viuda, Escolástica Gutiérrez de los Ríos y Sarmiento, en la iglesia del Carmen, y por real orden del 8 del dicho mes, también por expreso deseo de la viuda, se determinó el traslado del cadáver desde Londres, para su depósito en la misma iglesia conventual.

Apodaca para dar cumplimiento a la real orden de 26 de julio, y conseguir un ahorro para la Junta, aprovechó la llegada del navío español Asia, que venía a cargar carbón de piedra inglés, embarcando los féretros del duque y de Ronquillo, pagando sólo el porte de la carreta desde la Abadía hasta Porstmouth. El 18 de agosto fondea en Cádiz y el 21 se conducen las cajas del duque -cadáver, entrañas y corazón- hasta el Carmen, para que al día siguiente se cantase por la comunidad carmelitana una misa solemne de difuntos; pero sin gran aparato ni ostentación, ya que como el Erario sufrió todos los gastos en Londres, no era el caso de más dispendios aquí. La Junta Gaditana mantenía su rencorcillo.

navio Asia

El libro donde se apuntan las anotaciones de los seglares sepultados en el Carmen, se encuentra curiosamente en la biblioteca de Estudios Gaditanos; es decir en la biblioteca que fue de Conté Lacave.   El por qué está ese libro ahí, sería un tanto largo de contar, aunque el llorado prior Ismael Bengoechea dio feliz solución a la cuestión con un sencillo apaño. Para facilitar la lectura de ambas anotaciones las rotulo con nitidez.

         Pues bien, transcurren 100 años y comienzan las plumas a relatar los hechos centenarios. El Pepe Quintero de hoy era en la Isla el capitán de fragata, Emilio Cróquer, con cierta tendencia corporativa marinera a ensalzar los componentes de su querida Armada, Alvear, Frasco Uriarte, Mourelle…, siempre que hubiese controversia con los de Tierra, y, en este caso, con Alburquerque. Para mí, la gran obra escrita –la biblia en el pasado centenario, sobre los personajes del Ejército y la Marina- es, sin duda, la de Francisco Moya y Celestino Rey Joly, familiar este último de nuestro querido Don Celestino, que más de una vez atendió con acierto a mis sufrimientos gripales. ¡Cómo no! El ancestro era gallego: el señor Celestino Rey Garcia-Valdés, creo recordar, que casó con una Joly Velasco y que engendraron a este Celestino Rey, cuidadoso y prolífico escritor e investigador, tío del bondadoso médico cañailla.

         Pues encontrándonos Juan Vijande y yo, componentes de la asociación isleña As de Guía, en el Museo Naval, dirigido con tino por mi buen amigo y superior CN Mendizábal Barreiro-Meiro, estaba allí el también CN Manuel Baturone que llevaba el libro de Celestino Rey Joly, cuidadosamente encuadernado, al objeto de facilitarle una copia al director de la biografía del duque de Alburquerque. Dado nuestro interés, permitió que otra copia fuese para nosotros. En la página 599 afirmaba que los restos de Alburquerque, traídos de Londres y depositados en el Carmen, se llevaron al panteón particular de la familia en la parroquia Omnium Sanctorum, de Sevilla.

         Inmediatamente fuimos allá a la Parroquia de Todos los Santos que, mire Vd. Por donde, la habían casi destruido los “valientes iconoclastas de la segunda república”. Hay que ver el daño que ocasionaron estos energúmenos en la investigación histórica, pues quemaron en las iglesias todos los libros sacramentales ordenados por Trento, en los que figuraban los nacimientos,  bautismos y matrimonios. De pena. Hablamos con un anciano que había conocido la iglesia antes de la “epopeya” y no recordaba que hubiese ningún enterramiento de la casa de Alburquerque, ni tampoco tenía noticia el párroco ni los componentes de la hermandad de la Virgen de todos los Santos. Estas afirmaciones sembraron dudas sobre la veracidad del enterramiento citado por Joly, y he aquí, que investigando en la biblioteca de la fundación gaditana que preside mi buen amigo Pepe Joly Palomino en el antiguo Gobierno Militar, encontramos al lado del ejemplar de 1912, la segunda edición de 1914, todavía sin abrir sus hojas, por la lógica deducción de que en 1914 había pasado ya el día y la romería y a muy poca  gente le interesaban ya  los acontecimientos celebrados.

Testamento Alburquerque

En esta edición y en lo que se refiere a la biografía de Alburquerque, la había ampliado Celestino Rey en un 166,6666, periódica pura, a saber: a las 20 hojas le había añadido 10 más. Y ello debido a que en aquel año de 1912 se publicó el libro: Relaciones entre España e Inglaterra durante la Guerra de la Independencia, de Wenceslao Ramírez de Villa.-Urrutia, aquél que se sentó en el Tratado de París en el que entregamos Cuba y Filipinas a los norteamericanos, y a la sazón, embajador de España en Londres. Trataba, el después marqués de Villa-Urrutia, con sumo detalle los acontecimientos londinenses y gaditanos del duque de Alburquerque afirmando, entre otras cosas, que el cadáver permanecía todavía en el convento del Carmen. Así mismo lo entendía en 1920 el profundo conocedor de la nobleza española, Francisco Fernández de Bethencourt. Esta evidencia hace cambiar el criterio de Celestino Rey Joly y expresar en la página 639 de esta segunda edición que los restos de Alburquerque yacen desde 1811 en el Carmen gaditano, al lado de los del Almirante Gravina. Seguro que el escritor, como nosotros, viajó hasta Omnium Sanctorum en Sevilla y obtuvo estas referencias a Alburquerque, hoy desaparecidas.

         Ha mencionado algún biógrafo la posibilidad de que fuese llevado al convento franciscano de Cuéllar y de allí trasladado definitivamente al de las Clarisas de la misma ciudad, ambos conventos pertenecientes en su día a la familia Alburquerque. No tiene mucha base esta posibilidad y en ello coincido con Julia Montalbillo, próxima conferenciante en esta tarde.

         Ignoraba Villa-Urrutia cuál fue la voluntad manifestada por el duque en su testamento y las circunstancias que no han permitido que se cumpliera. A la primera duda, aporto yo el testamento en cuestión, autorizada su copia la pasada semana, por Teresa Díez, directora del Archivo Histórico Madrileño, a quien, según ella nos confirma, se le entregó, por primera vez, un soporte informático, previamente fotografiado, del testamento, precisamente por la Asociación Isleña As de Guía, que con modestia preside el que os dirige estas verbas. Y ¡qué dice el testamento?: Que deseaba enterrarse en la iglesia del convento dominico de Santa Rosa extramuros de Mombeltrán (Ávila), donde desde 1803 yacía su padre el décimo tercer duque –y fray Pedro de Ayala, el que murió dos veces, según reza en su epitafio-. ¿Y a las circunstancias de incumplimiento?: pues, la viuda se había marchado con el sobrino del ministro de Marina en Trafalgar, y  el pleito de quién debía ser el siguiente duque no se resolvió hasta 1830 y, poco más tarde,  el político chiclanero Mendizábal se encargó de desamortizar aquél convento.

Miembros As de Guia

         ¿Continúa el cadáver depositado en el Carmen de Cádiz? Probablemente, sí, y, como se afirma que estaba al lado del de Gravina, veamos lo que sucedió con el Almirante. El 11 de marzo de 1806 se celebra en el Carmen el funeral de córpore insepulto y se entierra en el cementerio extramuros de San José. Cuatro años después su hermano, el nuncio de su santidad, Pedro Gravina, en plena Guerra de la Independencia, exhuma su cadáver, llevándolo a la Iglesia del convento del Carmen y se entierra en el crucero frente al sagrario. En este tiempo y lugar coincide Alburquerque con Gravina. El mausoleo del marino se trasladó al Panteón de Marinos Ilustres, aunque su cuerpo, no. A comienzos del Sexenio  Democrático se inauguró en Madrid el Panteón de Hombres Ilustres de San Francisco el Grande y allá llevaron a Gravina, permaneciendo hasta 1883, en que se entierra definitivamente en el Panteón de Marinos Ilustres. Al abrir la caja en la Isla, se comprobó que el cuerpo del Almirante estaba tal cual acabado de morir, pues sus compañeros no satisfechos con embalsamarlo lo habían sumergido en espíritu de vino, es decir, en orujo fino chiclanero.

         Para terminar, un silogismo: Si el cadáver de Alburquerque se depositó al lado del de Gravina y el de Gravina estuvo en la bóveda nº 2, luego el cadáver de Alburquerque está en la bóveda nº 2. El padre prior Reverendo Francisco Víctor López Fernández estaría encantado de comprobarlo, pues sólo es preciso picar unos cuantos ladrillos; pero ya no depende de él, ya que el templo está considerado como BIC –Bien de Interés cultural- y con la Cultura hemos topado. Muchas gracias.



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