domingo, 22 de junio de 2003

 


reportaje

Apuesta para recuperar las joyas del pasado
López Moreno acaba hoy su entrega sobre los relojes de sol que existían en el ribat y aboga por su recuperación

EL RIBAT. Vista general de la plaza del castillo de San Romualdo y, al fondo, la histórica fortaleza
ELÍAS

Miguel Ángel López Moreno.       Recomienda esta noticia

La Edad Media fue un tiempo gobernado por la religión. A finales del siglo V, una vez caído el imperio romano de occidente, la única estructura de poder que permaneció intacta fue la iglesia. Ya entonces algunos cristianos, por iniciativa propia, y al margen de las directrices episcopales, habían comenzado a practicar una vida eremita, en soledad, basada en ideales ascéticos. Esta práctica se extendió rápidamente hasta que en el siglo V, en el concilio de Calcedonia, los obispos tomaron bajo su autoridad los monasterios que se habían organizado en sus diócesis. Todo quedó entonces bajo el férreo control episcopal, que utilizó a su vez la expansión del monacato para evangelizar la Europa bárbara.

La orden benedictina, fundada por Benito de Nursia hacia 529, fue el referente de todo el desarrollo posterior del monaquismo. Diseñó una disciplinada vida monacal firmemente marcada por las horas canónicas del día: los tiempos de Dios. Nada dejó al azar, estructuró cualquier aspecto vital de manera que el monje simplemente debía obedecer y cumplir con rigor las reglas de su Orden.

Era obligado escuchar, meditar y leer, pero difícilmente se podía interpretar lo aprendido. No era preciso pensar. Cada impulso humano era reprimido excepto aquel que servía directamente a la comunidad. Es un ejemplo más de los muchos intentos de uniformar personalidades, anular el sentido crítico y destruir voluntades. Intentos que hoy día seguimos viendo en las modernas técnicas de ventas, en todas las captaciones sectarias e incluso en el afán idiotizador de las televisiones. Con la regla benedictina, por primera vez el trabajo se consideró una actividad digna y honorable. Los monasterios se convirtieron en eficientes granjas, en centros de evangelización y en los únicos refugios para los restos de la cultura clásica. En tiempo de Cuaresma los monjes recibían de la biblioteca un libro "que deberán leer ordenada e íntegramente" (capítulo XLVIII-15 de la Regla de San Benito).

Gracias a eso la Iglesia de Roma atesoró para sí y filtró los escasos conocimientos que sobrevivieron a la caída del Imperio Romano. Y, además, como depositaria y única interprete del mensaje divino, impregnó la política terrenal, estuvo omnipresente en cualquier aspecto de la vida y manipuló todos los comportamientos. Es decir, ejerció un inmenso y asfixiante poder. Tanto es así que las costumbres eclesiásticas llegaron a imponer sus propias referencias temporales al resto de la población. Esto dio al traste con la clásica forma de dividir el año en función de las estaciones, ciclos agrícolas y demás ritos culturales. En su lugar, el año se dividió en cuatro periodos: de Pascuas a Pentecostés, de Pentecostés a septiembre, de este a Cuaresma, y de aquí hasta Pascuas.

El día tenía 24 horas (los egipcios ya lo habían establecido así). Amanecía a las VI, primera hora que marcaban los relojes de sol; se alcanzaba el mediodía a las XII y el ocaso ocurría a las XVIII. En la Alta Edad Media se dividió el día en cuatro cuadrantes de seis horas cada uno, y el paso de un cuadrante a otro se anunciaba con tañidos de campanas colocadas en las iglesias. Pero fue la vida monacal la que marcó una organización diaria del tiempo. Desde los conventos, monasterios e iglesias se fue imponiendo al resto de la población un día dividido en oficios, es decir, dividido por las campanadas que marcaban los momentos para orar a Dios: "spatia ad Deum tradendum":

Maitines Media noche

Laudes Las tres

de la madrugada.

Hora Prima Las VI. El amanecer, orto solar.

Hora Tercia Las IX. Tiempo medio entre

Prima y meridies.

Hora Sexta

o Meridies: Las XII. Mediodía.

Hora Nona Las XV.

Hora Vesperalis,

Vísperas Las XVIII. El ocaso.

Hora comple-

torium Completas: Cuan- do cae la noche.



Esas campanadas, que en principio indicaban los momentos para rezar en los monasterios, con el tiempo fueron referencias para los pobladores del entorno y señalaron el comienzo y fin de la jornada, las horas de las comidas y los momentos de descanso, es decir, el discurrir de lo cotidiano.

El ritmo vital se fue ajustando a los momentos monacales que dictaban los relojes de sol, único método fiable para hacerlo (las clepsidras y velas de tiempo eran poco precisos).

Por tanto, se hizo necesario recuperar los conocimientos que permitieran construirlos correctamente. Técnica y ciencia que habían desarrollado admirablemente los antiguos griegos y que el espíritu práctico de los romanos concretó y difundió ampliamente a lo largo de sus posesiones. Posteriormente, con la caída del imperio y las invasiones bárbaras, se olvidó en occidente.

Fueron precisamente los monjes benedictinos, a partir del siglo VII, los más interesados en recuperar ese antiguo conocimiento y conseguir una exhaustiva medida del tiempo.

De lo anterior concluimos que las paredes de los monasterios, conventos e iglesias fueran las primeras en poblarse de relojes de sol que marcaran fielmente los momentos para los rezos a Dios.

Y el Castillo de San Romualdo, como edificio representativo del poder político y espiritual de la Isla de León, también se utilizó para estos menesteres.

De hecho, algunos estudiosos de este castillo defienden la hipótesis de su uso y ocupación por la Orden Religiosa de Santa María de España, creada por el rey Alfonso X en el año 1272.

Entre otros objetivos, el rey encargó a esta Orden la defensa marítima frente a los musulmanes del norte de África, y la supervisón de la colonización comarcal de la bahía de Cádiz. Políticas que se organizaron desde Santa María del Puerto, Alcalá de los Gazules, Medina Sidonia y Ageciras. La situación geográfica del ribat isleño no sería extraña a estos cuatro centros. En este hipotético caso, el castillo vendría a continuar sus tradicionales funciones de ribat islámico, sólo que ahora ocupado por monjes-guerreros cristianos para los que fue tarea importante medir el tiempo que debían dedicar a su Dios.

Desde que el hombre tuvo conciencia del tiempo, y de su relación con la muerte, lo estudió. Y muy pronto comprendió que la periodicidad de los movimientos solares y lunares era una buena forma para medirlo. Tal vez no lo supieron entonces, pero la medida del tiempo fue el primer paso del hombre hacia la ciencia empírica, es decir, el primer paso para escapar de la superstición. Hace tres mil quinientos años, en tiempos de Tutmosis III, los egipcios ya usaron la sombra de obeliscos para marcar el inicio de las estaciones agrícolas y también construyeron relojes solares. Pero fueron los griegos los que, observando las sombras de un gnomon (bastón en griego) sobre el suelo, desarrollaron una ciencia, la Gnomónica, que llegó a ser capaz de calcular la circunferencia de la Tierra (Eratóstenes, 259 a.n.e)

El carácter práctico de los romanos difundió las técnicas para la fabricación de relojes de sol por todo el imperio, pero la edad oscura que sobrevino con su caída hizo que se olvidara la ciencia para su fabricación. Como ya se ha indicado, a partir del siglo VII los monjes benedictinos contribuyeron a recuperar el conocimiento y a difundirlo por toda la Edad Media y Moderna. Sin embargo, entre los siglos VIII al XIV, fue el mundo islámico, libre de las cortapisas dogmáticas del occidente cristiano, el que desarrolló profundamente las matemáticas y la astronomía. Y, paralelamente, también impulsados por el deseo de marcar correctamente sus rezos periódicos a Alá, nos aportaron una estimable Gnomónica. La máxima difusión de los relojes de sol ocurrió en occidente en los siglos XV y XVI.

No es infrecuente encontrar varios relojes solares en una misma edificación. Pero eso suele ocurrir cuando las orientaciones son tales que los cuadrantes se complementan entre sí para medir todas las horas diurnas. Sin embargo, en el viejo ribat, la existencia de tres relojes en un mismo torreón es una redundancia que nos habla de un lugar notable.

El trabajo de orientar a Este y Oeste los resaltes fue un ejercicio técnico muy preciso y, posteriormente, el trazado de los tres relojes solares fue una tarea que escasas personas eran capaces de calcular y realizar, generalmente clérigos que aprendían Gnomónica en conventos, y que, en su inmensa mayoría, han permanecido en el anonimato. Más tarde, en el XVIII, siglo de la razón, el conocimiento desbordó los conventos y aparecieron los maestros cuadranteros, capaces de calcular las señales horarias para cualquier orientación y latitud.

Poco más podemos añadir. Lo que el desconocido clérigo (tal vez maestro cuadrantero) nos ha dejado en el ribat isleño es una extraña singularidad que, me atrevo a asegurar, desconocen los estudiosos de la Gnomónica y que los rastreadores de viejos cuadrantes solares aún no han encontrado. Hoy día cada reloj solar que ha logrado sobrevivir a los tiempos es una auténtica rareza cultural e histórica que ilumina las fachadas de iglesias, castillos y monasterios.

Los tres relojes del Castillo de San Romualdo son un privilegio que nos obliga a recuperarlos y conservarlos para otras generaciones. Estas joyas del pasado isleño pueden y deben reconstruirse al mismo tiempo que todo el Castillo... fue la voluntad de unos hombres que vivieron en esta Isla antes que nosotros.

 

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