Castillo de San Romualdo / Angel Lopez Glez    

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Castillo de San Romualdo
Tuvo tres relojes de sol en su torreón cebtral. ¿Por qué?

En la Vieja Isla de León - San Fernando (Cádiz - España)


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Un polvorín en el cuartel de batallones
Castillo de San Romualdo / 1809

Los estudiosos del Castillo de San Romualdo han enumerado con frecuencia todos los usos que ha tenido el edificio a lo largo de su historia... y todos han obviado que en 1809, justo antes del Asedio Francés, en su torre existía un polvorín.

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(Lo que sigue es un extracto del capítulo 29 de "LA HEREDAD DE FADRIQUE", de Miguel Angel López Moreno. ISBN: 84-606-3273-3. Libro editado por la Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento de San Fernando en 2003)
Mientras los ejércitos de Napoleón avanzan hacia el sur, la Isla de León se prepara para afrontar la batalla que se ve inevitable. Todo el pueblo se moviliza y, entre otras muchas acciones emprendidas, se reclutan compañías de obreros que trabajan a marchas forzadas, aunque con precarios medios, en las obras de fortificación de todo el perímetro isleño, empezando en las baterías del islote y caño de Sancti Petri, Cerro de los Mártires y Gallineras, pasando por los baluartes del Puente Zuazo, y terminando en las defensas del Arsenal de la Carraca. No se olvidaron los trabajos en la Costa Oeste, es decir, las baterías de Osio, Lazareto, Fadricas y Punta Cantera, para finalizar en la Ardila, desde las que se haría frente a las fuerzas sutiles francesas procedentes del Trocadero y Puerto Real.

Esta era la situación cuando en agosto de 1809 se declara un incendio en una de las casas próximas al Cuartel de Batallones de Marina. Y como consecuencia del expediente que se inicia , los Polvorines de Fadricas acabarán almacenando también el repuesto de pólvora que el ejército de tierra tenía depositado en dicho cuartel. Es decir, la pólvora que debían disparar las baterías situadas en el entorno del Puente Zuazo.

Efectivamente, el caballero Síndico Personero, representante del pueblo, Diego Domingo Pintos, “teniente de las milicias honradas”, eleva un oficio al Gobernador Militar de la Plaza en el que dice que “con motivo del fuego que hubo en uno de los días de la próxima semana pasada en una de las casas que están frente al Cuartel de Marina, he llegado a entender que en dicho cuartel hay existentes más de doscientos quintales de pólvora, y aún cuando esté con las debidas precauciones, siempre existe en las cocinas del expresado cuartel candela en ellas, y que a su alrededor hay casas de vecindario donde por desgracia puede haber fuego, y por consiguiente está muy expuesto el Pueblo a sufrir un destrozo considerable si por efecto de una desgracia se incendia dicha pólvora, y mucho más si se advierte la facilidad con que se disparan tiros y cohetes en esta villa...”. En consecuencia, el síndico personero, suplica que “se extraiga la pólvora del depósito que tiene en el Cuartel de Marina, y se ponga en algunos de los almacenes... fuera de esta población...”

Cuando la solicitud llega a manos del Gobernador Militar de la Plaza, ordena el 13 de septiembre de 1809, a los oficiales encargados de los ramos de artillería e ingenieros, un completo informe sobre el depósito de pólvora en cuestión. De él sabemos que en la torre del Castillo de León (hoy llamado Castillo de San Romualdo), (...) existían “130 barriles de pólvora y unos cajones de cartuchos de fusil para la dotación de las baterías que constituyen las fortificaciones de estos puntos”. En opinión de estos expertos el depósito se hallaba con las precauciones debidas y se preguntan, con cierto recelo, a qué edificio podría trasladarse la pólvora en el que “concurran las circunstancias de estar separado de los demás, sin humedad y a una distancia del Puente (Zuazo), no mucho mayor que la que corresponde a un depósito de pólvora destinado a que en la ocasión reemplace sin demora la que se vaya consumiendo en los repuestos de las baterías...”

Ante esto, el Gobernador Militar propuso dejar “en el cuartel, o en el mismo Puente Zuazo, la cantidad más precisa para las ocurrencias diarias”. Y añade que “puede trasladarse la demás cantidad a uno de los Almacenes de Fadricas, facilitándole el Excmo. Sr. Capitán General del Departamento, por concurrir en dichos Almacenes todas las cualidades necesarias, sin riesgos, y no ser su distancia tal que pueda acarrear perjuicio o demora notable el tiempo necesario para su traslación a las baterías en caso de necesidad.”

Finalmente, el Capitán General del Departamento informa el 11 de octubre de 1809, al Gobernador de la Plaza, Sebastián de Solís, que “con esta fecha he dispuesto que se traslade a los Almacenes de Fadricas el repuesto de Pólvora que tiene esta Plaza en el Cuartel de Batallones de Marina; avisándolo a V.S. para noticia del ayuntamiento por consecuencia de lo representado por el Síndico Procurador del Común”. El traslado supuso un desembolso que quedó relacionado entre los gastos de fortificación de ese año: “En poder del mismo se halla en igual forma el recibo de la entrega de 5.760 rv. invertidos en la traslación de Pólvora y otros útiles de un Almacén a otro” .

Sin duda, el buen término de este asunto demuestra la perfecta sintonía que existió, en esos tiempos de guerra, entre las autoridades civiles y militares. La ciudad se benefició con el traslado del repuesto de pólvora a los Polvorines de Punta Cantera, pero un año más tarde, las circunstancias del asedio francés obligarían a un nuevo traslado, esta vez desde Fadricas hasta unos almacenes situados en el lugar llamado Setina, cercano a Camposoto.

Así están las cosas cuando el 4 de Febrero de 1810, entran en La Isla de León los restos del ejercito de Extremadura al mando del duque de Alburquerque. Son unos 10.000 hombres a los que se sumarán 500 aliados entre ingleses y portugueses. Junto al ejército, se refugian las Cortes del Reino y la Regencia. Tres días más tarde llegan los franceses y comienza el sitio de la Isla y Cádiz...

...pero esa es otra historia.

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