Cronicas de Villajovita    

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Crónicas de Villajovita
La memoria común / Ceuta, años 60

ISBN: 84-609-8966-6
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Reseña realizada por FRANCISCO DÍAZ ROSAS para la Presidencia del Gobierno Autónomo de CEUTA

PacoDiaz

El libro Crónicas de Villajovita es una recopilación de las vivencias de un grupo de niños y niñas centrado en la década de los 60. Este relato está construido con los recuerdos que los diferentes protagonistas han ido aportando al autor desde que hace año y medio apareció la página web en la que se hablaba de algunos de ellos.

Este libro “trata de recuperar la pequeña parcela que es común, y esa forma de vivir que tuvimos en Villajovita los niños de los años 60 –que difiere muy poco de lo que pasaba en otros lugares de Ceuta–. Un tiempo que comenzó en la posguerra y finalizó en la modernidad. Una forma de vivir que se extinguió delante de nuestros ojos”.

Comienza hablando de los orígenes del barrio que se remontan a la época en que el matrimonio Casares – Ponce de León (Dª Jovita y su esposo) “consiguieron una concesión administrativa para colonizar y explotar la zona rural de Ceuta que con el tiempo sería Villajovita. Al principio vivieron en una modesta casita situada casi a orillas del arroyo de Fez, muy cerca del camino Ceuta/Benzú; en la parte baja de lo que hoy es la calle Leandro Fernández de Moratín. Pocos años  después, cuando la explotación de las huertas (viñas, frutales y algún ganado) había mejorado la situación económica familiar, se hicieron con la propiedad de la tierra y construyeron lo que fue la casa familiar llamada Villa Jovita” (1915).

A partir de aquí se adentra en lo que constituye la vida cotidiana de este grupo de niños y niñas a través de una serie de anécdotas que nos permiten conocer cómo era la vida en los años 60. Aunque algunas de estas anécdotas puedan parecer nimias, para los protagonistas tienen una gran relevancia porque constituyen una parte importante de su vida.

El tercer capítulo aborda un acontecimiento histórico (la llegada de la primera tele al barrio) y el modo en que la vida se trasladó de la calle a la casa donde estaba esta tele que, a modo de cine de barrio, congregaba a la chiquillería para ver sus programas favoritos.

Otro capítulo interesante es el dedicado a uno de los focos culturales de la barriada: el Casino (el otro era el Salón Parroquial). Fue fundado por un grupo de amigos “con la colaboración del párroco don Francisco Almandoz Arburúa, que tenía alquilado el antiguo cine Rex por cuestiones parroquiales, pero lo cedió para que se usara como local del futuro casino”. Esta entidad privada encauzó muy bien las inquietudes culturales de un barrio que emergía con fuerza en los años iniciales de la década (teatro, campeonatos de ajedrez y lugar de lectura de la prensa).

“Las sucesivas Juntas Directivas tomaron iniciativas y organizaron actividades que contribuyeron a cohesionar la barriada de una forma intangible pero efectiva. Fue lo más cercano que tuvimos a una asociación de vecinos”.

También se hace un recorrido por los antiguos oficios (lateros, afilaores, diteros y vendedores ambulantes de chumbos, palmitos, huevos, volaores, etc). Pero lo que sin lugar a dudas constituye el recuerdo más interesante de este capítulo es el relato de la instalación en 1963 de la fábrica que”lanzó al mercado la leche Vayavaca, envasada en cartón parafinado y en bolsas de plástico, y el yogur Almina. Esta fábrica estuvo en las Puertas del Campo, camino de la vieja estación del ferrocarril, junto al garaje de los autobuses verdes, y propició un cambio de hábitos que inició otra época. La idea fue de unos catalanes y la ejecución de don César Mosteyrín

La novedad de la fábrica de leche fue su producción y envasado. Lo normal hasta entonces era comprar la leche a granel o, en todo caso, presentadas en botellas de vidrio transparente, pero don César Vayavaca (el alias fue inmediato, casi instantáneo) no podía depender de la producción lechera que había en Ceuta, escasa, muy dispersa, aleatoria, y sin garantías de higiene. Lo que hicieron fue fabricar leche reconstituida a partir de sus componentes. Proceso que recuerda muy bien su hijo César Mosteyrín, que intervino en la producción y puesta a punto. La leche en polvo desgrasada procedía de los excedentes europeos de Holanda y Bélgica, y la grasa láctea la traían de Dinamarca. Se añadía agua, vitaminas (A, B2 y B12) y algo de sal para obtener una leche reconstituida de bastante calidad: Leche Vayavaca. Sólo quedaba ahora presentarla en unos envases novedosos, higiénicos y fáciles de distribuir. Inicialmente fueron cilindros de cartón parafinado y sellados herméticamente mediante una resistencia eléctrica. Más tarde se distribuyó también en bolsas de plástico. Pero fueron demasiadas novedades para nuestras madres. Tuvo que pasar un tiempo para que la leche Vayavaca desplazara a las formas tradicionales”.

Otra aportación interesante es la dedicada a la educación escolar en aquellos años. Los primeros colegios, los maestros que dejaron huella en los niños del barrio y los métodos pedagógicos que se utilizaban aparecen reflejados en el capítulo 7.

La parroquia y la actividad que se desarrollaba en el Salón Parroquial, suponen el punto de encuentro de esta generación en el que, además del aspecto puramente religioso, tenían cabida una serie de actividades relacionadas con el ocio de los jóvenes. Se organizaban bailes, juegos, excursiones y, lo más novedoso de todo, el montaje de un Belén Viviente.

Esta actividad comenzó realizándose en unos terrenos donde se arrojaban los desechos de la fábrica de refrescos Weil. Más tarde se trasladó junto a las Murallas Merinidas e incluso, un año, se montó en la actual Plaza de la Constitución. De este modo, algo que comenzó siendo de barrio, se ofreció a toda la ciudad de Ceuta.

Fruto de esta actividad parroquial fue también la realización de numerosas excursiones al Yebel Musa, a la Playa de las Barcas, a la Factoría Ballenera y a otros lugares de la costa que se encontraban más allá de la Isla del Perejil.

El libro acaba con un plano de Villajovita en el que aparecen numerados los domicilios de las familias que habitaban el barrio en aquella década. Esto ha permitido refrescar la memoria de un grupo de ceutíes, que los avatares del destino había dispersado por toda la geografía española, y que se vuelven a encontrar hoy en su tierra al cabo de cuarenta años.

Francisco Díaz Rosas
Doctor en pedagogía
Universidad de Granada


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Última actualización: Diciembre 2013