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La Otra Isla de León
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Arrastrados por el levante, los BUITRES caen en Fadricas...

...de cómo el hambre de la posguerra eliminaba todo tipo de remilgos


ViejasOficinas
En la copa del eucalipto más alto se posó el pobre buitre leonado. La foto está lanzada desde el viejo laboratorio de pólvoras de la Armada, en el recinto de los Polvorines de Fadricas. En primer plano el polvorín C-2, sobre su solar estaba la antigua Casa Blanca.

Lo que sigue es un extracto de "Zizobra y el buitre", capítulo 41 de "LA HEREDAD DE FADRIQUE", de M.A. López Moreno, páginas 267-269 ISBN: 84-606-3273-3. Editado por la Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento de San Fernando/2003


Después de la Guerra Civil española de 1936 al 1939 hubo mucha hambre y una enorme escasez. Fue una larga posguerra que marcó la vida de todos. Había tanta hambre que el ingenio se agudizaba y los remilgos desaparecían en poco tiempo. Era una simple cuestión de ayuno. Y así fue como en los Polvorines de Fadricas mataron, cocinaron y se comieron un buitre leonado... ¡y muy rico que resultó!

Corría el año 1948 y las minas submarinas que no detonaron en la dramática explosión de Cádiz del año anterior, se trasladaron provisionalmente a los Polvorines de la Marina en Punta Cantera. Posteriormente se trasladarían a la Cueva del Civil, en la sierra de San Cristóbal. Para desactivarlas y prepararlas adecuadamente se contrató a un grupo de personas entre las que figuraba Francisco Medina Pérez, por entonces de 16 años, hijo de Francisco Medina Sánchez, también trabajador de los Polvorines, y de doña Josefa Pérez, que a la postre fue la que cocinó el buitre, leonado él.

Nos contaba Paco Medina, con setenta años y ya jubilado, que entonces se pasaba muchísima hambre “...yo estaba todo el día esmayaito... y Manolito Marchante, que estaba de cocinero en el cuertelillo de arriba, un edificio mu bueno que ya tiraron, era grande, de piedra... allí había siempre lo menos cuarenta infantes, y un teniente... Bueno, pues Manolito Marchante no era cocinero ni ná, pero lo pusieron a eso... y a mi, que me veía chiquitillo y encanijao, me llamaba por la puerta de atrás y cuando no nos veía don Cayetano Román Andrade, que era el sargento condestable de todo aquello, me daba un plato de habichuelas del rancho de los soldaos... que tenía mu pocas habichuelas, azín, dos o tres flotando en el caldo... y yo me lo comía y lo rebañada, mire usté.”

Aún hoy ocurre con frecuencia que después de un temporal de levante, los buitres que anidan en los riscos de la sierra de Cádiz son arrastrados hacía las costas de estos contornos. Y muchas veces grupos numerosos se ven obligados a dejarse caer, exhaustos, sobre la última tierra deshabitada que encuentran antes de encontrarse con la mar, es decir, en Fadricas. Eso mismo debió ocurrir un día de otoño de 1948, el pobre buitre se dejó caer en la copa de uno de los eucaliptos del Camino de Fadricas. Desgraciadamen-te para él, eligió el más cercano a la vivienda del condestable, por entonces, Cayetano Román... que sacó su escopeta de cartuchos y, sin una intención clara, tal vez por mero instinto cazador, le lanzó dos tiros. Cuenta Medina que el animal, herido, levantó vuelo y planeó hasta caer en la mar, cerca de la playa, y allí quedó con las alas extendidas flotando en el agua. Dos o tres corrieron a por él y en calzoncillos se metieron con la intención de sacarlo, pero el animal, lejos de estar vencido, se revolvió y a punto estuvo de picotear a Paco Medina... “tenía un pico azín, que parecía un zapato de grande”. Entonces trataron de rematarlo dándole golpes en la espalda, y pareció que lo habían conseguido. Lo sacaron del agua y ataron a un mástil por el cuello. Y por allí andaban todos, elucubrando qué hacer con ese animal herido de muerte.

Dice Medina que fue Manolito Marchante , que hacía de cocinero de la tropa, el que, sin dejar de calibrar al animal con ojo profesional, al cabo del rato dijo que ese bicho había que comérse-lo, que una vez desplumado aquello debía ser como un pavo y que venga... y terminó dándole un tajo en el cuello. En el intento de zafarse el propio buitre se degolló. Lo desplumaron y abrieron en canal, pero el contenido del estómago les desilusionó brutalmente: “...aquello estaba to podrío, don Migué, tenía como piel de caballo pero podría podría, y olía fatal, olía como a inzienzo...” Cuando en este punto del relato se le pidieron aclaraciones sobre el término utilizado, Medina insistió: “Zi, zi, inzienzo. Ezo que queman en la iglezias...” Se ve que hay gustos para todo y a Medina no le gustaba el beatífico aroma del incienso. A saber que piruetas del destino le llevaron a esa aversión.

Sin embargo, cuando eliminaron las vísceras y lavaron bien lavado todo el animal, aquello parecía mismamente un gran pavo... y, aunque no estaban del todo convencidos, Paco Medina y su padre se comprometieron a prepararlo. Lo llevaron a casa y doña Josefa Pérez cocinó la mitad del buitre como si fuera un pavo de Navidad. Al día siguiente, a primera hora, padre e hijo se presentaron en los Polvorines con una tartera que contenía la mitad del buitre cocinado. Esa sería la comida de cinco o seis operarios que iban a viajar hasta la sierra de San Cristóbal con un lote de las minas submarinas que no llegaron a explotar en Cádiz. Pero como aún no estaban convencidos de lo que iban a hacer, sacaron un trozo de buitre, como de medio kilo, y se lo echaron al perro que convivía con la dotación... “mi padre le echó al Zizobra un trozo azín, un buen trozo del buitre... pero el perro ni lo olió, nos miró con el rabo entre las piernas y se dio la vuelta, azín, como asustao. Claro, nosotros, si no se lo comía el Zizobra, que estaba smayaito el pobre perro ¿quién se lo comía entonces?... pero, mira, se volvió y de un bocao se lo zampó sin masticar ni ná...”

Más tarde comprendimos la ofuscación de esos hombres cuando el perro no se comió inicialmente el trozo de buitre, y es que el nombre del animal hacía referencia a una condición básica de su alimentación, es decir, el perro comía SI SOBRAba algo de comida, y allí y entonces nada sobraba. Por tanto, superada la prueba del Zizobra, se llevaron la marmita con medio buitre a la Cueva del Civil y, cuando se cansaron de meter minas submarinas en el túnel, se lo comieron en la Venta del Corneta con media botellita de tinto...”¡digo! Una carne estupenda, de hebras, mu gelatinoza, parecía de ternera”. A la vuelta, doña Josefa, la cocinera, preguntó a padre e hijo por el buitre, que la mujer también se había quedado con su prevención. Cuenta Medina que la otra mitad del pájaro, lejos de compartirlo con la gente de Fadricas, se lo comieron en casa, que el hambre era el hambre y había que mitigarla como fuese.

(...)


En recuerdo cariñoso a Paco Medina "Lía-lía", que nos alegró muchas jornadas con sus líos y sus trapicheos


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Última actualización: Noviembre 2013