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La Isla según Servando Camuñez - 1865

Fuente -> Desconocemos el origen de este texto

Hace cincuenta y siete años que quien esto escribe (lo dice Servando Camúñez en 1922, por lo tanto se refiere al año de 1865) llegó a San Fernando. Un alma llena de tristeza y una imaginación henchida de esperanzas incisas formaban su impedimenta moral.

         Niño aún, las impresiones que traía, sumadas a las emociones de la llegada, grabaron un profundo surco en su memoria. Surco que persiste claro y lúcido al través de los años y de los desgastes de la inteligencia.

         Venía de un pueblo de la Sierra, al que me había llevado meses antes una enfermedad de mi padre. Eran los últimos días del mes de Julio. La Isla estaba engalanada con motivo de su feria, el cielo tenía un azul purísimo, el calor era bochornoso y el levante soplaba furiosamente.

         El carruaje que nos traía, al entrar en la calle Real (por la plaza del Castillo) y principiar a recorrer aquella terrible calzada de piedras, que le servía de pavimento, perdió una rueda, se inclinó de un lado y... los viajeros tuvimos que abandonar el maltrecho vehículo y recorrer a pie el trayecto que nos faltaba para llegar al término de nuestro viaje y de nuestros deseos.

         Era por entonces la ciudad de San Fernando un gran villorrio con una calle Real muy toscamente empedrada; con las demás calles, unas terrizas y otras empedradas; pero unas y otras sin aceras; con suburbios y albinas llenas de barro y montañas de basuras; con una edificación improvisada y sin belleza arquitectónicas; con alumbrado público de farolas que tenían en su interior reverberos de aceite, los cuales sólo se encendían en las noches en que no daba luz la luna; con las salinas en poder del estado; con el mejor Arsenal de España; con una entrada, frente a la estación ferroviaria, llamada Glorieta, en la cual los bodegones, barracas e inmundas tabernuchas ocupaban la mal llamada Alameda y en donde una muchedumbre de vagos, rufianes, matones y rateros y cuanto había de perdido y malo en los bajos fondos sociales de la ciudad, pululaba noche y día para vergüenza y desesperación de los trabajadores honrados y de los buenos habitantes de la población.

         La Casa Ayuntamiento era un palacio en ruinas, de negras paredes y sin techumbre en el piso superior.

         Los barrios extremos de la población eran zocos morunos en los que no era muy agradable la entrada, pues de ser señoras o caballeros los visitantes, eran abucheados estrepitosamente y obligados a retirarse por la incultura de sus pobladores.

         Como la ciudad era un río de oro a causa de sus ocho mil carraqueños, sus empleados militares y las grandes remesas mensuales de numerario de nuestras colonias americanas y filipinas, acudían a ella como moscas cuantos aspiraban al dinero ajeno y cuantos no servían para trabajo, ni para ganar honradamente el pan de cada día.

         Por esto, por el sin número de tabernas, figones, capilés, etc., etc., por en enorme número de mendigos, lisiados, pedigüeños y matones, por la sobra de casas en donde nocturnamente se le tiraba de la oreja a Jorge y por escasez de policía civil y sobra de tolerancia y abandono en que vivían caleseros, valientes, hampones, chulos y demás gentes de mal vivir, raro era el día que no se presenciaba en plena calle algún asesinato o algún escandaloso choque entre los servidores del juego y los admiradores del hampa.

         ¿A qué proseguir?

         San Fernando era un pueblo rico, pero miserable; era hermoso; pero sucio; era culto pero sin manifestaciones externas de su cultura; era caballeroso; pero sólo en las altas esferas de su mesocracia, y era noble y honrado; pero con una mezcla de fermento libertino, agitanado y canallesco que daba lugar a la fama y aplauso que otros pueblos le concedían por sus hampones y sus barateros, sus ladrones y sus victimas.

         ¡Que inmensa y gran diferencia separa al pasado del presente! (1922)

         Aquella ciudad de San Fernando no tenía más cultura que la de sus marinos, ni más ilustración que la de sus poquísimos hombres de Ciencia, ni más higiene que la de alguna que otra familia adinerada, no más seguridad que la puramente personal, ni más enseñanza que las que se derivan del analfabetismo y de la matonería.

         Hoy, a pesar de lamentaciones y quejas vulgares, la entrada de la ciudad es sencillamente hermosa, las calles principales pueden competir con las de las ciudades modernas de mayor renombre, las albinas sucias y fangosas han desaparecido, los tristes faroles el alumbrado público se han tomado en focos eléctricos, las calles tienen aceras cómodas, el palacio del Ayuntamiento es un edificio monumental que da honores y prestigios, la Biblioteca Lobo es un centro de instrucción y de cultura, y las sociedades obreras de la ciudad que tanto bien procuran y que tan alto ponen el nombre de San Fernando, han hecho que se olviden y que desaparezcan por completo aquellos miserables tugurios donde la juventud se manchaba con el cieno de la procacidad y del matonismo.

         Hoy la antigua y sucia taberna casi no existe; la calesa y el tosco calesero han sido substituidos por el automóvil y el coche charolado y limpio; la vagancia se ha borrado con el trabajador honrado y culto; al gracioso y al chocarrero ha sucedido el alumno formal, serio y aprovechado de nuestros Centros de Obreros; y todo aquello que significaba atraso, rutina, haraganería, tosquedad y agresión, se ha transformado en finura, adelanto, amable condescendencia y culta galantería.

         ¡Honor a este hermoso y noble pueblo, que en medio siglo ha sabido elevar su nivel moral y social hasta la envidiable altura en que se encuentra!


                                                                              Servando Camúñez.
                                                                              San Fernando, Diciembre, 1922.




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Última actualización: Noviembre 2013