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Notas para la recuperación historica de las fadricas

Texto de la conferencia de ingreso en el Ateneo literario, científico y artístico de Cádiz

Ateneo


Miguel Ángel López Moreno
1 4 de Diciembre de 2004

En agosto de 2001, la Armada Española desalojó los Polvorines de Fadricas, en Punta Cantera. La presión urbana hizo insostenible mantener municiones en un paraje que en su momento fue solitario y seguro, pero que a comienzos del siglo XXI la ciudad de San Fernando lo rodeaba. Aunque técnicamente se cumplían los parámetros de seguridad, políticamente era insostenible y estéticamente inviable. Por tanto, las municiones se almacenaron en lugares más discretos.

Con el desalojo de estos polvorines concluyeron 273 años de una historia que comienza en 1728, cuando se iniciaron las tareas para construir los primeros almacenes para la pólvora de S.M. Polvorines que la incipiente flota borbónica necesitaba en esos momentos de crecimiento. Es decir, desde las primeras décadas del XVIII, por obvias razones de seguridad, este lugar estuvo restringido al público, y esa confidencialidad ha contribuido a que Punta Cantera, y su zona de seguridad, pasen desapercibidas del devenir histórico que ocurría en la Isla de León. Esta circunstancia ha contribuido, por tanto, a que olvidemos su historia y lo que contiene. Y por ello pretendemos ahora insistir en la difusión del patrimonio histórico que atesora la vieja Heredad de Fadrique, el Lazareto de Infante y Punta Cantera, tres lugares ubicados dentro del recinto militar que se abandonó en 2001, en el convencimiento de que conociendo su historia, serán mejor comprendidos y mejor tratados a la hora de actuar urbanísticamente sobre ellos.

UBICACIÓN GEOGRÁFICA

La llamada Punta Cantera es un promontorio rocoso situado en la costa oeste de la actual San Fernando, y que se adentra en el seno interior de la Bahía, entre Caño Herrera (Bahía Sur) y la Playa de la Casería de Osio. En estos escasos 500.000 metros cuadrados existen los siguientes elementos de interés histórico:

1. Restos de culturas líticas.
2. Un alfar romano.
3. Se ubicó la casería de Fadricas.
4. Existió un acueducto utilizado para las aguadas desde el S. XVII.
5. Aún existe un embarcadero del siglo XVII.
6. Estuvo el Lazareto de Infante. Casería de amplia historia que merecerá un tratamiento aparte
7. Los primeros almacenes para la pólvora de S.M.
8. Las murallas que fortifican Punta Cantera.
9. El espigón: muelle de la pólvora.

PREHISTORIA y ROMANOS

La primera ocupación humana de Punta Cantera se constata por la aparición en la playa de Fadricas de guijarros tallados de cuarcita y silex, bajo la fachada trapezoidal de los polvorines que miran hacia Bahía Sur. Fueron hallazgos ocasionales aportados por particulares. Actualmente hay catalogadas unas 43 piezas, que a falta de estudios más detallados, se ubican cronológicamente en la prehistoria reciente.

No está comprobada la presencia fenicio/púnica en Punta Cantera, pero los romanos, herederos de sus tradiciones alfareras a partir del II a.n.e. (al fin de la 2ª Guerra Púnica), dejaron un taller cerámico a pocos metros de la orilla del mar, frente a la llamada Cala de los Arcos, (óvalo costero delimitado por la fachada norte de Punta Cantera y la playa de la casería de Osio). Sin duda, una privilegiada situación para embarcar la producción anfórica. Este alfar, aunque sin excavar, está catalogado en la Carta Arqueológica de Andalucía. Por tanto, cualquier actuación en el lugar, requerirá un cuidado concreto. Los hallazgos superficiales permiten datarlo (con todas las precauciones) en torno al comienzo de nuestra era. Sin duda la de Fadricas es una factoría más de las varias que conformaron el barrio industrial de la Gades romana, y que recorre a intervalos regulares el perímetro costero de la Isla de León de hace dos mil años, que coincide con la Av. de Pery Junquera y la carretera de Camposoto.

A PARTIR DEL SIGLO XVII

La primera anotación cartográfica a un lugar denominado fadricas aparece en la Ínsula Gaditana, el famoso plano de Fray Gerónimo de la Concepción (1690). Por entonces la Isla de León es patrimonio de la Casa de Arcos. El duque ha estado cediendo a la rica burguesía gaditana parcelas a censo enfitéutico (una especie de alquiler vitalicio y hereditario de la tierra), de forma que la superficie de la Isla se va poblando de caserías, viñas y salinas. Una de ellas, la que más nos interesa, perteneció a Fadrique de Lila y Valdés, 2ª hijo de Carlos van Lille y van Thune, uno de tantos flamencos, súbditos el rey español, que se afincaron en la bahía gaditana durante el XVII atraídos por la oportunidad de negocios con América. La toponimia del lugar, como todos los de la Isla de León, surge de él. De las casas de Fadrique, se pasa a las fadricas, y de ahí al sitio que nombran de las fadricas, como se cita en los documentos del XVIII.

Este plano de Fray Gerónimo de la Concepción, sigue siendo la mejor referencia para conocer la Isla de León en las postrimerías del XVII. Nos muestra que la incipiente villa se va desarrollando a lo largo del camino que parte del Puente Suazo y lleva a la senda de Cádiz. Es decir, la actual calle Real. Sin embargo, tradicionalmente no se ha valorado suficientemente lo que ocurría en la costa oeste de la Isla de León, la que mira al interior de la Bahía, y la salida natural por mar hacia las poblaciones de su contorno. Justamente donde Fray Gerónimo sitúa fadricas, y la casería de Infante, los dos lugares situados donde más tarde se ubicarían los polvorines de la Armada.

El resto de la cartografía de la bahía gaditana del XVII y principios del XVIII, es bastante parca mostrando detalles del asentamiento poblacional de la Isla de León. Pero en la mayoría de ellas siempre quedan representados cinco hitos: el Real Carenero por su interés económico; Puente Suazo, Castillo de San Romualdo y Torre Alta como elementos defensivos; y finalmente un grupo de construcciones en la costa oeste, frente a la Cala de los Arcos. El resto son viñas y salinas. Es decir, basándonos en la información cartográfica, en el XVII existían construcciones muy representativas de la actividad humana que se desarrollaba aquí, en lo que posteriormente serían los terrenos militares que se abandonaron en el XXI.

Este núcleo de actividad comercial surge a lo largo del XVII (y continúa hasta el XIX) desde el momento en que las flotas de galeones y la Armada de la Mar Océano (la encargada de su escolta hasta el Nuevo Mundo) hibernan, a resguardo de temporales y enemigos, en el caño de la Carraca. Aún no existe el arsenal, de ahí que la pobre infraestructura de las cercanías, es decir, las caserías que han ido surgiendo en esta costa, se utilicen como almacenes para apoyar la provisión a buques de guerra y comerciales. Este apoyo incluye, por supuesto, el agua que las dotaciones beben diariamente, y la que deben acopiar para las largas travesías.

Este detalle va a ser fundamental para entender el desarrollo de la costa oeste de la Isla de León. Porque para facilitar estas aguadas se construyó en el último tercio del XVII un acueducto sobre arcadas que la traía hasta la casería de Fadricas. De estas actividades quedan numerosos registros en el Archivo General de Indias (legajos de Contratación y Juzgado de Arribadas). Este acueducto, que la documentación del XVIII nombra como pasaje de las aguadas, se mantuvo en pie hasta 1975.

El centro neurálgico de este comercio, y su salida natural al mar, es un embarcadero situado en el mismo lugar que los romanos debieron utilizar para embarcar su producción anfórica. Este embarcadero, el primero que se habilitó en la costa oeste, existe en las fadricas, al menos, desde 1685, y hoy día, aún conservamos.

La cartografía francesa e inglesa que ilustra el ataque angloholandés de 1720 a la bahía gaditana coincide en dos datos: que la costa oeste es lo más representativo de la Isla de león, y que en el lugar que Fray Gerónimo llama fadricas existe una notable construcción que nombran expresamente como The White House o La Maison Blanche, es decir, la Casa Blanca.

LA CASA BLANCA

A partir de 1713, finalizada la Guerra de Sucesión, y sobre todo desde 1717, cuando Patiño instala en Cádiz la Casa de Contratación, la capital se convierte en el centro neurálgico del comercio con América. Y, por simple sinergia, las vicisitudes de la Casa Blanca y el acueducto de las aguadas se incrementan. Por entonces, a principios del siglo XVIII, pertenecen a José Domingo Colarte y Lila, segundo hijo del Marqués del Pedroso (otro rico comerciante flamenco instalado en Cádiz en el XVII, regidor perpetuo, caballero de la Orden de Santiago), sobrino de Fadrique de Lila y Valdés, anterior propietario enfitéutico de las fadricas (la heredad de Farique, como se la nombra).

Durante las primeras décadas, la Casa Blanca (que aparece citada indistintamente como almacenes de Colarte, casería de fadricas o casas del Pedroso), se alquilan continuamente a la Real Marina para alijar mercancías de todo tipo. Ya en 1713 se constata la presencia en este lugar de una guarnición militar para vigilar armas, jarcia, lonas y herrajes, alijados en la Casa Blanca, procedentes de la fragata Águila de Nantes / Sada, y destinados a apoyar la construcción de diez bajeles en la Habana (plan Tinajero de la Escalera), aunque finalmente se incorporaron a la flota de Manuel López Pintado, que sitió Barcelona al final de la Guerra de Sucesión.

Al mismo tiempo, la aguada del sitio que nombran de las fadricas continúa con sus actividades, y el trasiego de pipas y botijas, desde el embarcadero hasta los buques fondeados en el seno de Puntales, es incesante.

A veces el Intendente de la Real Marina, por ese tiempo, Francisco de Varas y Valdés, alquila varios almacenes de la Casa Blanca, en otras la casería completa; y en casi todas las ocasiones, las rentas son retenidas por orden judicial para saldar las deudas de José Domingo Colarte, un pésimo pagador, que utilizaba la casería de Fadricas como aval para recibir préstamos que no devolvía hasta que el embargo era inminente. De hecho, así la perdió en 1731, que pasó a formar parte del mayorazgo de su propio hermano, el segundo Marqués del Pedroso.

Junto a la Casa Blanca, en terrenos que gestionaba directamente el corregidor del Duque de Arcos, se levantaron otros almacenes y viviendas que se alquilaron continuamente durante el setecientos a comerciantes de la zona gaditana. En ellos se guardaban víveres, aceite, vino, vinagre “y demás géneros de tienda comestibles y no comestibles” para el comercio local y/o ultramarino, y contribuyeron decisivamente a facilitar el acopio de víveres que necesitaba la incipiente población de la Isla de León. Población que, aunque tenía la prohibición expresa de construir casas (incluso bajo pena de galeras), creció al amparo del auge naval del Real Carenero, más tarde de la Carraca y finalmente con la instalación del Departamento Marítimo. El Duque de Arcos vendió estos almacenes en 1762 pero, transformados en viviendas, se mantuvieron en pie hasta 1960.

Las vicisitudes de la Casa Blanca continuaron a lo largo del XVIII y la convirtieron en un lugar muy singular. A mitad de siglo se instaló un ALFOLÍ, es decir, en sus almacenes, justamente enfrentados al embarcadero donde atracaban los candrays, se depositaba obligatoriamente la producción de sal para controlar las rentas que debían pasar a la Hacienda Real. Y poco después se instaló una FÁBRICA TEXTIL que llegó a exportar el 5% de las telas estampadas que salían para las Américas. Algunos años más tarde, junto a los muros de la Casa Blanca se habilitó una batería de cañones que acosó a la escuadra francesa del almirante Rosilly en 1808. Y dos años después, durante el asedio francés de 1810 a 1812, el Embarcadero de Fadricas fue uno de los puntos de atraque de la flotilla de lanchas sutiles (cañoneras y otras embarcaciones para fondos someros convenientemente artilladas) que vigilaban las posiciones francesas desde el interior de la bahía. Y, en consecuencia, la Casa Blanca se utilizó para guardar los útiles navales que los sutiles necesitaban. Hacia el final del asedio estuvo a punto de convertirse en Hospital. Luego, durante el Trienio Liberal de 1820/23, la Casa Blanca fue cuartel de tropas leales a la Constitución de 1812... por cierto, el Marques del Pedroso, que aún era dueño de ella, se quejó de los destrozos que la soldadesca había causado. Pero no acaban aquí las peripecias de este notable lugar, en 1865, para prevenir y atajar una posible epidemia de cólera en San Fernando, la Junta local de Sanidad transformó la Casa Blanca en un lazareto de observación. Al día siguiente de darse la alerta, ingresaron en ella más de cincuenta personas sospechosas de padecer cólera. Y así se mantuvo hasta 1867. Posteriormente tuvo usos agrícolas, pesqueros y de habitación, hasta que en 1960 fue expropiada y demolida por la Armada para ampliar la zona de seguridad de los polvorines que habían ido creciendo en Punta Cantera. Hoy día no quedan señales de ella ni del acueducto que el pueblo conoció como “los arcos”. Triste final para lugares con tan dilatada historia.

ALMACENES PARA LA POLVORA DE S.M.

Pero volviendo a principios del siglo XVIII. Por entonces las inconexas flotas armadas españolas están prácticamente aniquiladas. Sin Armada es imposible mantener las comunicaciones comerciales con América y, en consecuencia, nuestro inmenso imperio colonial permanece indefenso. Por eso las administraciones borbónicas, después de alquilar los servicios de escuadras francesas para escolta, deciden recrear nuestra propia Armada. Fusionan los restos de estas flotas y crean una única Real Marina. Y a pesar de enormes dificultades impulsan la construcción naval de tal manera que al final del setecientos llegamos a ser la segunda potencia naval del planeta, sólo superados por el genio inglés. Y para crear una Armada de tales dimensiones fue preciso apoyarla desde tierra con centros de suministro. En lo que toca a la Isla de León esto se concreta en la Casa Blanca, casería de Infante y Real Carenero; más tarde se incorpora el arsenal de la Carraca para aglutinar casi toda la actividad naval. Pero hay un aspecto que no puede asumir y que en Punta Cantera, por su situación estratégica, encuentra perfecto acomodo: los primeros almacenes para la pólvora de Su Majestad, que suministraron tal género a las Armadas borbónicas.

La historia comienza el 22 de marzo de 1728, cuando el ingeniero director de la Junta de Fortificaciones de Cádiz, don Ignacio Sala Garrigo, tal vez el más notable ingeniero militar español del siglo XVIII, envía una carta al marqués de Castelar. En esta carta reflexiona sobre “las grandes desgracias que pueden suceder con la pólvora y especialmente en esta plaza (Cádiz), donde se halla una gran cantidad de ella en dos almacenes grandes muy cerca uno de otro, y en la torre de San Sebastián, que si por accidente, o por algún rayo, le pegase fuego... discurro perecería sin duda alguna el todo o la mayor parte de esta ciudad...” Para solucionar este riesgo propuso, entre otras posibilidades, construir cuatro almacenes de pólvora, capaces de contener 1680 barriles cada uno, en “las alturas de la entrada de la Ysla de León... no lejos del fuerte o batería llamado la Alcantarilla”. Es decir, en los actuales terrenos de Camposoto. Tres para la pólvora destinada a la plaza de Cádiz y el cuarto para la pólvora de la Marina. Este último, y el Cuerpo de Guardia, se debían construir en primer lugar y con la máxima premura porque el trasiego de pólvora desde el puerto de Cádiz hasta el almacén de Marina entrañaba un enorme riesgo. Castelar y Verboom así lo entendieron y aceptaron.

Los planos que presentó Sala fueron enmendados por el marqués de Verboom, Ingeniero Director de las Fortificaciones del Reino, que recomendó a Felipe V se construyeran los cuatro Almacenes de Pólvora como el que se había edificado recientemente en el Castillo de Gibralfaro, Málaga. Y argumenta que en el tejado de madera y tejas que propone Sala “resultarían en breve varios menoscabos a causa de los recios vientos y horrorosos temporales que suelen haber...”. Por eso recomienda que la cubierta de los Almacenes y del Cuerpo de Guardia sea una “bóveda, de ladrillo y medio de grueso, cubierta de una costra de hormigón (de tres pulgadas), haciéndola apuntada por ser la que menos empuje causa, y evitar el espesor en las paredes”. Sabia decisión que sirvió para darles la robustez necesaria para llegar intactos hasta nuestros días.

Sin embargo, dos principales vecinos de Cádiz, don Jácome Fantoni y don Simón Sopranis, hacendados en la Isla de León, apelaron en junio de ese año al marqués de Castelar, y más tarde solicitaron amparo al cabildo gaditano para evitar la construcción de tales almacenes en “una llanura que media con términos muy cercanos a los de nuestras casas y haciendas... teniendo todos viñas, huertas, algunos pedazos para sembrados...”. Añadían además, que “si se llega a construir la referida obra de los dichos Almacenes se nos sigue el total perjuicio... que ni podemos ser dueños de nuestras casas, hacienda y tierras pues con sólo el horroroso nombre de pólvora quedará todo inhabitable, y nuestros caudales y posesiones arruinados y perdidos...” Cuando esto llega a manos de Castelar no le queda otra opción que paralizar el proceso y ordena a Sala un completo informe del asunto.

Y mientras todo esto ocurre, don José Patiño, por entonces Secretario de Marina, Indias y Hacienda, había persuadido a Felipe V de que sus planes para potenciar la industria naval que el imperio Español necesitaba, y en lo que respecta a la Isla de León, era necesario contar sin cortapisas con la jurisdicción del territorio, hasta el momento en manos del duque de Arcos. En consecuencia, por Real Decreto de S.M. de 31 de mayo de 1729 se ordena la incorporación a la corona del Puerto de Santa María y de la Isla de León “con sus jurisdicciones, señoríos, vasallajes, oficios, rentas y derechos...”.

Y es en Punta Cantera, mientras se resolvía el contencioso de la ciudad de Cádiz contra la construcción de los Almacenes de Pólvora en Camposoto, donde se levantarán tres de ellos para uso de la Marina, y se hizo de manera fulgurante puesto que ya era jurisdicción real, y los planos, planes y presupuestos estaban dispuestos para Camposoto, se volcaron en Punta Cantera. Para conseguirlo, siete meses después del Decreto de Incorporación, mediante la Real Orden de 24 de Enero de 1730, Felipe V dona a la Marina una superficie de 82.900 m2 en Punta Cantera. Y sólo once días más tarde, el 5 de febrero, el Ingeniero Director de la Junta de Fortificaciones, Ignacio Sala Garrigo, firma en la notaría gaditana de don Francisco Pérez Angulo las “Condiciones que debe observar el ascentista que realice los tres Almacenes de Pólvora y Cuerpo de Guardia que se han de executar en el lugar de la Cantera de la Ysla de León”. La obra también incluía las garitas y los recintos que rodeaban los almacenes. Dos contratistas, don Jerónimo Prats y don Jacinto Piñol, aceptan las exhaustivas condiciones que Sala les exige y se comprometen a entregar la obra en diciembre del mismo año. Así se hizo y Sala lo comunicó al marqués de Castelar el 2 de enero de 1731. En este momento comienza la historia que concluye en agosto de 2001.

ESPIGÓN Y MURALLAS DE PUNTA CANTERA

Desde la construcción de los tres almacenes en la Isla de León, la ciudad de Cádiz se liberó del enorme riesgo que representaba el tránsito continuo de pólvora entre el puerto y los almacenes situados por entonces en las inmediaciones del Campo Santo. Esas tareas se trasladaron a Punta Cantera, en la Isla de León, cerca de la Casería de Fadricas, el importante núcleo comercial que había surgido en su costa oeste. El peligro desapareció de Cádiz, pero a costa de empeorar las condiciones de trabajo de los artilleros y la maestranza civil que manipulaba la pólvora, porque en el nuevo lugar no existía ningún muelle o pantalán que facilitara el embarque de los barriles de pólvora. Por otro lado, el Embarcadero de Fadricas, que existía desde finales del siglo XVII en la cala próxima, y se utilizaba para embarcar las aguadas y demás provisiones, por obvias razones, nunca se utilizó en esos peligrosos menesteres.

Para solucionar esta situación, el Comisario General de la Artillería de Marina, don Joachim Manuel de Villena, el 9 de agosto de 1751, envía al Marqués de la Ensenada, Secretario de Estado, Hacienda, Guerra, Marina e Indias con Fernando VI, un completo estudio que justificaba la construcción de un muelle en Punta Cantera. Este muelle se utilizaría exclusivamente en el embarco y desembarco de pólvora para los navíos de Su Majestad. En uno de los documentos, que titula “Inconvenientes, atrasos y perjuicios que suceden en la extracción o depósitos de pólvora en los almacenes del sitio de las canteras para la provisión y desembarco de este género en los navíos de guerra a causa de la natural mala disposición de las orillas de aquel paraje”, explica cómo se realizaba el municionamiento: los barriles de pólvora negra, de unos 46 kilogramos cada uno, se transportaban a hombros desde los almacenes hasta las lanchas fondeadas a escasa distancia de Punta Cantera. Es decir, se introducían hasta la cintura en el agua, y en esas circunstancias el riesgo de resbalar “por la lama que la mar deja en las piedras que hay en la Punta” era enorme. De hecho con frecuencia hombres y barriles caían al agua. Si se optaba por evitar las piedras, se atascaban en el fondo fangoso, de manera que de una forma u otra se perdían muchos barriles en cada provisión. En bajamar el recorrido que tenían que hacer los hombres, cargados con los barriles, para llegar a los lanchones, era mayor, y el riesgo de resbalar aumentaba.

Así las cosas, encontraron que la mejor manera para evitar tantas caídas era “...varando la embarcación en pleamar y esperando la bajamar para la faena”. De ese modo las lanchas quedaban más cerca del terreno seco. Ciertamente del todo “no se evita el arriesgado piso, y aunque el barril no se moje a veces se desfonda o suelta los aros, y se desperdicia la pólvora”. Había menos pérdidas por caídas, pero los barriles depositados en las lanchas quedaban expuestos a temporales y lluvias hasta la siguiente pleamar, que sumado a la simple humedad ambiental de una noche de espera, atrasaba mucho la provisión de los buques de guerra. El documento finalizaba enumerando las ventajas de construir el muelle proyectado porque “con él resulta favorable poderse embarcar y desembarcar en un día, y a cualquier hora, la pólvora, aunque sea de una Armada; ahorro en su conducción a los almacenes, o de estos a las embarcaciones; seguridad en los barriles, y para mayor, se podrán disponer pequeños carretones donde nada sufren; evitar el riesgo en las embarcaciones cargadas, que varadas suelen lastimarse en las piedras, y lo demás que se evidencia...”

Villena proyectó para ello un muelle de 5 metros de ancho y 175 de largo, en cuyo extremo se construiría un baluarte poligonal, capaz de contener los barriles de dos lanchones, y susceptible de artillarse en tiempos de guerra. El embarque de los barriles se haría desde las escalinatas del baluarte, y el piso estaría formado por una torta de argamasón fino con el suficiente lomo “para favorecer el derrame de las aguas”. Todas las piedras exteriores serían labradas convenientemente, adheridas con mortero hidráulico y con las uniones selladas con zulaque (mortero formado por cal, aceite, estopa y escorias o vidrios rotos, propia para obras hidraúlicas). La construcción estuvo presupuestada en 131.293 reales de vellón.

Enterado el rey, el propio Marqués de la Ensenada, de puño y letra, anotó en el expediente: “Todo esto se enviará a don Jorge Juan para que pase a Cádiz, examine esto, y si se ve preciso se haga el muelle que se proyecta”. Es decir, la decisión final para construir el Espigón de Punta Cantera estuvo en manos de don Jorge Juan y Santacilia, ilustre marino y científico de notable prestigio internacional. Finalmente, el proyecto de Villena, posiblemente por dificultades económicas, durmió durante un cuarto de siglo, y lo que se construyó sólo fue una versión simplificada.

Aún así, lo que hoy podemos admirar es un bello espigón en rampa descendente que parte de la fortaleza y se adentra en la mar, enfilando directamente el Puntal de Cádiz. Sin duda, una solución económica para facilitar el aprovisionamiento de los buques en un litoral tan tendido como el del interior de la bahía. En los bordes de la construcción se utilizaron sillares machihembrados, labrados en roca ostionera, para dar mejor trabazón a una obra batida por las mareas.

La superficie del Espigón a duras penas sigue siendo un empedrado de lascas colocadas verticalmente sobre una capa de zahorra, alineadas y adheridas con mortero de cal. Forman cuadrículas rectangulares ligeramente inclinadas y con una hilera central de lascas maestras. Los romanos ya construían así, y es una buena disposición para drenar el agua, y evitar charcos permanentes cuando las mareas se retiran, detalle de la máxima importancia puesto que la humedad es fatal para la pólvora negra que se transportaba. En el costado derecho, a unos 25 metros de tierra firme, se construyó un apeadero en rampa.

Y así quedó preparado para ser uno de los dos apostaderos de las FLOTAS DE SUTILES (cañoneras, obuseras y todo tipo de embarcaciones pequeñas y artilladas) que apoyaron los ataques y defensas durante el cerco francés de 1810/12. Estuvo mandada por el almirante don Cayetano Valdés, insigne marino enterrado en el Panteón de Marinos Ilustres. Desde aquí partían las lanchas para apoya cualquier eventualidad en el rosario de baterías que rodeaban la Isla de León.

A mitad del siglo XIX, según relata Pascual Madoz, el atracadero de Caño Herrera, tradicionalmente usado para el transporte de viajeros en el entorno de la Bahía, no podía utilizarse en bajamar “a causa de la obstrucción en que se halla... por la arenas y cienos movedizos que arrastran las mareas y el abandono con que se mira su indispensable limpia”. Por eso se utilizó el Espigón que, aunque ya estaba muy deteriorado para los menesteres de la pólvora, sí era de utilidad para el transporte de personas en bajamar. Y así fue languideciendo poco a poco. Finalmente llegó el ferrocarril y el automóvil, y las provisiones de pólvora y otras municiones se hicieron al margen de viejo Espigón. Entonces lo olvidamos.

MURALLAS DE PUNTA CANTERA

Entre 1777 y 1789 se construyó el baluarte que defendía los polvorines y que, convenientemente artillado, resguardaba el posible ataque enemigo a la Carraca. Son lienzos sobre un zócalo de sillares de roca ostionera, unidos con mortero de cal e intersticios zulacados (el zulaque era una pasta de cal, estopa, vidrio molido, aceite de linaza y agua) y enchinadas con pequeños guijarros del mismo tamaño y color. Con una cuidada terminación. Los lienzos del Suroeste están jalonados por cinco desagües de piedra con forma de medios cañones.

Con esta configuración llegó el año 1808, y justo en el extremo de la Punta, la más adelantada en la bahía, se instaló una batería de morteros cónicos que bombardeó a la escuadra de Rosilly, y que las andanadas francesas destruyeron. Y allí mismo se construyó en 1810 una fortificación artillada que se llamó Reducto Inglés nº 22. Los 200 soldados ingleses y portugueses que se alojaron en uno de los polvorines originales (el que hoy no existe), serían la fuerza de choque que se opondría a los franceses si atacaban la costa oeste de la Isla de León. Y no sólo eso, el Espigón de Punta Cantera (y el Embarcadero de Fadricas) se convirtió en un apostadero de lanchas sutiles artilladas que disuadieron cualquier intento de invasión francesa por este lado. Más tarde, esta misma batería contribuyó decisivamente con sus andanadas a que triunfara la causa liberal en 1820 (iniciada por Riego, Quiroga y López Baños). Y años más tarde, durante la Revolución Gloriosa de 1868, la guarnición de los Polvorines de Fadricas, formada por ocho infantes de marina y el subteniente que los mandaba, fue de las primeras que se sumaron para propagar el grito de libertad que iniciara el Almirante Topete cuando sublevó la flota anclada en Cádiz en septiembre de 1868, y que finalizó con la proclamación de la Constitución de 1869. Desde entonces la Marina de Guerra, cada día más compleja, necesitó ampliar sus instalaciones. Pero al mismo tiempo la ciudad crecía a su alrededor, hasta que la presión urbana hizo insostenible la presencia de polvorines en mitad de la bahía. Finalmente, el siglo XXI amaneció con los viejos Almacenes para la Pólvora de Su Majestad vacíos de municiones y también vacíos de historia.

Hoy sabemos que para recuperar el patrimonio histórico, no es suficiente reconstruir muros o apuntalar cúpulas, es decir, no es suficiente amparar el patrimonio material, es indispensable, además, recuperar ese otro patrimonio intangible que proporciona significado a las piedras desnudas. El patrimonio intangible es la conciencia de un territorio, lo que lo hace inteligible. Recuperándolo, nos hablarán las piedras y, lo que es mejor, las entenderemos.

Ateneo
Miguel Angel López (servidor), Ignacio Moreno (presidente del Ateneo)
y Francisco Glicerio Conde Mora (presidente de AIGAD)

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