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El muelle para la pólvora de Su Majestad

Sitio que nombran de las fadricas, 1751

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Espigón de Punta Cantera

Miguel Ángel López Moreno
Diario de Cádiz, 11 Noviembre 2001

Al joven Debreuille lo convirtieron en soldado. Tal vez un buen día lo sacaron de su casa, allá por la campiña francesa, le dieron un uniforme, un fusil y una bayoneta, y a las órdenes del duque de Angulema, futuro rey Carlos X de Francia, atravesó la península ibérica en una imparable marcha militar. Ese paseo triunfal se detuvo en el Puente Zuazo, frente a la ciudad que ya se conocía como San Fernando. Puede que no lo supiera, pero el soldado Debreuille fue uno de los Cien Mil Hijos de San Luís que devolvieron el poder absoluto a Fernando VII.

Debreuille 1825

Cuando se rindieron los defensores de la Constitución de 1812, el joven Debreuille debió formar parte de las tropas que custodiaban los Almacenes de Pólvora de la Marina, en Fadricas, y una calurosa tarde de agosto, mientras montaba guardia en la rampa de bajada al Espigón de Punta Cantera, sacó su bayoneta y nos dejó su recuerdo: DEBREUILLE 7 AOUT 1824. Ciento setenta y siete años más tarde hemos descubierto su cuidada caligrafía en ese trozo de pared... pared que podríamos convertir en un significativo monumento que recuerde el lustro de ocupación francesa de la Isla (1823/28). La rampa que utilizó Debreuille, que comunica la orilla del mar con la elevación donde se sitúan los polvorines, se construyó a principios de 1731 para facilitar el trasiego de los barriles pólvora entre los Almacenes recién estrenados y la orilla. Desde entonces la ciudad de Cádiz se liberó del enorme riesgo que representaba el tránsito continuo de pólvora entre el puerto y los almacenes situados por entonces en las inmediaciones del Campo Santo. Ese trasiego se trasladó a Punta Cantera, en la Isla de León, cerca de la Casería de Fadricas, el importante núcleo comercial e industrial que fue surgiendo en su costa oeste. El peligro desapareció de Cádiz, pero a costa de empeorar las condiciones de trabajo de los artilleros y la maestranza civil en la Isla, porque al final de la rampa no existía ningún muelle que facilitara las cosas. Por otro lado, el Embarcadero de Fadricas, que existía desde finales del siglo XVII en la cala próxima, para embarcar las aguadas y demás provisiones, por obvias razones, nunca se utilizó para esos peligrosos menesteres.

Para solucionar esta situación, el Comisario General de la Artillería de Marina, don Joachim Manuel de Villena, el 9 de agosto de 1751, envía al Marqués de la Ensenada, Secretario de Estado, Hacienda, Guerra, Marina e Indias con Fernando VI, un completo estudio que justificaba la construcción de un muelle en Punta Cantera, que habría de utilizarse exclusivamente en el embarco/desembarco de pólvora para los navíos de su majestad. En uno de los documentos explicaba los “Inconvenientes, atrasos y perjuicios que suceden en la extracción o depósitos de pólvora en los almacenes del sitio de las canteras para la provisión y desembarco de este género en los navíos de guerra a causa de la natural mala disposición de las orillas de aquel paraje”. En él explica cómo se realizaba el “municionamiento”: los barriles de pólvora negra, de unos 46 kilogramos cada uno, se transportaban a hombros desde los almacenes hasta las lanchas fondeadas a escasa distancia de Punta Cantera. Es decir, se introducían hasta la cintura en el agua, y en esas circunstancias el riesgo de resbalar “por la lama que la mar deja en las piedras que hay en la Punta” era enorme. De hecho con frecuencia hombres y barriles caían al agua. Si se optaba por evitar las piedras, se atascaban en el fondo fangoso, de manera que de una forma u otra se perdían muchos barriles en cada provisión. En bajamar el recorrido que tenían que hacer los hombres, cargados con los barriles, para llegar a los lanchones, era mayor, y el riesgo de resbalar aumentaba.

Así las cosas, encontraron que la mejor manera para evitar tantas caídas era “...varando la embarcación en pleamar; y esperando la bajamar para la faena”. De ese modo las lanchas quedaban más cerca del terreno seco. Ciertamente del todo “no se evita el arriesgado piso, y aunque el barril no se moje a veces se desfonda o suelta los aros, y se desperdicia la pólvora”. Había menos pérdidas por caídas, pero los barriles depositados en las lanchas quedaban expuestos a temporales y lluvias hasta la siguiente pleamar, que sumado a una noche de espera, atrasaba mucho la provisión de los buques de guerra. El documento finalizaba enumerando las ventajas de construir el muelle proyectado porque “con él resulta favorable poderse embarcar y desembarcar en un día, y a cualquier hora, la pólvora, aunque sea de una Armada; ahorro en su conducción a los almacenes, o de estos a las embarcaciones; seguridad en los barriles, y para mayor, se podrán disponer pequeños carretones donde nada sufren; evitar el riesgo en las embarcaciones cargadas, que varadas suelen lastimarse en las piedras, y lo demás que se evidencia...”

Villena proyectó para ello un muelle de 5 metros de ancho y 175 de largo, en cuyo extremo se construiría un baluarte poligonal, capaz de contener los barriles de dos lanchones, y susceptible de artillarse en tiempos de guerra. El embarque de los barriles se haría desde las escalinatas del baluarte, y el piso estaría formado por una torta de argamazón fino con el suficiente lomo “para favorecer el derrame de las aguas”. Todas las piedras exteriores serían labradas convenientemente, adheridas con mortero hidráulico y con las uniones selladas con zulaque (mortero formado por cal, aceite, estopa y escorias o vidrios rotos, propia para obras hidraúlicas). La construcción estuvo presupuestada en 131.293 reales de vellón.

Espigón de Punta Cantera

Enterado el rey, el propio Marqués de la Ensenada, de puño y letra, anotó en el expediente: “Todo esto se enviará a don Jorge Juan para que pase a Cádiz, examine esto, y si se ve preciso se haga el muelle que se proyecta”. Es decir, la decisión final para construir el Espigón de Punta Cantera estuvo en manos de don Jorge Juan y Santacilia, ilustre marino y científico que por esos años desarrolló una desbordante labor. Participó con Antonio de Ulloa en la medición de un grado de latitud en Quito; proyectó y dirigió las obras de los arsenales de El Ferrol y Cartagena; recorrió costas y levantó planos para ejecutar obras de infraestructuras en dársenas y astilleros; viajó a Londres para estudiar nuevos métodos de construcción naval, etc. En 1751, cuando se le encarga el informe sobre el Espigón de Punta Cantera, fundó el Observatorio Astronómico de Cádiz, que actualmente se ubica en San Fernando. Y poco después, en 1755, fundó en su casa gaditana la Asamblea Amistosa Literaria, una academia científica precursora de la que se trataba de fundar en Madrid. Jorge Juan fue un ilustrado de notable prestigio internacional.

Con tanto trabajo pendiente, se entiende que tardara dos años en realizar un informe favorable sobre el Espigón, y cuando el 22 de mayo de 1753 lo envió al marqués de la Ensenada, aconsejaba que el baluarte fuese rectangular en lugar de poligonal, con la idea de dar mejor abrigo a las lanchas en caso de mala mar, sólo eso cambió de la idea original. Sin embargo el proyecto de Villena, posiblemente por dificultades económicas, durmió durante un cuarto de siglo, y lo que finalmente se construyó sólo fue una versión simplificada.

Aún así, lo que hoy podemos admirar es un bello espigón en rampa descendente que parte de la fortaleza y se adentra en la mar, enfilando directamente el Puntal de Cádiz. En los bordes de la construcción se utilizaron sillares machihembrados, labrados en roca ostionera, para dar mejor trabazón a una obra batida por las mareas. En pleamar se cubre la parte más baja y el atraque se realizaba en la zona cercana a la fortaleza (posiblemente construida al mismo tiempo que el Espigón y que se conserva intacta); por el contrario, en bajamar sólo era utilizable el extremo más alejado de tierra firme. De esa manera quedaba asegurada la utilidad del Espigón en cualquier momento mareal. Sin duda, una solución económica para facilitar el aprovisionamiento de los buques en un litoral tan tendido como el del interior de la bahía.

La superficie del Espigón a duras penas sigue siendo un empedrado de lascas colocadas verticalmente sobre una capa de zahorra, alineadas y adheridas con mortero de cal. Forman cuadrículas rectangulares ligeramente inclinadas y con una hilera central de lascas maestras. Los romanos ya construían así, y es una buena disposición para drenar el agua, y evitar charcos permanentes cuando las mareas se retiran, detalle de la máxima importancia puesto que la humedad es fatal para la pólvora negra que se transportaba. En el costado derecho, a unos 25 metros de tierra firme, se construyó un apeadero en rampa. Y así quedó preparado para ser uno de los dos apostaderos de las “Flotas de Sutiles” (cañoneras, obuseras y todo tipo de embarcaciones pequeñas y artilladas) que apoyaron los ataques y defensas durante el cerco francés de 1810/12. Estuvo mandada por el almirante don Cayetano Valdés, insigne marino enterrado en el Panteón de Marinos Ilustres. Desde aquí partían las lanchas para proveer de pólvora y municiones a los puestos avanzados y entre sus piedras murió el alférez de navío don José Álvarez de Sotomayor, el 2 de Junio de 1811.

Espigón de Punta Cantera

A mitad del siglo XIX, según relata Pascual Madoz, el atracadero de Caño Herrera, tradicionalmente usado para el transporte de viajeros en el entorno de la Bahía, no podía utilizarse en bajamar “a causa de la obstrucción en que se halla... por la arenas y cienos movedizos que arrastran las mareas y el abandono con que se mira su indispensable limpia” (siglo y medio más tarde seguimos en las mismas). Por eso se utilizó el Espigón que, aunque ya estaba muy deteriorado para los menesteres de la pólvora, sí era de utilidad para el transporte de personas en bajamar. Y así fue languideciendo poco a poco. Finalmente llegó el ferrocarril y el automóvil, y las provisiones de pólvora y otras municiones se hicieron al margen de viejo Espigón. Entonces lo olvidamos.

Hoy día el Espigón de Punta Cantera resiste a duras penas los empellones de la pleamar. Sus bellos sillares van quedando esparcidos en el fango de la bahía. La mar lo va descarnando, pacientemente, en un intento de recuperar su lugar...

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