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Nunca sabes dónde acabarán tus huesos

Miguel Ángel López Moreno
Un artículo incluído en
"Güichi, Ultramarinos y otras historias..."

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Portada Guichi

Pues no, nunca sabes dónde vas a dar con tus huesos. Puedes hacer planes, pero es la vida la que te lleva de un sitio a otro… No sé, me parece que no está mal dar unos cuantos tumbos por aquí y por allá antes de recalar en puerto. Posiblemente porque así se aprecia mejor donde acabas… y, sobre todo, porque terminas comprendiendo que nadie —por muy convencido que crea estar— vive en el ombligo del mundo. Es una lección de humildad y es también una buena forma de mantener entelequias a las que acercarse.
Te haces niño en una calle empinada de una ciudad pequeña. Luego las rodillas se te llenan de costrones en los empedrados de un barrio y te enamoras de una niña que vive en la esquina. Entonces la vida te lleva, por ejemplo, desde el Sur hasta Cataluña, ese extraño país en el que los jovencitos como tú no estudiaban, trabajaban, y cada uno se pagaba su consumición. ¡Qué gente más rara! Luego rulas por Marruecos, te abraza Sevilla… ¡oh, Sevilla y aquella chiquilla de ojos risueños que cantaba canciones de Agua Viva por Santa Cruz!

Pero entonces te llama la Patria… diecinueve meses en la Carraca, de azul, con Lepanto, cuando aún no teníamos Constitución y había que jurar las Leyes Fundamentales del Reino. Bueno… ya sabemos que la vida te mece a su antojo. Y sin buscarlo me tuteló un sargento, que el primer día de cuartel me llevó a una esquina y me dijo: Mira, tú y yo nos podemos ayudar. Tú le das clases particulares a mis hijos y yo te quito las guardias y te escaqueo los fines de semana. ¿Hace?… ¡Lo que usted diga, don Juan! Faltaría más.

Pero tengo que reconocerlo: la Isla era un sitio feo a rabiar. Seguramente son pocos los pelones que guarden buen recuerdo de San Fernando. Sin embargo… ¿cómo explicar la fascinación que poco a poco te empapa? ¿Cuál es el proceso por el que acabas amando un lugar? ¿Cómo es que ahora encuentras la belleza cuando antes pasabas de largo sin verla? ¿Será esto real o es una especie de síndrome de Estocolmo?

…seguramente ocurre lo más sencillo: que te mimetizas con el pueblo y con la gente que cada día te ofrece una oportunidad. Y la vida se te llena con los pequeños y sencillos momentos vividos en la vieja Isla de León. Esos momentos son los que te enamoran…

Metía el hocico bajo la sábana y me lamía la mano. Así me despertaba Trufo a las seis de la mañana. Lo malo era que no distinguía sábados y domingos… hoy lo he tenido que llamar. Ya hace tiempo que lo tengo que llamar. No protesta, pero sale de la cesta con dificultad. Debe ser la cadera, que la artrosis le está fastidiando. Y baja la escalera con la cabeza un poco agachada, como humillada por el tiempo. Y en la cama tibia queda ella, seguro que nos ha escuchado, pero no se mueve. Es como una crisálida…

A las seis de la mañana es noche cerrada en San Fernando. Llueve y no hay gatos en el Manchón, entre Torrealta y Neptuno… pero, aunque los hubiera, hace tiempo que Trufo los respeta. La verdad es que nunca ha sabido muy bien qué hacer con ellos. Eran enemigos, vale… pero, ¿qué se hace con los enemigos? No, no creo que lo haya tenido claro. Y ahora, simplemente, se miran desde lejos. Tu por ahí, yo por aquí, y tengamos la fiesta en paz…

Y hemos usado un paraguas grande y robusto. Da gusto pasear bajo un paraguas y escuchar las gotas sobre la tela, es como sentirse cobijado y arropado en el regazo de tu madre. A Trufo no le importa mojarse, ni pisar los charcos (como él no friega el suelo…), pero yo los evito y voy dando saltitos cuando conviene. Y cuando termina me mira como diciendo por mí, cuando quieras… Pero no tengo prisas.

Últimamente me levanto con tiempo suficiente. Creo que estoy empezando a contemplar el tiempo, que es como verlo pasar por delante mientras el mundo discurre sus locuras. Pero, no sé… es una madrugada de otoño, en San Fernando, una pequeña ciudad del Sur de España; llueve y paseo con mi viejo compañero bajo un robusto paraguas, y mientras vadeo un charco imagino a mi compañera de la vida arropada como una crisálida en nuestra cama… y a pesar del frío que se cuela por el cuello, a pesar de la de cosas malas que pasan por ahí afuera, creo que la vida merece la pena. Estoy seguro.

Casa La Titi se asienta sobre una antigua batería de cañones que apuntaban a los franceses. Es un bar-chiringuito un poco cutre —no sé, tal vez por eso mismo resulte tan encantador para los amigos de más allá del Puente Zuazo—. Cierra la playa de la Casería, a orillas de la bahía. Hace un sol tibio de último día de invierno, y una leve brisa trae el aroma de orilla en retirada. Dos gaviotas se disputan en la arena una lisa plateada. Las demás chillan o ríen, no sé… me acabo de dar cuenta de que no sé cómo se llama el sonido que hacen las gaviotas, pero es ese que suena cada vez que en una peli sale una pareja paseando por la orilla de cualquier playa.

Yo creo que las gaviotas que no pillan pez están un poco frustradas. Y cuando las dominantes se desentienden del cadáver, las demás se arriman… pero es entonces cuando a la más antipática se le ocurre que la lisa sigue siendo suya y las vuelve a echar. Debe ser porque la naturaleza es así de dura.

En la mesa del extremo, dos chicas la mar de monas se amartelan ajenas a la gente. Me llega un retazo de conversación: ¡Qué desperdicio, oye! Los tíos somos así de tontos y tendemos a pensar eso. Seguro que es por el ramalazo machista que todavía nos corroe por dentro. Hace un tiempo pasaban estas mismas cosas, que dos chicas estuvieran estupendamente solas, pero no nos dábamos cuenta de nada porque era inconcebible…
A pocos metros, un niño juega en la orilla y cada vez se moja más. La madre le ha quitado la ropa y lleva la colita al aire. Un gato grandote y mansurrón se acerca por entre las mesas y se arrima a mis pantorrillas. El puñetero gato conoce perfectamente la técnica y me convence… acaba jipato de cabezas de boquerones fritos, que es lo que se suele comer en Casa La Titi. Pero es muy sibarita el gato, me desprecia el trocito de calamar que le ofrezco… debe ser porque cuando está a boquerones, está a boquerones.
…poco a poco la cerveza se va calentando. Y escucho a los amigos cada vez más lejos. Los ojos entrecerrados… parece que al final las gaviotas dominantes han comido lo suficiente y dejan que las demás acaben con el pez; luego se marchan a otra orilla…

Ya son casi las seis de la tarde y la calle Mazarredo sigue desierta. Sólo una señora con delantal barre el trozo de calle que le corresponde. Antes, cuando lo del servicio de limpieza era cosa del futuro, era muy frecuente que cada vecina se encargara de mantener decente su trozo de acera. La barrían y la baldeaban con el agua de fregar el piso de la casa (a veces le añadían zotal)… No sé, tal y como están las cosas, lo mismo volvemos a esas prácticas comunales de solidaridad …hombre, claro, si entre todas tenemos esto como los chorros del oro. Porque, tampoco nos vamos a engañar, a pesar de todos los avances hacia la igualdad de género, barrer el trozo de calle sería asunto de todas, no de todos… que me conozco yo el percal.

Una joven tocada con gorrito de azafata sale de un portal con dintel de roca ostionera, que es una roca que parece garrapiñada de conchas del pleistoceno. Es la roca que hay por este sur y por eso todas las casapuertas de la Isla de León están hechas con esta roca —“casapuerta”, que palabra más entrañable y única—. Es muy guapa la joven porque tiene unos ojillos achinados y una sonrisa encantadora, ¡y eso que no le sonrió a servidor!

¡Ay, Paqui! —dice la señora del delantal desde mitad de la calle— Que me lo ha contado Carmela. ¿Cómo están? La chica del gorrito se lo explica también en voz alta… Mu bien, mu bien, señora Manuela. Todo ha ido estupendo-estupendo. No sé en otros lugares, pero aquí, cuando uno quiere hacer un superlativo repite el calificativo dos veces; si se repite tres es que la cosa es realmente extraordinaria. Parece que ha debido nacer un bebé… lo que no logro es averiguar si es humano o cánido. Pero da igual, ¿no?

La chica del gorrito lleva una capa azul, como de caperucita, pero azul marino… y, como estoy jartito de ver escaparates buscando no sé qué cosa, decido seguirla; me da igual donde vaya. Las tiendas empiezan a abrir lentamente. Los negocios tradicionales, con dueños que arrastran caras de resignación. En las franquicias, las persianas las suben jóvenes muy arregladitas y maquilladas, pero con caras de pocos amigos. Y todos parecen cansados antes de empezar la jornada de tarde.

Donde había una tienda de ordenadores hay un “Compro oro al mejor precio”; una inmobiliaria está cerrada; han cambiado y ampliado una óptica; algunos bazares de todo a 100, que después fueron “Todo a 3 y 5 €”, se llaman ahora “Euro10”… ya apenas quedan tiendas de chicucos. Frente a la Iglesia Mayor hay tres castillos de aire; los padres, con caras serias y vigilantes; los niños no paran de saltar… pero, me parece a mí, saltan sin demasiada convicción, como si fuera una obligación estar alegres. No, no los veo ilusionados… tal vez porque los niños ya no se sorprenden de nada. ¡No sé qué voy a hacer con mi futura nieta! Lo mismo ni se inmuta cuando le saque el cubo rojo con los dinosaurios de su padre...

Mejor sigo detrás de la caperucita azul, que por lo menos se ríe… ¡Ostras! ¿Donde está Paqui? ¿Dónde se ha metido esta niña?

Pues eso, los cientos de pequeños momentos que te enraízan a un lugar, San Fernando, la vieja Isla de León. Vengas de donde vengas, seas de donde seas, esos momentos sentidos aquí te envuelven y acabas entendiendo y amando la tierra, su historia y su gente, a pesar de las contradicciones.


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