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Pelucho y el aroma de las higueras

Miguel Ángel López Moreno
Un artículo incluído en
"Mi Princesa Rett. Antología para el estudio del Síndrome de Rett" / Multiverso, 2016

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Pelucho

Las higueras tenían entonces un aroma dulzón y denso. Olían a verano y a desfile de hormigas por el tronco. La savia era lechosa y pegajosa, y las ramas se partían con facilidad.

Hoy me ha llegado un ramalazo de higuera madura y he retrocedido 53 años en un instante. Era el mismo aroma que flotaba en el huerto del tío Asensio, al fondo, y seguro que fue lo último que debió oler el pobre Pelucho. Recuerdo que al atardecer de ese día le bajé un hueso del cocido —le gustaba lamerlos lentamente antes de enterrarlos en cualquier sitio del huerto— y le rellené su lata de agua. Apenas movió el rabo cuando me reconoció y casi no levantó la cabeza. No podía. Ya no tenía fuerzas y estaba ciego. De alguna forma supe que iba a morir esa noche. Le acaricié la cabeza y el lomo, y traté de pensar en otra cosa. ¡Pobre Pelucho! Mi padre lo debió enterrar allí mismo, en el huerto del tío Asensio, al fondo, junto a la higuera que daba brevas de miel.

En 1960 mi padre era un joven de treinta y siete años que usaba una Vespa para ir a los dos o tres trabajos que tenía. Salía por la mañana, regresaba para comer y volvía a marcharse hasta la caída del sol. Eso es lo que hacían casi todos los padres de Villajovita, ese pequeño barrio de Ceuta, la antigua ciudad española del norte de África. Y por las noches tampoco descansaba, salía a buscar hierbas para los conejos que criaba en un recodo del huerto del tío Asensio. Eran conejos grandes que nos comíamos en su momento y Pascual, el zapatero que vivía enfrente, hacía zambombas y panderos con las pieles curtidas.

Mi padre traía todos los días tres chuscos cuarteleros de la panadería militar, que era donde trabajaba de administrativo, y ese era el pan que comíamos en casa. De vez en cuando aparecía con boniatos que horneaban después de cocer los chuscos… eran boniatos enormes, requemados, que rezumaban almíbar por los recovecos. Nunca los he vuelto a comer así de buenos.

Como también era el cajero del Club de Futbol Atlético de Ceuta, los domingos, después del partido llevaba a casa la recaudación de la taquilla y esparcía aquella enorme cantidad de dinero en la mesa del comedor. Me encantaba ver la rapidez que tenía para contar los billetes y hacer paquetitos. Yo le ayudada haciendo montoncitos con las monedas de dos reales, las del agujero en el centro. Mi padre construyó en el patio un retrete como Dios manda, y nos fabricó una precaria ducha. También consiguió un bidón de gasoil para convertirlo en depósito de agua porque en aquellos años siempre había una gran escasez en Ceuta. Y para evitar que crecieran larvas de mosquito pintó el interior con varias capas de cal… pero, aún así, crecían las puñeteras.

Un día llegó con un cachorrito que encontró abandonado junto a la panadería militar. Una bolita de pelos que lamía mis dedos. Era una mezcla indeterminada de razas, pero daba igual. Le puse Pelucho y fue mi primer amigo fiel…

El aroma dulzón de las higueras me lo ha recordado. Sí, posiblemente mi padre lo enterró al pie de la higuera del tío Asensio. Ha pasado medio siglo desde entonces, desde que mi padre tenía que trabajar en tres lugares para sacar adelante a su familia, y aún así, a pesar de todo su esfuerzo, vivíamos en el umbral de la dignidad…

…parece que el tiempo ha pasado en balde.

 


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