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Siempre estamos llegando

Miguel Ángel López Moreno
Publicado en el Faro de Ceuta, 25 Junio de 2008

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Ceuta se nos acaba pronto. A un lado las olas, y al otro una frontera. Las fronteras son inventos y no se ven desde lo alto... pero pinchan y sirven para separar. Cuando miramos a los hombres del otro lado no hay gran diferencia... pero cuando nos marchamos de Ceuta, cuando dejamos el viejo barrio de la niñez, nunca atravesamos la frontera del sur, no. Nuestra singladura viró al norte.


Ceuta es lo que tiene, que la dejamos atrás... abandonada al fondo de una estela de espuma y pavanas. Pero, nos guste o no, la mantenemos hilvanada en el corazón.

Ceuta tan lejos tan cerca

No se si hay más caballas fuera o dentro. Servidor fue uno de los de fuera, y se me olvidó Ceuta casi instantáneamente. Durante cuarenta años fue un recuerdo evitable que apenas despertaba sentimientos. La vida era demasiado intensa como para pensar en el pasado... ni siquiera existían momentos para imaginar un futuro porque el presente exigía más. Hubo que hacer muchas cosas en ese tiempo; trabajar, viajar, encontrar a la princesa, descubrir a los hijos, leer, mirar cómo discurría el mundo, escuchar a los amigos... y tal vez percibir por última vez la sabiduría de tu padre. Hubo que crecer… o decrecer, ¿quién sabe?

Pero la vida es sorprendente. Siempre nos deja con las patas colgando y la boca abierta... porque después de cuarenta años de olvido, cuando ya los hijos se han ido y en lo profesional apenas queda algo por conseguir, ahora, ya más serenos, es cuando volvemos la vista atrás y uno descubre que el barrio sigue pegado en la piel. Sí, sí... hablo de Villajovita, ese barrio de la niñez, con calles de barro y de cantos rodados, el que comenzaba en las murallas merinidas y terminaba en un barranco que caía hasta el arroyo Bacalao, ese.

Y la sorpresa es mayúscula cuando abrazo ahora al robusto guardia civil y resulta que es Manolito. Y el capitán de infantería que me da un cogotazo resulta que es el Cibolilla... y aquel grandullón que me tiene comido el corazón resulta ser el Vareíta; y el senador es Pepito (¡Pepito senador!) Y con el tío ese, Paquito, el del bigote, ese que parece tan serio y que hacía cuarenta años que no veía, con ese puedo estar hablando por teléfono media hora... y riendo. Y ese artista socarrón de pelo blanco es Lorente ¡joder, con Pepito Lorente!; y mi Chechita no para de abrazarme... y aquel que era tan chico y tan malísimo, el Aquilinín, es una delicia de tío. Y tantos niños cincuentones... tantos. Pues ahí están, pegados a la piel, y sin ganas de ducharme, no se me vayan a caer.

¿Y Angeli? ¿Qué me decís de Angeli? La puñetera niña sigue tan guapísima como entonces, aunque sea abuela. Y menos mal que Maribelita recuerda como una broma aquella proposición deshonesta (…lo que ella no sabe es que iba en serio). ¡Lo que me he reído con Mariquita cuando se enteró que la vigilábamos a través de la cerradura de su puerta! Y las niñas invisibles, las que tenían diez años cuando nosotros quince, ¡madre mía!, ¡cómo se las ve ahora! A todas amé un poquito, a todas... y a todas quiero ahora.

Sí, la vida es sorprendente. Un lugar tan minúsculo como Villajovita ¿cómo puñetas ocupa tanto en el corazón? ¿Cómo...? No podíamos imaginar que compartir recuerdos fuera tan gratificante... aquellos niños y niñas de los años cincuenta y sesenta, los que corríamos por las calles de Villajovita, compartimos ahora una memoria común. Y eso es estupendo.

Sí, Ceuta es lo que tiene, que la dejamos atrás... abandonada al fondo de una estela de espuma y pavanas. Pero, ¡no se cómo!, siempre acabamos llegando...