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Los asuntillos de un homo sapiens venido a menos y acostumbrao

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Sin alternativas

Miguel Ángel López Moreno
Publicado en Diario de Cádiz en 1997

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El homo sapiens es una especie territorial y agresiva. Reconoce como iguales a los de su tribu y es capaz de rechazar violentamente a los extraños. Este es un comportamiento largamente ensayado con éxito a lo largo de su historia como especie. Desgraciadamente, el éxito evolutivo del hombre no habría existido sin esa agresividad que nos caracteriza y que nos hace tener una catadura moral mínima.

Sin embargo es muy difícil pensar en el éxito evolutivo de los hombres cuando vemos a los Hutus cortando las cabezas de los Tutsis, o a mujeres y niños de Sierra Leona con sus brazos colgando del cuello... ¿está el éxito evolutivo en las torturas y desapariciones de Argentina o Chile? ¿Cómo han evolucionado los etarras que asesinaron a Miguel Ángel Blanco? ¿El serbio Milosevic está más evolucionado que los albaneses de Kosovo?

3000 millones de años de evolución nos ha modelado de una forma muy concreta y no de otra. No podemos negar la condición genética que nos ha llevado hasta esta (¿?) altura evolutiva. Sin agresividad no seríamos hombres y la hemos usado a destajo, para todo y en cualquier lugar. ¿Por qué extrañarnos ahora cuando bombardeamos Yugoslavia o Irak?

En un somero repaso a la historia comprobamos que no se construyen naciones, reinos o imperios sin agresión, que cualquier impulso civilizador utiliza agresiones culturales y violencia física. Se observa que todos los procesos evangelizadores son violencias psíquicas y físicas. Que hay guerras en todos los periodos históricos; que cualquier revolución es una antítesis violenta a lo establecido, que se convierte, a su vez, en nueva tesis merecedora de otra revolución... y así parece ser desde que se inició el primer texto.

A pesar de todo, nos gustaría pensar que el hombre es capaz de sobreponer una pizca de cordura a sus genes, es decir, capaz de imponerse a sí mismo, racional y consensuadamente, una cultura de tolerancia en la que comprendamos que nuestras convicciones no pueden imponerse como verdades a nadie, que toda persona es digna de respeto... pero esa sería una imposición generadora de otra violencia. Desgraciadamente los hechos dicen que basta con que un grupo alcance la autoconciencia de ser distinto y mejor que otros grupos para que tengamos el germen de un nuevo conflicto. Por eso es de mentes pequeñitas fomentar artificialmente los nacionalismos excluyentes que pretenden diferenciarse de otros grupos humanos mediante símbolos, ritos, una historia (aunque sea inventada) y una ideología capaz de justificar cualquier acto por bárbaro que nos parezca. Estoy hablando de sentimientos tribales como el vasco o el español, el serbio o el kosovar, el católico o el musulmán, en suma, estoy hablando de las etiquetas que nos diferencian unos de otros y que a veces, nos hacen pensar que somos mejores por el hecho de llevarla, cuando la única etiqueta que deberíamos defender es la de pertenecer a la misma especie y al mismo planeta.

Afortunadamente hay ejemplos que confirman la excepción... Buda, Ghandi, Teresa de Calcuta... Pero ¿cuanto tiempo asistirán impasibles a la tortura refinada de un niño? Posiblemente hasta ellos, hasta el más racional de los pacifistas, puestos en situaciones extremas, aceptaría que la violencia es un recurso útil y justificado contra la barbarie. Son nuestros genes. No tenemos alternativa.