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PRÓLOGO
de La Noche Trágica de Cádiz
José Antonio Aparico Florido

ISBN: 978-84-92717-00-2
José Antonio Aparicio Florido
Edita la Diputación Provincial de Cádiz, 2009

Prólogo en PDF / Hipótesis Nc

Portada libro Aparicio

1947
El infierno visitó la Tacita de Plata


"La grandeza de los crímenes borrará
la vergüenza de haberlos cometido"
Nicolás Maquiavelo


El tiempo lima la aspereza de los hechos. Dicen los que saben de estos asuntos que los hombres hemos desarrollado un recuerdo positivo de las cosas, de manera que al final conseguimos construir un pasado llevadero, sin aristas cortantes, que nos permite vivir. Y debe ser cierto porque hasta el más feroz de los hechos acaba incrustado y asumido en el substrato mullido que va conformando la vida. Seguramente es un buen recurso para sobrevivir... No sé, me gusta pensar que los seres humanos tenemos una condición que, nos pongamos como nos pongamos, nos hace buenos. Y esta forma de asumir las
tragedias, olvidar el rencor y los deseos de venganza, es parte del proceso que
proporciona esperanzas para el género humano...

...sin embargo, esta misma idea esperanzadora, en boca de Maquiavelo suena a desastre, a claudicación, a no tenemos remedio. Suena a sigamos haciéndolo sin remordimientos porque al final todo se olvida...

"La grandeza de los crímenes borrará la vergüenza de haberlos cometido"

Triste. Es el eterno vaivén de los hombres. El alfa y el omega que convive con nosotros.
Pues para ejemplo de tragedia asumida por el tiempo, encapsulada en la vida, pero nunca olvidada, podemos pensar en la Explosión del 47 en Cádiz. Ese día de agosto el infierno visito la Tacita de Plata... y dejó un recuerdo imperecedero en todas las personas que lo vivieron. Unos porque lo sufrieron en su carne, en su retina, en sus tímpanos —y conste que no me refiero a la luz roja, ni al trueno de la explosión que llego hasta Ceuta, me refiero a la visión de cuerpos troceados y a los gritos de terror y angustia—, otros, más jóvenes, porque padres y abuelos lo han contado cien veces, todas ellas con seriedad, y siempre como algo a flor de piel... Todos, unos y otros, siguieron la vida con el trauma firmemente imbricado en la existencia, y nunca olvidado.
Este libro de José Antonio Aparicio explica la Explosión en su totalidad, definitivamente. Lo hace con la distancia emocional que dan los años transcurridos, y lo explica sin acritud porque en este caso, el tiempo sí ha limado las asperezas. Por eso, permitidme decir abiertamente lo que el autor expone con claridad pero con sumo cuidado en este libro.

Lo hace así porque ha elegido permanecer como un observador al margen de su obra; como un director que deja hablar a los hechos configurados como palabras grabadas a
fuego en el recuerdo; o como documentos irrefutables escritos en el preciso momento en que ocurrieron. Y aconteció que el 26 de octubre de 1950, más de dos años después de que el infierno visitara la Tacita de Plata, por fin habló la justicia. Dijo el juez en su auto que "no apareciendo debidamente comprobada la perpetración de delito alguno… el Auditor es de dictamen que procede acordar el sobreseimiento provisional de esta Causa…"

Bien. Es indispensable todo intento de objetividad en el historiador, pero el prologuista no está sujeto a esta servidumbre, por eso dejadme decir sin cortapisas -y, ciertamente, con acritud medida- lo que bulle por la cabeza de muchos desde que habló la justicia:

Que al fin y al cabo, tuvo que existir un hombre, aprendiz mediocre de Maquiavelo, que decidió un día, con o sin el menor escrúpulo moral, que se almacenaran en Cádiz más de mil enormes bombas. Que esa decisión inicial provocó la Explosión de Cádiz de 1947, que fue causa de ciento cuarenta y siete muertos e incontables heridos. Y que, finalmente, ese hombre, responsable de la tragedia, vivió en libertad el resto de su vida.
Seguramente debió ser uno de esos hombres que suelen aparecer después de ganar una guerra a bombazo limpio, y después de anular a cientos o miles de hombres que profesaban otro pensamiento. Posiblemente luciría fino bigotito debajo de la nariz, al uso por ese tiempo; y posiblemente luciría un uniforme victorioso. Tal vez fuese hombre de los que con una gorra se creían dueños del cortijo, y lo eran, ¡válgame Dios!, ¡claro que lo eran!, que hasta decidió almacenar toneladas de alto explosivo en mitad de un barrio gaditano y todos obedecieron al instante porque para eso se había ganado una guerra, para mandar y ser obedecidos sin replicar. Sí, este hombre debió ser un aprendiz
mediocre de Maquiavelo instalado en mitad de un régimen totalitario… que
para colmo acabó siendo un homicida y, seguramente, sin dejar de ser buen
esposo, padre y abuelo.

El juez no encontró responsables. Ni siquiera hubo causa porque no se pudo probar la existencia de delito. Pero el hecho de almacenar bombas en un simple taller mecánico a escasos metros de casas habitadas es una decisión humana, y consentir tal hecho es otra decisión humana; y detrás de cada decisión existe la voluntad de uno o varios hombres. Y esta decisión tuvo unas consecuencias trágicas. Aquí ya no valen intervenciones divinas o cadenas de obediencias para justificar lo injustificable. El progreso o retroceso de la historia depende a la postre de la acción de algún hombre ¡y más nos vale que el bagaje moral de este individuo se ajuste a lo básicamente humano! Pero no fue este el caso que nos ocupa, el hipotético émulo de Maquiavelo, fue un ser
amoral que antepuso intereses espurios al valor supremo de salvaguardar la
vida de los ciudadanos... ¡porque eso fue lo que hizo!

- ¡Claro, hombre! Es que tal vez no fueran ciudadanos, sino obedientes súbditos al servicio de una patria... la del mequetrefe, por supuesto-.

Por eso envidó con la vida de las personas; porque tal vez fuese un ser incapaz de sentir empatía, de sentir lo que el otro siente.

Lo de después, o sea, la Explosión, fue una consecuencia inevitable. Podía pasar y ocurrió. Los militares que el destino puso junto a las bombas hicieron lo que pudieron, es decir, obedecer y poco más. Contaron las minas, las cargas de profundidad y los torpedos; los clasificaron por tipos, los dispusieron en milimétrica fila, barrieron el almacén, montaron su vigilancia… incluso explicaron una y otra vez a sus superiores el peligro que suponía mantener este polvorín en este preciso lugar. Luego murieron esperando nuevas órdenes. Porque también murieron.

Los muertos en la Explosión y los que quedaron mutilados de por vida la noche del 18 de agosto de 1947, necesitan saber por qué pasó lo que pasó. Por qué ese hipotético mediocre aprendiz de Maquiavelo ordenó almacenar cientos de toneladas de alto explosivo en Cádiz, sin las mínimas medidas de protección, rodeado de casas, de niños y de gente empobrecida por una guerra que ganó la fuerza bruta, como casi siempre. Sí, los muertos merecen eso, saber por qué. Por eso existe este libro, para explicarlo y para recordar los últimos momentos de muchas de las víctimas, todas inocentes, por cierto.

El trabajo de José Antonio Aparicio Florido explica, con la amenidad de una novela y con el rigor de un notario, la estrategia y la logística que llevaron las bombas a un barrio de Cádiz. Lo hace detalladamente, para que los muertos sepan que ni siquiera fue la inconcebible imprudencia de un gobierno lo que les mató, que fue una especie de innoble Razón de Estado que los relegó a una posición secundaria. Y lo explica el autor en un perfecto ejercicio de equilibrio y ecuanimidad, sin el menor asomo de revancha. El libro de Aparicio es una necesidad histórica, está hecho para y por las víctimas, y se nutre fundamentalmente de su recuerdo y de fuentes coetáneas e inéditas hasta el
momento. Es un abrazo postrero a todas las víctimas, directas e indirectas. El trabajo de investigación que ha seguido el autor en esta línea ha sido apabullante. Y, sobre todo, llama poderosamente la atención el rocambolesco juego de lógica que Aparicio ha seguido para localizar las circunstancias de cada víctima, hurgando en un laberinto de pistas cruzadas y a veces contradictorias. Gracias a este asombroso ejercicio, hoy, todas ellas descansan perfectamente identificadas y localizadas.

Se ha escrito mucho sobre la Explosión. Y se ha especulado también demasiado. Este libro es el primero que bucea directamente en las fuentes primarias para detallar milimétricamente qué había en el Almacén nº 1 de la Base de Defensas Submarina de Cádiz el 18 de Agosto de 1947. Y lo hace basándose en documentos inéditos e intocados desde hacía seis décadas. Me consta la difícil labor investigadora de Aparicio para vencer la suspicacia que asoma cuando un extraño entra en la intimidad de un pasado que muchos prefieren olvidar. Y me consta su minuciosidad para contrastar el menor detalle. A partir de este libro los viejos sentimientos que emanan de la Explosión cristalizan por fin en hechos fiables; los números que definen las circunstancias de la Explosión dejan de bailar; las minas, las cargas de profundidad y hasta los explosivos tienen nombre y apellidos bien definidos. Y de este exhaustivo conocimiento surge, como una fruta madura, la explicación más realista sobre el origen de la tragedia. La hipótesis Nc (teoría de la nitrocelulosa) es una explicación novedosa y, me atrevería a decir, definitiva; que no utiliza condicionales complejos o imposibles, ni se basa en supuestos azarosos que confluyan en la primigenia explosión.

La comisión técnica de la Armada que investigó las causas concluyó que "…la explosión debió ser provocada por una causa inicial probablemente ajena a los explosivos, aunque no pudiendo asegurarlo por la procedencia extranjera de los mismos."

La Teoría de la Nitrocelulosa, diametralmente en contra de esta conclusión, determina que la explosión es precisamente consecuencia de la propia naturaleza de un material explosivo que sí pudo determinarse con precisión -si Aparicio lo ha encontrado sesenta años después, con más razón podría haberse conocido en su momento-, y de la nevitable condición humana.

El libro de José Antonio Aparicio Florido aporta tal cantidad de nuevos datos que las consecuencias caen por sí solas para despejar las últimas dudas sobre la identificación de las víctimas; para desmontar fantasías y teorías injustificadas; para poner en evidencia maniobras que desviaron las responsabilidades y, finalmente, para explicar el origen de la desgracia. Sin duda, es el libro definitivo sobre la Explosión de Cádiz.

Miguel Ángel López Moreno
http://www.milan2.es
Isla de León
Septiembre de 2008