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Los asuntillos de un hombre venido a menos y acostumbrado

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El feliz mocoso

Miguel Ángel López Moreno, 1989

Me asomé a la terraza recién acristalada. Tres pisos más abajo, desde el jardín público, me observó con descaro un joven como de 15 añitos. Era el primero de la Movida Nocturna de ese viernes. Seguramente pensó que era una tristeza dejar escapar la vida desde esa oscura ventana, que era más vivificante experimentar la libertad de la calle un viernes por la noche. Si, seguro que sabría ejercitar esa libertad. Bebió un largo trago de su litrona sin dejar de mirarme burlonamente. Noté que le satisfacía provocarme y hacerlo le hacia sentir irresistiblemente rebelde. Esa, la rebeldía, debía ser una de sus señas de identidad. En realidad no me molestó que usara sus rituales para ser joven, lo que me dolió fue que me usara para autoafirmarse. Yo representaba algo que él repudiaba, una especie de viejo sin aspiraciones, al que mejor compadecer.

Dejé de mirarle y me senté en el flamante sillón de mimbre, especialmente comprado para la terraza. Observé el dedo anular de mi mano izquierda. Traté de doblarlo y, como de costumbre, no lo conseguí porque un policía vestido de gris me lo rompió fríamente un día de abril de 1975. Desde entonces anda el pobre dedo un poco tieso. Esa jornada conmemorábamos el primer aniversario de la Revolución de los Claveles, la que derrocó la dictadura de Salazar­Caetano en Portugal. Cuando los policías se acercaron a la sentada con todo su armamento antidisturbios les lanzamos nuestros claveles a modo de bienvenida. Uno de los policías, corpulento él, de gran mostacho y mirada divertida, de un manotazo me quitó el clavel y, seguidamente, me enganchó la mano izquierda. Luego me miró a los ojos y dobló el dedo anular hasta pegarlo al dorso de la mano. Le dio igual sentir el crujido, creo que al contrario de lo que uno pueda pensar, a aquel individuo le gustó sentir como lo fracturaba y no hacer caso a mis súplicas. Así de simple, me rompió el dedo con una impunidad que aún me asombra. Y, ya digo, desde entonces tengo mi querido dedo anular izquierdo inhiesto.

Ese día protestábamos por la falta de libertades en España. El ejemplo de Portugal era muy gratificante para nosotros. Sabíamos que el régimen de Franco no nos representaba y que no existía más camino que la subversión y la protesta continuada para que cayera como una fruta madura. Cada uno de nosotros –tan jóvenes como el de la litrona- tenía conciencia de estar luchando por una causa histórica muy clara. Estábamos viviendo un tiempo apasionante justo con veinte años. Eso era muy importante para mí. No bebíamos litros de cerveza tumbados en un banco público, aportábamos granitos de arena, minúsculos si se quiere, para construir un futuro régimen de libertades.

Posiblemente el día que aquella bestia me rompió el dedo, ese chico de la litrona ni existía en proyectos de nadie. Y hoy les retransmitimos en directo sus manifestaciones de protesta porque no les dejan lugares de Movida Nocturna. Los pobrecitos se frustran con facilidad cuando ven mermadas sus libertades... pues, mira, en el fondo me gusta que solo tengan esos motivos de protesta, mi dedo roto e inhiesto sirvió de algo.

Me levanté de nuevo y me asomé al jardín. Allí seguía el joven con su litrona. La levantó en un brindis hacia mí como para provocarme. Le sonreí mientras le devolvía el saludo con la palma de mi mano izquierda abierta hacia él. Luego, lentamente fui cerrando los dedos hasta que quedó el anular, inhiesto hacia el cielo. Debió pensar que le dedicaba un gesto obsceno y que por fin me había provocado. Entonces acentuó el saludo con la litrona y se echo la otra mano a sus testiculitos.

¡Qué feliz era el mocoso!


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