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La religión discriminante

Miguel Ángel López Moreno, Nov 1993

LOS MOTIVOS DE LAS REFLEXIONES QUE SIGUEN
A comienzos del curso escolar 93/94, después de completar y ajustar todos los horarios de todos los cursos de las Escuelas de Enseñanza Primaria y E.G.B., desde la Consejería de Educación y Ciencia de la Junta de Andalucía, se ordenó a los directores de Colegios Públicos de la misma que ampliaran el horario de la asignatura de religión en media hora semanal. Nadie en este país dijo una sola palabra. Ni en los periódicos, ni en las radios, ni en las televisiones, ni en las Asociaciones de Padres, ni en los Consejos Escolares... ¡en este país los obispos rapiñan impunemente media hora de educación a todos los colegiales y nadie dice nada! En este país se puede criticar la política que siguen unos u otros, se puede criticar a los sindicatos, a las amas de casa, a los empresarios, a los árbitros, a los futbolistas... a cualquiera, pero nadie es capaz de expresar un simple comentario sobre la rapiña educativa que hacen los obispos. Este hecho provocó que reflexionara de nuevo sobre la jodienda que representan los catolicistas y a iniciar, con la cobertura de la A.P.A. una serie de iniciativas (preguntas al Consejo Escolar Municipal, Defensores del Pueblo del Estado y de Andalucía, carta al director del Diario de Cádiz...) y un enfrentamiento dialéctico con gente de la Junta Directiva de la A.P.A. Lo que sigue es consecuencia de estos motivos.

REFLEXIONES DESPUES DE UN MOSQUEO PORQUE MI HIJO NO QUIERE DEJAR DE ASISTIR A CLASES DE RELIGION PORQUE LO SEPARAN DE SUS COMPAÑEROS Y LO ESTAN ADOCTRINANDO CON COSAS QUE YO NO QUIERO PORQUE CUANDO PASE EL TIEMPO VA A VER A SU PADRE COMO UN PERSONAJE PINTORESCO Y RARO

El ejercicio de la reflexión es sano. Cuestionar y criticar aquellas actitudes que nos llevan a la reflexión es un ejercicio lícito y estimulante.

Cuando el objeto de la reflexión es la presencia de la religión católica en nuestra sociedad, su influencia y las consecuencias que ello trae, entonces el ejercicio de la crítica puede tornarse incómodo cuando se expresa abiertamente... pero debe hacerse porque, afortunadamente, en este país YA existen cauces civilizados para hacerlo.

Se puede y SE DEBE CRITICAR a la jerarquía catolicista por su tradicional y obsesiva ingerencia en los asuntos de estado, pero al margen -por encima- del estado. Es muy frecuente escuchar a dirigentes catolicistas, tanto de base como de la cúspide jerárquica, hacer llamamientos para que los cristianos, como tales, y con independencia de otras adscripciones, se comprometan en el cambio social que propugna una jerarquía de poder real que se instala al margen teórico de cualquier compromiso político. Y esto lo hacen obviando que existen cauces democráticos para hacer política en este país.

La práctica política debe estar al margen de la obediencia ciega que es inherente al Magisterio de la Iglesia ("La obediencia es base de todo conocimiento"). La jerarquía catolicista no es una organización democrática y, en cuanto a esa condición, la influencia que tiene en la política de cualquier país organizado democráticamente debería ser considerada nefasta. Nada que objetar, por otra parte, sobre la influencia en el comportamiento político de los ciudadanos que se sienten católicos y que han comprendido que la obediencia que exige la jerarquía catolicista no debe dirigir su conciencia como servidor público.

Se puede APELAR A LA FALTA DE RAZONABILIDAD que esgrimen los creyentes cuando invariablemente defienden sus posturas no con argumentos, sino con la propia existencia de una situación que quieren mantener. Ejemplo: "Siempre se ha enseñado religión en la escuela. ¿Cómo se va a quitar?".

Y se puede APELAR A LA FALTA DE RAZÓN cuando basan sus cuestiones vitales en premisas falsas. Premisas que solo son frases que, repetidas hasta la saciedad, se transforman en verdades inapelables sobre las que se puede construir un corsé intelectual completamente al margen del análisis racional. Ejemplo: Cualquier dogma de fe católico, ya sea revelado o ya sea votado mayoritariamente en concilio.

HAY QUE SORPRENDERSE cuando la fe es capaz de hacer llevadera y feliz una existencia plagada de desgracias. Queda uno sorprendido observando personas con situaciones muy complejas que, con el auxilio de la fe que ponen en Cristo y en la otra vida, son capaces de sentir alegría y tener fuerzas para salir adelante. Es la doctrina de la resignación llevada a extremos crueles (en la otra vida tendremos la recompensa), es jugar con la voluntad de los hombres para convertirlos en peleles en manos de fuerzas incontrolables, incomprensibles e inalcanzables. Quien fomente la resignación religiosa está formando esclavos felices, perfectamente felices, pero seres humanos sin voluntad. Quien basa la necesidad de creencias religiosas en los efectos placebos que conlleva está planteando la religión como un perfecto neuroinhibidor, o como una buena endorfina... y eso ya existe en farmacia.

NO ES DISCUTIBLE la experiencia supuestamente mística. Cualquiera es libre de explicar una experiencia personal emotiva y sensibilizadora utilizando componentes místicos o componentes racionales. Ambas explicaciones, tanto la mística como la racional, parten de experiencias que son HECHOS REALES. Lo que distingue al creyente del no creyente son los argumentos que usamos para explicarla. Por eso, usar una o mil experiencias místicas no son argumentos para justificar existencias divinas o comportamientos religiosos de obligado cumplimiento.

La experiencia "mística" de un lama tibetano es explicada (diría que "racionalizada") en función de los parámetros culturales que posee, NO OTROS. Su experiencia no puede ser asumida en claves cristianas porque no son esas las claves de su corsé intelectual ni cultural. Por eso, la experiencia mística, que son el punto de partida de muchos creyentes, es una mera especulación sustentada en los parámetros que han aprendido durante años de adoctrinamiento cultural que comienza en la familia cristiana, continúa en una escuela -que aún hoy adoctrina con impunidad-, y es arropada por una sociedad heredera de una tradición catolicista y que mayoritariamente no es consciente de la manipulación a la que es sometida.

ES PATÉTICO COMPROBAR con qué fuerza se imprimen los parámetros no racionales (religiosos) que van conformando la envoltura cultural en los pequeños. Al poco tiempo, con siete años ya, el adoctrinamiento de un niño educado en la tradición católica, es tal que es prácticamente imposible (y contraproducente) disuadirle de sus dogmas. Posiblemente los padres no sabemos o no podemos eludir con facilidad esta situación. Influyen factores que pueden perjudicar al niño (discriminación en la escuela, el "niño que no hace la 1ª comunión", etc.) y que determinan que los padres se dejen llevar por lo que hay, por lo de siempre... y así mantenemos la tradición, aunque sea mejorable.

ESTE ADOCTRINAMIENTO CULTURAL NOS IMPIDE generalmente pensar con otros parámetros que no sean los de la educación católica. Escapar de ello es consecuencia de un análisis reflexivo... Si el niño, con el tiempo, escapa reflexivamente del corsé intelectual impuesto podrá explicar sus experiencias emocionales sin la intervención de dioses. Habrá surgido entonces un hombre liberado. De ahí el pavor que siente la jerarquía catolicista ante la posibilidad de perder su influencia en la familia y en la escuela, porque son las instituciones donde ejerce su poder de manera más indeleble y mezquina.

EL REARME MORAL que la sociedad propugna no debería estar capitaneado por quienes intentan imponer una única moral. Los creyentes y la jerarquía catolicista están obligados a mantener que fuera de la fe se es infeliz. Afirmar lo contrario (SE PUEDE SER FELIZ FUERA DE CRISTO) no es consecuente porque es negar su esencia. De esta afirmación se desprende la necesidad de evangelización, es decir, la necesidad de hacer proselitismo por encima y con desprecio de otras consideraciones vitales. El impulso evangelizador del catolicismo implica -al menos- que le resulta difícil identificar comportamientos éticos fuera de su moral y su ética. Esta concepción de la realidad se basa en la certeza absoluta que tienen los cristianos de la existencia, asistencia y mandatos de su dios. Las certezas absolutas pueden dar lugar a concepciones absolutistas de la realidad y a ideologías que no se someten a la autocrítica de quienes la sustentan. Estas ideologías derivan en un sistema de valores estancos e inmunes a cualquier evolución. Es decir, manda cojones que el rearme moral sea monopolizado por catolicistas pertinaces.


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