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Los asuntillos de un hombre venido a menos y acostumbrado

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Inicio > Relatos y cuentos > El Árbol

El Árbol
Miguel Ángel López Moreno, 1985

I

Millones de años empleó la naturaleza para que cada ser sea único e irrepetible. Ensayó infinidad de caminos, la mayoría equivocados, para alcanzar la posible meta… hasta que encontró al Árbol, su perfección.

El hombre se despertó con un terrible dolor de riñones. Se estaba haciendo viejo. Se enfundó unos pantalones gruesos y dio una palmada en el trasero de su mujer:

- El café, María. Que ya despunta el sol.

Con el torso desnudo se acercó al pozo y lanzó el cubo. Este año el nivel de agua estaba bajísimo, sufrían una sequía pertinaz, la cosecha sería esmirriada y ya veía la hambruna detrás del cerro. Y para colmo de males, los riñones empezaban a resentirse todos los días.

- “Si esta cochina guerra no se hubiese llevado a los muchachos… nos ha dejado jodidos. Sí, señor, bien jodidos”

Mientras María preparaba el puchero de café Manolo afiló la hoz en la piedra y dio la vuelta a la casa para orinar donde las vacas. No reparó en el arbusto hasta que fue tarde.

Algo se enredó entre sus pies y cayó al suelo lanzando una maldición. Antes de sentir cualquier dolor ya notó la presencia extraña y mortalmente fría del huésped. Un miedo atroz, un pánico ancestral se apoderó de él hasta dejarlo paralizado e incapaz de articular cualquier sonido. Las finísimas agujas penetraron en sus piernas hasta fundirse con los capilares más pequeños y colapsar las sinapsis nerviosas. En poco tiempo el hombre y el Árbol formaron una única red sensitiva.

El hombre notó cómo la conciencia del ente se apoderaba de la suya, pausada, pero inconteniblemente…

La presencia fría y viscosa atenazó finalmente el cerebro de aquel animal. Absorbió todo su contenido, su inteligencia, sus filias y sus fobias. Aprendió en una fracción de segundo. Supo que sólo era una porción infinitesimal de la luz que podría cobrar su propia conciencia. Desde ese momento vio con ojos humanos. El mundo dejo de ser una borrosa cuadrícula de insecto. El Árbol comenzó a entender el tiempo, y a planear en el tiempo.

Asimiló la materia orgánica de aquel animal tan especial y creció dos metros. Nunca antes fue tan consciente de su poder…

II

- ¡El café se enfría, Manolo!.- gritó María a través de la puerta abierta. Cuando, pasados unos minutos, no apareció, empezó a enojarse. Le hacía levantar temprano para tomarse el café helado. No estaba dispuesta a consentirlo.

- ¡Es la última vez que me levantas a estas horas! ¿Me oyes?.- Protestó de nuevo. Pero a su enojo siguió una punzada de miedo: no le oía trastear en el corral. Se asomó a la puerta y le llamó visiblemente preocupada.

En ese momento, el hombre y el Árbol sentían a la vez. Manuel, con un atisbo de conciencia propia, proporciono la imagen y las sensaciones. Y el Árbol absorbía el complejo entramado de sentimientos del hombre sobre María… y deseó poseerla,  integrarla y asumirla en su propia entidad.

María bordeó la casa en dirección a donde las vacas. Si vio al Árbol no prestó atención en un primer momento… sólo cuando escuchó el crepitar de ramas levantó la cabeza para quedar paralizada de horror.

A media altura colgaba el espeluznante y nauseabundo fruto. Todavía reconocible la cabeza del hombre. Sin párpados, los ojos ensangrentados en un grito mudo, en una mirada de infinita angustia. Innumerable filamentos, a modo de venas gruesas y vivas, se introducían y bajo la piel y buscaban deformando las facciones de Manuel.

En un postrer destello de voluntad, se abrió la cavernosa boca y el fruto lanzó su patético aviso:

- ¡¡Noooooo!!

Pero era tarde. Dos afiladísimas agujas verdes habían perforado los ojos de María…

III

Una absurda guerra, como todas, asoló el país de costa a costa. Se despoblaron los campos y se perdieron las tierras de labor.

Fue una larga posguerra para todos. El hambre, la tiranía de los vencedores, la tristeza del vencido, la vileza de todos… y,  a pesar de todo, el hombre es capaz de olvidar y esa es su grandeza y su desgracia.

Y olvidaron que en mitad del páramo vivió esa pareja de ancianos. Sus hijos murieron en la guerra defendiendo causas incomprensibles para ellos, y la vieja casa quedó rodeada de un bosque…

El Árbol comprendió pronto que no podía crecer en altura indefinidamente. Las mentes de Manuel y María no imaginaban otra cosa que no fuesen pequeños árboles. Comprendió que la supervivencia dependería de sí mismo porque había vencido al azar.

Se extendió bajo tierra formando un amplio entramado de raíces para rebrotar aquí y allá. Asimiló los animales que encontraba, aunque no le reportaran más luz a su conciencia. Rodeó la casa, desprendió parte de sus hojas para dar un aire de normalidad al paraje, adoptó las formas arbóreas  que la conciencia de Manuel y María encontraba agradables, y esperó. La trampa estaba preparada. Tenía todo el tiempo del mundo y era maravilloso crecer…

IV

- ¿Quién vivirá en este sitio? Ven, vamos a entrar.
- No. Me da un poco de repelús… está esto demasiado silencioso. ¡Y no se oyen pájaros!
- No seas tonta. Esto resulta emocionante… hasta la mesa está puesta.
- Parece que se vaya a caer todo… mejor nos quedamos aquí, bajo el árbol. ¿No vienes…?

No pudo resistir la voz insinuante de la chica. Tomó su mano y un agradable cosquilleo recorrió su cuerpo. El lugar era verdaderamente idílico. La carretera quedaba lejos, no se veía un alma y el único sonido era el rumor de las ramas mecidas por la brisa. Se tumbaron en la hierba y se besaron suavemente.

- ¿Sabes que te quiero?
- Sí. Lo sé. ¿Tú sabes que te deseo?
- También lo sé.
- Que lista estás hoy. Bésame y calla…

Se besaron con más intensidad. El mundo parecía girar vertiginosamente a su alrededor y, lentamente se fundieron en un íntimo abrazo. Ninguno de los dos se percató del brote que germinaba cerca de ellos.

El Árbol atesoraba las impresiones eróticas de Manuel. El Árbol necesitaba sentirlas. Un recuerdo tan determinante y tan vívido debía ser fundamental para estas entidades inferiores. ¿Cómo y por qué ocurría ese placer?

Sólo un levísimo roce notó el chico… pero finísimos filamentos se abrían camino a través de su sistema nervioso hasta llegar, envolver y conectar con todas las neuronas de su encéfalo. Una despiadada y negra fealdad ocupó su conciencia de inmediato… colapsó de sangre el miembro hasta doblar su volumen y aceleró el ritmo de sus acometidas.

La chica forcejeó inútilmente para separarse de su abrazo, pero fue inútil. El chico la atenazaba fuertemente mientras se convulsionaba hasta el paroxismo. Los ojos desorbitados parecían que iban a estallar… y al mismo tiempo gritaban una súplica… de su boca abierta, buscando oxígeno, salió un desgarrado y gutural rugido:

- ¡¡Veteeeeee!!

Ese fue su último destello de conciencia. El Árbol lo controlaba hasta llevarlo a un agónico orgasmo… Súbitamente se detuvo. Los ojos desorbitados por el miedo miraron a la chica. La boca de él se abrió hasta desencajar la mandíbula y la lengua se proyectó en un repugnante filamento viscoso y frío que se introdujo firmemente en la garganta de la chica.

V

La conciencia acumulada de millones de hombres, con sus astucias, sus inteligencias, sus múltiples conocimientos y habilidades, hizo del Árbol un ser inconmensurable, grandioso y ubicuo porque llegó a ocupar toda la tierra. Un ser indulgente y bondadoso cuando  perdona la vida de cualquier entidad inferior que no le proporciona grandeza…

La tierra era un vergel. El Árbol lo abarcaba todo, lo conocía todo y pudo aprender por sí solo. Entonces fue consciente de su soledad por primera vez y por eso dejó a dos hombres en el paraíso y les dijo:

“He hecho nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista y bueno para comer; también el árbol de la vida en medio del edén, y el árbol de la ciencia del bien y del mal. De todos ellos podréis comer, más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás…”

Jugaba ahora a ser Dios


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