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Los asuntillos de un hombre venido a menos y acostumbrado

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Inicio > Relatos y cuentos > El Arca

El Arca
Miguel Ángel López Moreno, 1989

Lo he mandado a varios concursos... pero no lo encuentran apropiado.
Seguro que tienen razón.


I

"Hubo un tiempo, hijo mío, hace ya muchos años, cuando mi abuelo era tan joven como tú, en el que los hombres fueron tan numerosos que no se podían contar. Los había por millones y millones... Un millón era una cantidad tan grande que los dedos de las manos de todos los Únicos Hombres sólo darían una pequeña parte de él. Si, Aquellos Hombres eran tan numerosos como estúpidos."

"Había tantos que tuvieron que construir sus casas unas encima de otras; aglomeradas en lugares que llamaron ciudades... pero allí era difícil ver las estrellas y olvidaron cerrar los ojos y soñar. Caminaban cabizbajos mirando un suelo en el que no crecía la hierba porque lo cubrieron de asfalto y cemento... debajo permanecía la pradera y la playa, pero también lo olvidaron”.

"Si, ya sé que todo es extraño para ti, pero así hablaba mi abuelo, siempre recordando aquellos viejos tiempos... pero no preguntes demasiado, hijo, no sabría responder. A mi no me gustaba escucharle porque los demás decían de él que era "El Ultimo", y eso sonaba a insulto”

"A pesar de mi falta de interés, insistía en que yo debía ser la próxima semilla y quería enseñarme un rito que él llamaba "Contar y Leer"... usaba signos extraños en la arena, pero, desgraciadamente, he comprendido las cosas muy tarde... si, hijo mío, he comprendido las cosas demasiado tarde y ya soy débil para oponerme a ellas. Solo te pido que me escuches ahora y lo transmitas a tus hijos para que nunca repitamos nosotros, los Únicos Hombres, las maldades de Aquellos Hombres."

"Y ahora, debes comer, hijo, porque soy viejo y me debo a ti."

El niño bajó la cabeza y comió en respetuoso silencio.

II

"Como dije, eran tantos que tuvieron que talar los bosques para poder hacer sus ciudades. Fue entonces cuando empezaron a plantar  árboles en las ciudades y los padres los enseñaban a sus hijos como preciosas reliquias. Y exterminaban a los animales, pero encerraban a los supervivientes como preciosas joyas. Aquellos Hombres destruían lo que tenían y añoraban lo que habían destruido. Solían hacer cosas peligrosas."

"Recuerdo que yo le hice la misma pregunta: ¿Si no tenían bosques que frutos comían? Pues bien, no eran tan estúpidos como parece. Ellos plantaban bosques enteros de frutales y praderas extensas de grano. También criaban animales para comer sus cadáveres. Luego repartían el alimento... pero eran egoístas y unos hombres morían de hambre mientras otros destruían lo que parecía sobrar."

"A pesar de lo absurdo, mi abuelo recordaba con lágrimas en los ojos todo aquello... muchas veces, cansado de mis preguntas, me echaba diciendo que era difícil que yo entendiera las cosas. Insistía en justificar la estupidez de Aquellos Hombres diciendo que eran tantos que resultó inevitable construir una sociedad complicada. Yo creo que los quería... y no lo entiendo.”

"Si, hijo, tan compleja, que inventaron muchas leyes. Tenían leyes para todo. Leyes que decían cuando y donde se podía pescar; leyes que prohibían recoger el fruto de un árbol, aunque tuvieras hambre; leyes que impedían a las personas negras estar entre blancos; leyes que prohibían entrar o salir de un país... había leyes que prohibían coger una flor o pisar la hierba. No te rías... ¿Que qué es una ley? Ley es lo que obliga al Sol a salir todas las mañanas, o al río a discurrir hacia el mar. Las leyes son caminos por donde vivir en libertad, son los cauces que existen desde el principio del tiempo y hacen que entendamos la vida... lo malo fue cuando Aquellos Hombres inventaron tortuosos caminos para que el capricho de unos pocos fuese obligación de todos... y olvidaron que no hay dos hombres con el mismo camino, como jamás existirán dos  árboles idénticos. Si... Aquellos Hombres inventaron leyes tortuosas porque desconfiaban unos de otros."

“...pero, ahora, hijo mío, debes comer...”

El niño bajó la cabeza y comió en respetuoso silencio.

III

"Los gobiernos, los hombres que mandaban, estaban para hacer cumplir las leyes y, así, Aquellos Hombres vivían cumpliéndolas y, a veces, los mataban por no querer acatarlas: eran los rebeldes. Un gobierno era bueno si hacía cumplir las leyes... y aún era mejor si inventaba muchas más. Para ello mantenían una gran reunión de ancianos, siempre pensando, para crear más y más leyes. De esa manera tuvieron leyes para todos y cada uno de los aspectos de su vida... y si descubrían, ocasionalmente, cualquier hueco que escapara al control legal, se desconcertaban y no cejaban en el empeño hasta someterlo a ley. Si, hijo mío, en lugar de educar, inventaban leyes para prohibir. Mi abuelo decía que, sobre todas ellas, las más nefastas eran las Leyes del Espíritu. Eran leyes que prohibían pensar libremente, que se introducían en el cuerpo y en la mente, y vigilaban noche y día, hasta en sueños. Contravenir una ley del Espíritu te condenaba a un castigo eterno y doloroso ...¡a pesar de lo cruel, jamás Aquellos Hombres se desligaron de ellas!"

"La vida quedó reglamentada. Vivían  prisioneros en una jaula, rodeados de leyes innecesarias que ya no eran caminos por los que discurrir en libertad, y por eso fueron completamente infelices. Eran como olas, baten la escollera, pero jamás alcanzan la colina. Aquellos Hombres se trataban con violencia y olvidaron que es mejor vivir la vida en paz... Llegaron a creer que la paz era una quimera y se recrearon en la guerra. En las guerras se mataban los hombres unos a otros... pero solo morían inocentes. A las guerras mandaban a los seres queridos para que mataran a los odiados... y cuando todos morían no quedaba nadie a quien amar u odiar, y se sentían más infelices aún... porque el hombre que no ama ni odia no es un verdadero hombre."

"A los muertos los abandonaban en el campo de batalla, o los sepultaban bajo tierra cuando podían. Las guerras, en fin, servían para muy poco, solo para que unos impusieran sus leyes sobre los otros, de manera que la mayoría de los hombres cambiaba de jaula, pero seguían prisioneros e infelices con leyes extrañas."

"Aquellos Hombres pusieron su empeño en fabricar armas cada vez más poderosas. Fueron capaces de inventar un sol que mataba a muchos pueblos de hombres a la vez; los quemaba como el rayo y todo quedaba negro. Y llegaron a tener tantas que fueron capaces de quemar todas las tierras conocidas. Se habían vuelto locos porque, cuando estuvieron dispuestos para matarse unos a otros, hasta el último hombre, decidieron que no podían exterminar la raza... y, como auténticos estúpidos, en vez de destruir las armas, crearon lo que llamaron El Arca".

"Escogieron una pareja de cada uno de los pueblos que llenaban la tierra. Entre ellos estaba mi abuelo. Los desnudaron por completo y los trajeron aquí, a esta tierra fértil aún, para que contemplaran la destrucción que sobrevino más tarde, y para repoblar la tierra desde nuestra desnudez e inocencia... eso hicimos hijo mío, crear un nuevo mundo, libre y sin leyes."

"Pero ahora me siento fatigado y queda mucho por contar. Come, anda, soy viejo y por eso me debo a ti."

El niño miró a su abuelo con profunda ternura en los ojos. Luego los bajó hacia la pierna del viejo y la mordió con ferocidad. Forcejeó un rato con la correosa carne hasta que logró arrancar el trozo. Se limpió la sangre del mentón y, mientras masticaba con fruición, comentó:

"Lo que no entiendo, abuelo, es por qué comían la carne de cadáveres cuando había tantos hombres vivos"

"¡Era su ley, hijo mío, era su ley!".- Se lamentó el viejo.


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