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Los asuntillos de un hombre venido a menos y acostumbrado

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Inicio > Relatos y cuentos > Kuta-Mo

Kuta-Mo
Miguel Ángel López Moreno, 1985

Kuta-Mo levantó los ojos y siguió el vuelo del pajarraco hasta que se perdió en la altura. El sol de medio día le cegó momentáneamente. Husmeó el aire intranquilo, algo extraño iba a pasar próximamente. No quedaban pájaros en el cielo y el perro, con el rabo entre las patas, no se separaba una cuarta de sus pies.

Asomó lentamente la cabeza por encima de un arbusto y escrutó largamente el valle. La manada se había concentrado en el centro, equidistante de las laderas. No divisó ninguna señal de peligro que él  conociera… sin embargo, los animales se removían inquietos, apiñados unos contra otros. Apretó con más fuerza el garrote y miró hacia atrás súbitamente, por encima del hombro. Nada.

Una cuña de temor, como un sordo hormigueo, le recorrió la espalda cuando el perro se acurrucó contra él y aulló lastimeramente delatando su posición. Lo alejó de una patada, pero el animal se obstinaba en regresar aullando. No entendía, el perro se estaba arriesgando a una brutal paliza, no sería la primera, y, aún así insistía en desobedecer.

Kuta-Mo olvidó la extraña sensación y concentró su furia en el fiel animal. Le costaba gran esfuerzo concentrarse en dos cosas a la vez y era mejor la paliza que tratar de comprender qué estaba pasando. Sin embargo no tuvo tiempo de hacer daño al perro, un profundo rumor, desconocido para él, lo paralizó de miedo.

Un gemido de dolor surgió de las entrañas de la tierra y la superficie se convulsionó en un frenético llanto de mujer. Cayó al suelo y tuvo que agarrase a los arbustos para no ser desplazado en el vaivén. Por las laderas del valle rodaban trozos de la montaña y hasta árboles enteros se quebraban en las sacudidas que la enojada tierra producía.

Haciendo acopio de su valor, Kuta-Mo logró levantarse y avanzó manteniendo un precario equilibrio hacia la cabecera del valle, donde moraba el resto de la tribu. Buscaba la seguridad de lo conocido… Pero la tierra, enfurecida como un gato salvaje, destruía todo su mundo para dejarlo como el rostro arrugado de una anciana. ¿Por qué? Se preguntó.

Alcanzó el sendero mientras el suelo seguía gimiendo y ondulándose como el agua de un río. El perro, en su afán de no distanciarse de su amo, le hizo caer y desde el suelo, Kuta-Mo le propinó un furioso garrotazo que rompió su espinazo y dejó al animal paralizado y aullando de dolor. En ese preciso momento todo se detuvo. La tierra se tranquilizó, las rocas acabaron de llegar al valle y las laderas se aquietaron; el rumor profundo se apagó. Desde el suelo, Kuta-Mo observó la renovada calma del valle.

Sólo el aullido del perro perforó el aire de nuevo, y en ese momento la tierra abrió su boca de rocas a solo cinco largos del hombre. Los labios afilados de la tierra se abrían con un crujido de hambre eterna.

Kuta-Mo lo entendió todo súbitamente. La Tierra, que le entregaba sus frutos cada verano, que le ofrecía el río, la piedra y la caza, tenía hambre… un hambre de siglos. Un apetito incontenible y demencial. Las aves habían desaparecido del cielo; la caza quedó en su guarida y la manada se apiño en el centro del valle para no ser elegidos… sólo el perro quedó a la vista y fue apetecido. Y él, Kuta-Mo, el hombre elegido para saciar el hambre de ELLA, la Madre Tierra.

Se levantó superando el temor que le producía el rugido contenido de la tierra, alzó el garrote y asestó un golpe seco que partió fácilmente el cráneo del animal. Porciones de sesos salpicaron la frente huidiza del hombre. Saboreó una gota de sangre y la encontró sabrosa para ELLA. Con el perro asido por el rabo se acercó a los labios abiertos y hambrientos de la tierra y lo arrojó a la profunda garganta de rocas. Cuando el cadáver tocó fondo, cesó el rumor y todo volvió a quedar en calma. ELLA, la Madre Tierra, había quedado satisfecha. Su hambre estaba saciada gracias a Kuta-Mo, el Elegido.

De pie, más erguido que antes, el Elegido lanzó un gutural gruñido que reverberó en las quebradas laderas del valle.


Y así fue cómo la tribu aceptó la decisión de la Madre: el Elegido de la Tierra dejó de cazar. Hubo que corregir los errores del pasado para evitar que ELLA volviese a sentir hambre y mostrar su cólera. Por eso Kuta-Mo, el Elegido, recibía las piezas de caza que la tribu ofrecía, y era el oficiante ante la boca abierta de la Madre. Y su renovada dignidad necesitó de las mejores y más mullidas pieles para cubrir su cuerpo. Y las más bellas vírgenes lo colmaron de atenciones durante los fríos inviernos. Y los mejores y más bellos abalorios adornaron su cuello. Y un elevado sitial lo desplazaba de un lugar a otro porque el Elegido no podía hollar la tierra como los demás mortales. Y un ejército de sacerdotes atendía su intendencia...

El Elegido es infalible y único intermediario. El Elegido es el que impone cordura, justicia y civilización, y el que ofrece a la tribu la conciencia única de pertenecer a una nación...

...como Dios manda.


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