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AGUSTÍN GONZÁLEZ MORALES
Publicaciones en la Revista General de Marina


Anecdotario marinero


NAVEGAR “A CUBOS”

En el viejo transporte de ataque “Galicia”, en junio de 1982, sucedieron muchas cosas durante aquel crucero de instrucción de fin de curso con los alumnos de la Escuela Naval Militar. El capitán de navío Hermenegildo Franco, con gran maestría, ya narró en estas mismas páginas [Revista General de Marina, Abril 2001, página 439. “Los foques de don Fausto”] como el Galicia, al mando del por entonces capitán de navío Fausto Escrigas, navegó “a vela”. Lo que voy a contar sucedió en el mismo crucero de instrucción. Y es que el Galicia no sólo navegó a vela, sino “a cubos”. Sí, a cubos.

El que esto escribe era guardiamarina de segundo del cuerpo de máquinas. Y mis guardias a bordo eran, claro, en el control de máquinas, al socaire del oficial que allí tenía su puesto, un teniente o un alférez. Y en aquella promoción de máquinas –la 33 y la última que hubo, aparte las de la reserva naval–, éramos sólo dos: Mongkol Sukondakehar y yo. Por el nombrecito se comprende que Mongkol no es español, sino tailandés. Todos le decíamos “el chino”, por su fisonomía, sus ojos rasgados y demás, se comprende. Yo, que estuve conviviendo con él durante cuatro años en la Escuela Naval, le llamaba “mi chino”. El posesivo se debe a que era el mío, porque había otros, pero no de mi promoción.

Y aquel día de junio de 1982 relevé a mi chino en el control de máquinas del Galicia. Al entrar de guardia, Monki (así le llamaba también, con este apelativo cariñoso, más fácil de pronunciar) me transmitió como novedad que una de las chumaceras de apoyo del eje de la hélice de babor se estaba calentando excesivamente. ¿Falta de lubricación o de refrigeración?, ¿una desalineación?, lo que sea que fuese la causa. La avería en sí no sería motivo suficiente para merecer ni un párrafo en estas páginas del “Anecdotario marinero”. Lo que realmente puede catalogarse como curiosidad es la solución de fortuna que permitió que siguiésemos navegando sin problemas durante varios días. No sólo la reparación de fortuna, sino el comentario de mi chino, y la cara de asombro de algunos que por allí pululaban. Ahí van:

Un cubo. Sí, un cubo de esos de toda la vida, de plástico, de unos quince litros de capacidad, como el de la fregona. Con un cubo por artilugio y el ingenio correspondiente, el Galicia navegó muchas millas. Un avispado suboficial mecánico realizó un taladro en la base del cubo convirtiéndolo, de esta guisa, en una especie de regadera. Lamento no recordar el nombre del ínclito suboficial. Amarró el asa del cubo al extremo de una filástica de un metro de longitud más o menos; una cuerda, una vulgar cuerda para mejor entendernos (permítaseme este pecado mortal consistente en llamar cuerda a un cabo. Mis brigadieres de entonces comprenderán que antes de envainar y correr al palo, en aras de la claridad, a veces es conveniente admitir que en la Armada existen más cuerdas que las del reloj. Ahora ni eso, me dirían, porque la cuerda del reloj se ha convertido en una reliquia venerable en este mundo del cuarzo y el chip). Sigo. Anudó el otro extremo de la cuerda a un soporte situado encima de la chumacera, el mismo que se empleaba para desmontarla. Cubrió la parte superior de la chumacera con dos mantas de marinero, de esas marrones con un par de rayas blancas, que picaban tanto que, si te cubrías con ellas, te salía un sarpullido por todo el cuerpo (Daniel, el marinero profesional escribiente de mi actual destino, me confesó que estas mantas perduran, y que siguen picando). Llenó el cubo con agua y dejó que la gravedad hiciese su función. El balance del barco aportó el vaivén necesario, de tal manera que el chorrito de agua que salía por el orificio iba distribuyéndose por la superficie de las mantas, empapándolas y refrigerando la chumacera. Así se consiguió que la temperatura volviese a sus valores normales. Bastaba llenar el cubo de agua cada media hora. Pero, mientras que la refrigeración se lograba de manera tan automática, no pasaba lo mismo con el proceso de llenado, pues había que dar las órdenes oportunas para que un marinero abriese una válvula y acercase una manguera; aunque el mismo suboficial mecánico me confesó que, si se empeñaba, también se podía llenar el cubo empleando una especie de flotador como los de las cisternas de los retretes. El caso es que el cubo estuvo regando varios días. Al final, el mecánico decidió retirarlo y probar si la chumacera, ya por si sola, se volvía a calentar excesivamente. Pues no. Aquella chumacera no volvió a dar problemas durante el resto del crucero de instrucción. Pero aquí no acaba esto...

Todos hemos leído alguna vez los manuales técnicos de la Armada norteamericana, donde se dice –en inglés, claro– hasta cómo se debe aflojar una tuerca. Todo paso a paso, muy cuadriculado y previsto, sin el más mínimo resquicio para el error y, menos todavía, para la improvisación. Pues bien, recuerdo que en aquel crucero de instrucción habían embarcado con nosotros unos guardiamarinas norteamericanos a los que, con asombro y orgullo, les expliqué cómo uno de nuestros “chief” había diseñado un novedoso sistema de refrigeración de lo más sofisticado, y que, gracias a ello, navegábamos en esos momentos sin dificultades, a pesar de que uno de los cojinetes del eje de babor se estaba calentando excesivamente. Cuando, picados por la curiosidad, bajaron a la cámara de máquinas y vieron el cubo, se les puso la cara a cuadros, y empezaron a comprender por qué los marinos españoles decimos que no todo puede estar escrito en los manuales. Los marinos españoles, y seguramente los tailandeses. Sí, porque al día siguiente de la instalación del cubo, propuse a mi chino que, para deslumbrar al jefe de máquinas, podíamos calcular el diámetro del orificio de manera que el caudal de agua fuese el óptimo. Mi chino me miró con cara de ídem, y me dijo, con ese acento tan peculiar, algo así como “¡mejor pregúntale al mecánico qué broca usó para hacer el taladro!”. Un chino muy pragmático.

Así fue como el Galicia de don Fausto Escrigas no sólo navegó a vela, sino a cubos. A lo largo de mi trayectoria como jefe de máquinas tuve el honor de trabajar con varios suboficiales que no se quedaban atrás en esto del ingenio y la eficacia. Y es que las reparaciones de fortuna son una fuente inagotable de profesionalidad y buen hacer que no debemos menospreciar, sino todo lo contrario.

Desde estas líneas animo a los lectores para que aporten el nombre de tan ingenioso suboficial. Hace más de veinte años. Creo que por aquel entonces era brigada.


Obra inédita

Abordo y a bordo / Almadrabas / Anecdotario marinero / Carta al director / Desde luego, letra guarismo / Digos y Diegos / Dudas mayúsculas / El Manual 1 de 2 / El Manual 2 de 2 / El proyectil POLDIZ / En base a externalizar a la mayor brevedad / Estampillado / Estampillado_1 / Huracán en el Elcano / La desesperación del coyote / La Heredad de Fadrique - Reseña / Los Polvorines de Fadricas / Navegando por internet / Navegando por internet_1 / Ni hablista / No me des la lata / Ojo al tuerto / Ojo al tuerto_1 / Por qué decimos para nada... / Recomendaciones de la RAE (I) / Recomendaciones de la RAE (II) / Recomendaciones de la RAE (III) / Recomendaciones de la RAE (IV) / Verbear / Vete a la cofa, onagro / Y contra viento y marea /

 

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Agustin Glez Morales

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OBRA INÉDITA

 

 

 


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